¿Los inca o los incas?

Por , publicado el 28 de noviembre de 2016

 "Diego Delso, delso.photo, License CC-BY-SA"

En los textos sobre arqueología, etnología y antropología peruanas, que en las últimas décadas han desarrollado un extraordinario conjunto de conocimientos, encontramos como algo usual que se produzcan vacilaciones en el uso del plural en frases como: los sitios inca / los sitios incas, las vasijas mochica / las vasijas mochicas, los textiles nazca / los textiles nazcas, y así. En realidad el castellano tiene una regla fija muy clara que impone la concordancia en plural a los adjetivos, pero parece que las prominentes ciencias sociales estuvieran exentas de la norma. Por supuesto es necesaria cuando se nominalizan: los mochicas, los incas, los nazcas. Pero no es raro encontrar conculcada la regla en este discurso científico: los moche, los nazca. Y encima parece que se ha tomado como marca complaciente del tecnolecto y se difunde con fuerza a través de la prensa y la educación, que miran con especial atención todos los descubrimientos de la arqueología y la antropología andinas. Y sus sorprendentes novedades se hacen parecer más increíbles cuando se expresan mediante un lenguaje disociado de la tradición.

Lo podemos comprobar en los títulos de los trabajos científicos, donde parece tener primacía el singular: Los mitmas Huayacuntu en Quito, Los moche y las guerras rituales, Los tejidos huari y tiwanaku: comparaciones y contextos, La creación musical entre los aymara del sur del Perú, Los ch’unchu y las palla de Cajamarca, La primera evangelización de los Lupaca (Perú). Por supuesto que en todos esos casos los términos identificadores son adjetivos que, como todos los relacionales, se nominalizan fácilmente manteniendo su capacidad de expresar la pluralidad: los sitios incas / los incas.

En todos ellos no se trata de nombres propios, sino de gentilicios que no se escriben en mayúscula, aunque muchos insisten en el error. Y deben guardar la concordancia: los mitmas guayacundos, los moches, los tejidos huaris y tiahuanacos, las pallas, los lupacas. Y a esto se suma la tendencia a subvertir la ortografía tradicional tratando de asemejarse a la supuesta pronunciación original que, curiosamente, adopta a veces formas gráficas anglosajonas. Y así se debería escribir –en castellano– los chunchos en lugar de los ch’unchu, los guayacundos y no los huayacuntu, igual que se escribe huari y no wari, moche y no muchic y menos muchik, aimara y no aymara, quechua o quichua y no kechua o kichwa etc.

Vacila, asimismo, en el discurso científico el uso de las mayúsculas, cuando se trata de gentilicios y no de nombres propios de lugares. Decimos el río Moche, el valle de Moche pero en minúscula cuando se refiere a cosas: cultura moche, santuario moche, ceramio moche. En mayúscula escribimos el Imperio Inca; pero en minúscula: los palacios incas o los incas. Sin duda es una regla complicada que a veces resulta difícil de entender: las líneas de Nazca, la arqueología de Paracas, frente a los antiguos nazcas, los textiles paracas.

Encontramos mucho más en la redacción de esos textos, no importa que hayan recibido una revisión de estilo abarcando a veces incluso términos no etnónimos: fotografías de diversos lugares inca, El baile de las palla es exclusivamente norteño, las clases sociales en los Moche se dan de acuerdo a la elite, entre los diseños Wari figura un personaje representado con un bastón en cada mano, construyendo templos Inca encima de las pirámides Chimú, o deidad Sicán. Debió decirse: lugares incas, las pallas, los moches, diseños huaris, templos incas, pirámides chimúes, o deidad sicán.

En la explicación que podría darse a este descarrilamiento gramatical del tecnolecto de nuestras ciencias sociales pueden tomarse en consideración motivos internos y sobre todo factores externos, aparte de una motivación subjetiva subyacente que se esconde en el extraño prestigio que damos a las mayúsculas, por las que creemos necesario llamar la atención sobre las palabras mucho más de lo necesario.

Evidentemente las vacilaciones pueden haber sido propiciadas por la propia inseguridad de algunos etnónimos, que proceden de lenguas muy distintas: ¿cultura chimú, chimo o chimor?; ¿cultura moche o mochica? Las primeras transcripciones de sus nombres extraños a la fonética castellana revelan inseguridad, y los investigadores a veces se obsesionan, como dije, en reflejar la que ellos creen más cercana a la original: Tiahuanaco, Tiwanaku, Tiahuanaku, Tihuanaku… Peor cuando las crónicas ofrecen muchas opciones y el Inca Garcilaso ofrece su propia versión del topónimo, como en el caso de Cusco, Cuzco, Qusqu, Qosqo…, que el Inca escribe Cosqo. A ello se suma que algunos de estos términos acaban en consonante y se muestran invariables en su forma cuando expresan el plural: la cultura chavín / los sitios chavín; y así las  técnicas vicús, los textiles paracas. O vacilan: chimúes / chimús. La indicación al respecto sería guiarse por la forma común aceptada en la actualidad: Ayabaca, y no Ayahuaca ni Ayawaka. La ciencia no es mejor por cambiar la ortografía de las cosas.

A ello hay que sumar un importante factor externo, que es la influencia del inglés en la vida académica. De hecho, fueron ingleses, alemanes y norteamericanos quienes dieron, junto a Julio C. Tello, los primeros pasos en la arqueología peruana: Max Uhle, Philips A. Means, Hiram Bingham… A ellos les sucedieron John Rowe, Richard MacNeish, Thomas Patterson, Edward Lanning, Richard Burger, y otros. A veces fueron ellos mismos los que atribuyeron esos nombres a las culturas del antiguo Perú, porque nunca sabremos de qué manera se denominaban a sí mismos los vicús o cómo llamaban ellos y los demás a sus vecinos. Los topónimos actuales son apenas una huella borrosa que puede provocar equívocos, porque a la llegada de los españoles en el valle del Moche se hablaba la lengua mochica, que perduró sin embargo mucho más tiempo en Lambayeque, y más al sur se extendía la lengua quignam o pescadora. Y tal vez el cerro Vicús se llamaba de otra manera cuando surgió una alfarería característica en el alto Piura.

Pues bien, lo que es indudable es que la regla que usan las ciencias sociales peruanas no es otra que la regla anglosajona por la que todos los gentilicios usan mayúscula y se inmovilizan respecto al plural: “the Inca masters of the textile art”, “there are two Moche skulls from the site of Huaca de la Luna”. Es algo extraño, pero sobre todo irritante que copiemos hasta su manera de expresar lo que dicen de nuestras propias realidades. Digamos que esas reglas formales se han filtrado del inglés al tecnolecto de las ciencias sociales, en razón a la enorme influencia que tienen las universidades de Estados Unidos y las revistas anglosajonas sobre nuestra comunidad científica nacional, la misma que pese a todo y sobre todo pese a la escasez de recursos trata de construir cómo puede un mejor futuro para el país.

Esta filtración gramatical hace estragos especialmente en el vertiginoso ámbito de la promoción turística basada en la arqueología, donde encontramos este fenómeno incluso en términos que en principio siempre se mostraron invariables: en el Museo de Leymebamba podremos apreciar más de 219 momias Chachapoya, lo anuncian por internet. Es evidente que se debe escribir momias chachapoyanas, o bien, momias de Chachapoyas, y también en este caso se podría aceptar momias chachapoyas. Aquí la misma forma del nombre sirve como gentilicio, como en inglés, pero esto ocurre en castellano solo en contadas ocasiones.

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Carlos Arrizabalaga

Foto:  Diego Delso (CC-BY-SA)

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