Los pasos perdidos o el regreso imposible

Por , publicado el 30 de mayo de 2017

Un compositor contemporáneo, de origen latinoamericano y residente en Nueva York, encuentra la inspiración perdida en Santa Mónica de los Venados, comunidad de colonos que se encuentra en la selva venezolana. Allá dará también con el verdadero amor, en contraposición al fallido matrimonio con una actriz norteamericana en decadencia que llora su ausencia y desaparición a la luz de los flashes de los reporteros gráficos y de los focos de los estudios de televisión, con el único fin de recuperar una notoriedad hace tiempo ya olvidada. Agobiado por la ausencia de papel y la imposibilidad de registrar las nuevas melodías que surgen de su cabeza, el protagonista decide regresar a la civilización, con la idea de divorciarse de su esposa y de volver a Santa Mónica de los Venados con cuadernos suficientes para seguir componiendo toda su vida. Habiendo concretado lo primero, lo segundo resultará imposible, en una selva sin caminos, en la que los ríos cambian el trazado de su cauce con cada lluvia como un gran caleidoscopio verde lo haría con cada giro de muñeca.

Los pasos perdidos (1953) es, como lo son las grandes, muchas novelas. Una reflexión sobre la utopía, un viaje que aúna espacio y tiempo, desde el Manhattan provisto de todas las comodidades de la modernidad a la vida en una selva que va despojando a cada cual de todo lo superfluo. La selva no es un inmenso jardín botánico, una naturaleza idealizada, escenario de paisajes que merezcan ser fotografiados. La selva, como en La vorágine (José Eustasio Rivera, 1924), exige la obediencia a un código tan secreto como estricto, pues de lo contrario solo queda la destrucción. La novela, como en todas las de Alejo Carpentier, incluye una reflexión de la historia latinoamericana forjada a tiros de revólver, con el soniquete de los sables como música de fondo. Con todo ello, su mayor riqueza es su humanismo, pues encierra una honda reflexión sobre la felicidad. Que la dicha no depende del lugar en el que vivamos, que es un estado del alma; que la certeza de un momento en nuestro espíritu es lección aprendida o aceptada por todos nosotros. Sin embargo, cuántos matrimonios cargados de años regresan al lugar en el que se conocieron o donde disfrutaron de su luna de miel, con la intención de revivir aquellos momentos; cuántos volvemos no sin la ansiedad de adultos donde fuimos felices en nuestra niñez. La felicidad, que no es un lugar, necesita sin embargo de lugares para ser, por lo que no es difícil hacer nuestra la desolación de un protagonista –cuyo nombre, por cierto, seguimos desconociendo trescientas páginas después– cuando no encuentra el camino de regreso a la comunidad donde un día abrazó la vida a plenitud.

Crisanto Pérez Esain

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