Los perros hambrientos, de Ciro Alegría

Por , publicado el 19 de diciembre de 2017

Para aprender de una sociedad, nada mejor que verla ‘desde fuera’: he ahí la clave, por ejemplo, de mucha literatura de viajes reales o inventados. Del mismo modo, para librarse de prejuicios y expectativas al valorar al ser humano, no es mal recurso adoptar el primario punto de vista del animal. Podemos recordar aquí populares ejemplos de la literatura universal, como los de Kipling o Jack London, para entender un poco más la conocida novela Los perros hambrientos (1939) de Ciro Alegría, conscientes de que el perro es por tradición cultural el más ‘humano’ de los animales, el que más se presta a compartir nuestras experiencias y sufrimientos. Perro y hombre se complementan en el relato, alternándose el protagonismo o el punto de vista de diferentes episodios. El mundo de los perros replica en lo esencial no pocos conflictos del hombre andino: el forzado desarraigo y la servidumbre, el hambre y la persecución, la desesperación y la violencia fratricida. Incluso entre los cánidos existen bandidos, campesinos y señores.

El universo rural de la sierra del norte del Perú es presentado con gran simpatía por un narrador, sin embargo, ajeno a él y que intenta acercarlo a la totalidad de los lectores. Su castellano culto se diferencia claramente del dialecto andino que hablan sus personajes, el cual, representado mediante ortografía fonética, parece más exótico de lo que es en realidad. Asimismo, sabe insertar la explicación de los vocablos y de las costumbres de manera oportuna y sin entorpecer la narración, de manera muy preferible a la inserción de notas o glosarios con que abruman otros escritores.

Aunque se suele presentar a Alegría como uno de los grandes representantes del indigenismo peruano, Los perros hambrientos insiste mucho más en el mestizaje racial que en las tradiciones prehispánicas, en las desigualdades de poder más que en las culturales. El poder económico lo individualiza el personaje del hacendado don Cipriano, cuyas potenciales virtudes se ven anuladas por la avaricia y la insolidaridad. En cuanto al poder legal, ineficazmente emanado desde la distante capital y corrompido por los ricos, lo encarna la ruin figura del alférez Chumpi, “el Culebrón”. En cambio, dentro del noble mundo humano que ofrecen los personajes campesinos, destacan las figuras del bandolero Julián Celedón y, principalmente, Simón Robles, el padre de familia que de tipo representativo de los gozos y penalidades de su pueblo acaba erigiéndose en portavoz de sus protestas contra la injusticia.

Al igual que los personajes -humanos y animales-, la acción del relato es múltiple. Origen de la novela fueron algunos cuentos previos del autor, y esto se nota en la estructura del texto, atomizada en capítulos con valor autónomo, narrativo o a veces poético. Este aire de colección de relatos se refuerza por la inserción en boca de Simón Robles de varios cuentos tradicionales mediante los que la comunidad rural transmite su particular sabiduría. Sin embargo, a partir de la mitad del libro, el relato va ganando en unidad, cuando la sequía pone fin a la prosperidad de los pobladores. La relación del hombre con su trabajo y su familia (en ambas se integra el perro) empieza aquí a verse carcomida y degradada hasta el final estallido de violencia, cuando los campesinos hambrientos caen como perros bajo las balas de don Cipriano y sus empleados. Después de la tragedia, la lluvia que regresa en el último capítulo difícilmente será recibida por el lector como una tranquilizadora restauración del orden natural, sino más bien con una desoladora conciencia de retorno a la desdicha, de pérdida definitiva para la comunidad.

Manuel Prendes Guardiola

Un comentario

  • Luiz Alves dice:

    Gracias por tus publicaciones, y que Dios bendigas vuestras vacacines. me gusta mucho vuestros artículos, no sé muy bien el español pero me esfuerzo mucho para apender, todo artículo en español para mí es importante.

    Gracias por vuestra ayuda y, hasta pronto.

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