Nuestras palabras, nuestro universo

Por , publicado el 9 de marzo de 2020

En un artículo titulado Adquisición de palabras: redes semánticas y léxica, Marta Baralo explica que nuestra competencia léxica se encuentra «íntimamente relacionada y mediatizada por el conocimiento del mundo del hablante» (2007, pág. 385). Y viceversa, podría añadirse, en tanto que nuestro vocabulario dice mucho de lo que somos y de cómo nos relacionamos con nuestro derredor. A propósito de esta idea, el escritor venezolano Arturo Uslar Pietri escribió hace más de 30 años un breve artículo que tituló, El tamaño del mundo, en el que afirmaba que la cantidad de vocabulario que cada persona posee puede pensarse como la verdadera dimensión de lo que la rodea. Así, Uslar Pietri llamaba la atención sobre la imposibilidad del ser humano moderno de nombrar el mundo en el que se halla inmerso, en contraposición con las capacidades que tenía el hombre del neolítico, quien seguramente contaba con el léxico total de lo que necesitaba. Obviamente, esta situación se ha venido complejizando en el siglo XXI como resultado de la gran revolución tecnológica.

Ahora bien, ¿crece el vértigo cuando tomamos conciencia de cuánto nos falta por designar? ¿Es posible vivir tranquilos sospechando la inmensidad de lo que puede existir y que no somos capaces de denominar? La respuesta pareciera situarse en un punto intermedio. Quizá hasta el más sabio de los seres humanos, el más empecinado en aprender y, por lo tanto, en nombrar, ignore –incluso intencionalmente– fracciones del entendimiento porque le llaman poco la atención o porque posee la certeza de que conocer el léxico de su lengua puede desvelarse como una tarea sobrehumana (solo en español se calculan entre 90.000 y 100.000 palabras). Sin embargo, esa convicción no está peleada con el hecho de entender que estar en el mundo, es también saber nombrar. No es suficiente comunicarnos. La ampliación de nuestro vocabulario es, a la vez, expansión de nuestra mente y, en consecuencia, reducción de la oquedad que puede implicar el desconocimiento. Además, es interesante, reflexionar sobre cómo las palabras pueden cargarse de significado cuando queremos expresar emociones; conocer cuántas de las palabras que manejamos cotidianamente son creaciones más recientes de lo que imaginamos; jugar a contrastar vocablos de usos antiguos con los recientes; en fin, relacionarnos con la vitalidad de la lengua puede ser una maravillosa oportunidad para cultivar nuestro vocabulario. Lo que este implica es una forma de enriquecernos social y culturalmente, ya que quienes no valoran su lengua porque piensan que su fin es únicamente comunicar, por lo que no importa cuán precariamente se haga en cuanto logre su cometido, estarán, en palabras de Uslar Pietri: «condenados a darse cuenta de que existe exteriormente un mundo en el que no pueden penetrar, ni siquiera conocer, porque carecen del instrumento lingüístico mínimo para poderlo intentar».

Kira Elena Morales Zamora

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