¿Para qué sirven las muletas?

Por , publicado el 22 de agosto de 2012

Ante una pregunta obvia, una respuesta obvia, pues sin duda me dirá que sirven para apoyarse en el caso de que presente alguna limitación o impedimento en las extremidades inferiores. En efecto, una muleta es un bastón de metal o de madera con el extremo superior adaptado para colocar la axila o el antebrazo y la mano; y sirve para cargar el cuerpo en él, evitando o aliviando el empleo de una o ambas piernas a quien tiene dificultad para caminar.

Esta idea de apoyo que tiene la muleta la podemos asociar, en el plano de la lengua oral, con el uso de unas palabras o expresiones que se repiten con excesiva frecuencia por hábito o costumbre y que se conocen como muletillas.

La palabra muletilla se ha formado sobre la base léxica de muleta más el sufijo diminutivo -illa lexicalizado, como en los casos de bolsillo, colilla, frutilla, en donde el hablante ya no siente que se trate de cosas pequeñas, sino de objetos de tamaño normal; así, el bolsillo no es un bolso pequeño, ni la colilla es una cola pequeña, ni la frutilla es una fruta pequeña; pues, como sabemos, el bolsillo es una parte accesoria que normalmente va cosida con una abertura fija y que sirve para meter en él algunas cosas usuales; la colilla es el resto o sobrante del cigarro que ya no se fuma; y la frutilla es una especie de fresón redondo, carnoso y dulce, de color rojo escarlata, con pequeñas pintitas negras o amarillas en la superficie.

La lexicalización ocurrida en bolsillo, colilla, frutilla y muletilla la encontramos también en latiguillo, coletilla, bordoncillo y estribillo, los otros nombres con los que se conoce a las muletillas, pues se han formado sobre látigo, coleta, bordón y estribo, respectivamente, pero sin la idea de pequeñez.

Pero, ¿qué es una muletilla? Los diccionarios académicos la definen como ‘voz o frase que se repite mucho por hábito’ (DRAE, 2001). Eh, pues, es decir, evidentemente, efectivamente, son solo algunas de las formas que solemos repetir constantemente mientras hablamos; así, ¿quién no se ha sentido incómodo o incluso molesto ante un esteee repetitivo en frases como: “Yo pienso que esteee, me parece que esteee, creo que esteee, el sustantivo es esteee…” de nuestros alumnos? El esteee así como el estooo y el repetidísimo o sea sin carácter explicativo como en: “Ya te he dicho, o sea, que si no estudias, o sea, es difícil que apruebes, o sea, no seas tonto, o sea, y aprovecha el tiempo, o sea”, suelen presentarse la mayoría de las veces de forma involuntaria y no están dirigidas al oyente, pues carecen de contenido informativo, de ahí que se note que la persona que las usa no tiene muy claro lo que quiere decir y que necesita “apoyarse” en estas palabras o frases carentes de sentido, pero que acude a ellas para continuar hablando. Dentro estarían, además de las mencionadas anteriormente, las muletillas: ¿no?, ¿ya?, ¿sí?, ¿cierto?, ¿verdad?, ¿qué se llama?, ¿cómo se llama?, ¿sabes?, el norteño ¿di?, el anglicismo OK, así como las formas académicas ¿me explico?, ¿entienden? y ¿comprendido? que algunos profesores solemos repetir al final de nuestras explicaciones. Podemos incluir también algunas interjecciones y exclamaciones como los españolismos vale, hombre y tío, el argentinismo che, el chilenismo cachái… que casi siempre suelen ser innecesarias y llegan incluso a molestar porque se comportan como tics verbales en la conversación, que evidencian nuestro nerviosismo o nuestro limitado vocabulario.

Como ve estimado lector, las muletas sí son necesarias, sirven de mucho, pero las muletillas no; por eso procure, en la medida de lo posible, evitarlas. Sabemos que no será sencillo porque las solemos utilizar de manera espontánea e inesperada; pero, con un conocimiento pleno de lo que se quiere decir, con una riqueza léxica mayor y con un poco de cuidado estamos seguros de que podrá hacerlo.

Eliana Gonzales Cruz

 

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