Silvio en El Rosedal o el sentido de la vida

Por , publicado el 2 de junio de 2015

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Quizás para compensar la extensión de las recomendaciones anteriores (El impostor, de Javier Cercas, 490 páginas; País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez, 664 páginas), en esta oportunidad me gustaría hablar sobre un cuento, quizás el mejor, de quien tal vez sea también el mejor escritor de relatos de las letras peruanas, Julio Ramón Ribeyro. Podía haber elegido cualquier otro, pero seguramente Los gallinazos sin plumas resulte demasiado conocido para quien lea esta recomendación y Los otros, demasiado triste y crepuscular. He de confesar que Silvio en El Rosedal fue el primer cuento que leí de Ribeyro, y que desde entonces he buscado en los relatos que he ido leyendo en mi vida el mismo impacto que recibí en aquella primera lectura y que sigo recibiendo aún, emocionado.

Las circunstancias personales que atravesaba Julio Ramón Ribeyro cuando escribió la historia de Silvio, hacia 1976, pocos años después de haber sobrevivido a un cáncer de esófago de cuya curación quedaban aún no pocas dudas, le llevarían a plantearse continuamente ‒por no mudar la costumbre de volver la mirada al camino recorrido cuando uno presiente que el fin está cerca‒ su desempeño como escritor. Se toma aquí uno de los ejes temáticos de su cuentística: el choque entre el deseo y la realidad, y lo hace además, siguiendo los cánones de este género, por el que se alcanza a través del relato de hechos aparentemente insignificantes, y de búsquedas de gran calado y trascendencia humana.

A lo largo del cuento nos encontramos con continuas referencias sobre la escritura (referencia al propio quehacer literario); así es como el protagonista llega a reconocer que su vida es tan aburrida como una mala novela. Silvio en El Rosedal es también, desde esta perspectiva, una reflexión sobre el acto de escribir: ambos, escritor y personaje, encuentran en el arte su descanso ante un mundo incomprensible. Hijo de ferretero y aficionado al violín, Silvio Lombardi agotará su juventud vendiendo tornillos y tuercas, al tiempo que crece su inquietud sobre el sentido de la vida. Heredará por arte de birlibirloque una hacienda en Tarma, y cuando llegue allá, dispuesto a dejarlo todo preparado para su venta, y la conozca en profundidad, optará para quedarse en ella para siempre. La hacienda posee un gran rosedal que le da nombre, y que la hace destacar sobre el resto de las haciendas del lugar, y una especie de minarete que rompe estéticamente con la homogénea arquitectura de la casona principal. Desde esa torre, además, el rosedal, en su aparente disposición de formas geométricas, sugiere encerrar un significado ‒SER o RES, según se lea‒, cuyo sentido Silvio intentará descifrar a lo largo del cuento, enfocándose en el aumento de la producción láctea de su ganado, en el amor cuando lleguen vivir desde Italia su prima y la hija de esta ‒Roxana Elena Settembrini‒ o volviendo a tocar el violín. Lúder, alter ego literario de Ribeyro, decía que él era “como un jugador de tercera división. Mis mejores goles los metí en una cancha polvorienta de los suburbios, ante cuatro hinchas borrachos que no se acuerdan de nada” (Los dichos de Lúder). Algo parecido termina ocurriendo en el desenlace con Silvio, que opta por la solución más pura, la de ser lo que siempre había querido ser. El mismo hecho de que Silvio se decante por el arte como solución a sus problemas de identidad es un alegato a favor de la vocación literaria del autor real, por el cual existe y vive en cada uno de sus cuentos.

Como el protagonista, Ribeyro se sabrá incapaz de solucionar el enigma de la vida y a lo sumo podrá crear otros nuevos, como lo reconoce en una de sus últimas prosas apátridas: “Así, vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo, Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas” (Prosas apátridas).

Por último, y para terminar con las referencias a este cuento, debemos destacar que el propio título ya señala la solución al problema a la vez que lo formula Silvio en El Rosedal, leído como siglas es SER, como si la solución al enigma sobre qué ser solo se pudiera solucionar siendo.

Crisanto Pérez Esain
Universidad de Piura

5 comentarios

  • Irma Nolasco dice:

    Recien encontre este excelente articulo. A proposito el jueves 3 a las 8.00pm en la feria de libro habra una charla “Ribeyro en el Rosedal”.

  • David C. dice:

    Excelente. Gracias. Yo también acabo de ver este artículo, muy bueno.

  • Betty Alfaro dice:

    Una buena manera de provocar la lectura de obras buenas y de difundir lo que hacen los docentes de la universidad Felicitaciones! !

  • Luis Inga dice:

    Genial artículo. El cuento puede responder a la pregunta ¿Por qué o para qué se escribe? cuantos leerán lo que escribo, hasta donde llegará lo que escribo, lo que escribo tendrá sentido para alguien.

  • Mirian Almeida Dávila dice:

    Lo leí en el 2011 me impactó el libro…por lo que acabas de mencionar ..me gusta mucho casi al final del libro cuando él se queda solo tocando el violín y los demás se han ido ….Además son otros los títulos de Ribeyro que son los más conocidos y éste no tanto , sin embargo para mí es el mejor …. ahora mi pregunta es….¿Por qué no llamarle novela a esta obra?

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