Tres sombreros de copa

Por , publicado el 4 de julio de 2017

El humorista español Miguel Mihura (1905-1977) se estrenó en el oficio de comediógrafo en 1932 con una pieza teatral que no llegó a estrenar en su momento, sino dos décadas más tarde, cuando los gustos del público joven ya estaban más receptivos a la experimentación teatral. Curiosamente, Mihura se había dejado llevar para entonces por gustos más convencionales, con éxitos de taquilla que, a pesar de su propia opinión, no impidieron que Tres sombreros de copa sea la comedia inevitablemente asociada a su nombre y su memoria.

Tres sombreros… ha sido equiparada frecuentemente al “teatro del absurdo” europeo de mediados del siglo XX. Se trata de una clara exageración porque, aunque disparatada y estrafalaria en muchos de sus detalles –luego hablamos de esto– la trama de la comedia sigue una lógica nada irreal. Dionisio, un joven apocado, llega para pasar su última noche de soltero a un hotelito donde se aloja también una compañía de artistas. Estos van irrumpiendo en la habitación, donde se acaba organizando una gran fiesta, y Dionisio no halla manera de descansar. También se va enamorando de Paula, una de las bailarinas, y cada vez se siente más inseguro sobre si desea casarse al día siguiente.

La comedia opone dos mundos: el de la libertad, la fantasía y espontaneidad de los artistas frente al formal y aburguesado al que Dionisio está a punto de incorporarse. El primero está representado principalmente por Paula, quien a su vez encuentra en Dionisio su primer amor desinteresado e inocente, como del niño grande que demuestra ser a cada momento. Por el contrario, el mundo de la respetabilidad social se encarna en talludos señores como el cursi de Don Rosario, dueño del hotel, el severísimo Don Sacramento, futuro suegro de Dionisio, y ese ricachón hipócrita identificado directamente como el Odioso Señor.

La comicidad de la obra proviene, por un lado, de lo insólito de muchas de sus situaciones: el baile en la habitación y los personajes que la invaden (como Madame Olga la mujer barbuda, el Cazador Astuto, el Alegre Explorador…), las serenatas de cornetín que Don Rosario ofrece a su huésped, los intentos de Dionisio de hacerse pasar por malabarista… Por otro, son también memorables sus diálogos, absurdos por las nuevas situaciones que recrean (el Odioso Señor y su piscina llena de focas, el difunto esposo de Madame Olga con su cabeza de vaca y cola de cocodrilo), cuando no rechazan la misma lógica de la realidad (“¿Hace mucho que es usted negro?”, “¡Los centenarios no se mueren nunca! ¡Entonces no tendrían ningún mérito, caballero!”). Tampoco comparte esta obra, pues, la angustia existencial de los clásicos dramas de Beckett o Ionesco. Si acaso, Tres sombreros de copa deja al lector (o el espectador, cuando se trata de una buena puesta en escena) una melancolía agridulce, mas siempre después de haber movido a la carcajada.

 

 

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