El retorno del buen salvaje

Por Francisco Bobadilla Rodríguez, el en El Tiempo.

Jean-Jacques Rousseau nace el 28 de junio de 1712. “El contrato social” y “Emilio” se publican en 1762. Son trescientos años de su nacimiento y doscientos cincuenta de “El contrato social” y de “Emilio”. Libros que al poco de aparecer fueron reprobados tanto en Ginebra como en París. Rousseau tuvo que salir de Ginebra y, gracias a los buenos oficios de Hume, consiguió asilo en Inglaterra con una buena pensión del rey Jorge III. Vuelve, finalmente a Francia en 1770 y allí reside hasta su muerte en 1778, el mismo año en el que muere, también, Voltaire.

A diferencia del Leviatán de Hobbes, a quien los individuos le han entregado su libertad y poder incondicionadamente, Rousseau quería otra cosa, deseaba “encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común a la persona y los bienes de cada asociado, por la cual, uniéndose cada uno a todos, no obedezca, sin embargo, más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes”.

¿Cómo se puede seguir siendo libre en el estado de sociedad, juntarse con otros, entregar libertad y propiedad y al mismo tiempo no obedecer más que a uno mismo? Es el deseo del casado que quiere seguir viviendo como soltero, del hombre o de la mujer con el síndrome de Peter Pan: niño siempre. Deseo de orden, de vida reglada, y a la vez, libertad del buen salvaje. Atarse a una promesa y desatarse de la misma. Rousseau se hace un nudo con ambos temas. Un ser libre, solitario, individualista y autosuficiente no se ata a promesas. Con seres incapaces de comprometerse y movidos por su sola espontaneidad, no se puede hacer nada juntos, y menos sociedad.

Distingue Rousseau entre voluntad de todos y voluntad general. Dice que “hay con frecuencia gran diferencia entre la voluntad de todos y la voluntad general; ésta se refiere solo al interés común, la otra al interés privado, y no es más que una suma de voluntades los más y los menos que se destruyen entre sí, y queda como suma de las diferencias la voluntad general”. La voluntad de todos se expresa en las votaciones, pero puede ser voluntad moralmente mala, en cambio, la voluntad general es siempre recta.

¿Qué ha sido de la voluntad general? La realidad, afortunadamente, la ha desmentido. Lo que tenemos es el puro juego de mayorías y minorías. Lo que ha existido y existe es la voluntad de todos, modestísima, pero real. Su expresión es la ley, tal como la entendemos ahora “modo moderno”: voluntad de una mayoría parlamentaria. La ley ya no es la “cierta ordenación de la razón” de la que hablaba Tomás de Aquino, es simplemente voluntad de una mayoría, del mismo modo que entre los particulares el contrato es acuerdo de voluntades. Pero el buen salvaje no soporta la misma ley que reclama y cuando llega al poder se sacude de ella. Es la deriva totalitaria que anida en el caudillismo político.

El caudillo se ve como la encarnación de la voluntad general, cuando a lo sumo ha sido investido de poder por la voluble voluntad de una mayoría. Reclama para sí la interpretación de una inexistente voluntad general, cree saber lo que el pueblo necesita, y prescinde del disenso de los que no votaron por él. No dialoga, refunfuña, regaña. Triste fin el de la voluntad general, reducida a la voluntad de uno, la del caudillo. El poder reducido a rabieta, el retorno del buen salvaje que no está dispuesto a sujetarse a las reglas.

Docente.

Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el diario El Tiempo, miércoles 27 de junio de 2012.

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