ARTÍCULO DE OPINIÓN

Otra Semana Santa y heroica

Este año, por evidentes razones, será menos fácil. Aprovechemos para ponernos cara a cara, frente al Hijo de Dios que pasa, usando este tiempo de encierro que se nos ha brindado.

Por P. Jesús Alfaro.

Hace unos años, visité la exposición que el Instituto de Cultura Italiana había montado en el Palacio de Osambela, escuché decir a la guía que, en Italia, habían comentado que la procesión del Señor de los Milagros (motivo de la exposición en fotos) era una respuesta de la piedad del pueblo del Perú a Jesús que, previamente, había paseado por las calles de Judea, encontrándose con cuantos le quisieran escuchar. Ahora, era su pueblo el que salía a la calle a acompañarlo. Me pareció una interesante perspectiva.

Pensando en la Semana Santa, ese punto de vista puede hacerse más universal: el pueblo cristiano se remueve ante los sucesos de la Pasión y acompaña a Jesús de Nazaret. Esto sucede en todo el mundo, aunque entre nosotros suele adquirir características de acontecimiento espiritual de gran calado. Piénsense, no ya en las procesiones que se realizan en algunos lugares como Ayacucho, Tarma o Catacaos, por citar los más elocuentes; sino, en los movimientos de masas que el Jueves denominado Santo porque recuerda sucesos verdaderamente sobrenaturales (la institución de la Eucaristía, del sacramento del Orden sacerdotal y del mandamiento de la caridad) congrega a centenares de personas en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos. Nadie quiere perderse no ya el espectáculo, que lo es, sino el acontecimiento: el dolor de un pueblo (de Dios) porque han hecho prisionero a su Señor y quiere acompañarlo en los monumentos preparados en las iglesias durante gran parte de esa noche.

Uno de los días anteriores, el obispo congrega a su presbiterio y, de ordinario, con asistencia de gran cantidad de fieles, pide renovar las promesas hechas el día de la ordenación. Consagra los aceites (crisma) que se usarán durante todo el año en los diversos ritos que lo necesitan (Bautismo, Confirmación, Unción de enfermos, etc.); y, sobre todo, celebra con antelación la unidad y fraternidad sacerdotales. Es en el día de la Misa crismal.

El pueblo vuelve a congregarse para asistir con gran reverencia a la narración de la Pasión y muerte de Cristo el Viernes Santo por la tarde. El número de fieles contribuye al recogimiento y piedad de las ceremonias: se escucha el relato de la Pasión; se venera la Cruz y se recibe la Comunión con las hostias reservadas el día anterior. La iglesia queda vacía. No está Cristo en los Sagrarios ni en las calles, porque está en el sepulcro.

Cuando hace muchos años el ambiente era más propicio, y cuando a lo largo de toda la mañana del sábado las emisoras de radio propalaban música clásica, los automóviles dejaban de usar sus bocinas, las personas en sus casas hablaban quedamente hasta el mediodía (sábado que anuncia la Gloria de la Resurrección), se mascaba la verdadera y honda tristeza de las almas cristianas que creían -como las de hoy- que el hombre muerto en la cruz, había ofrecido su vida por el mundo, con una generosidad ejemplar. ¡Y era el Hijo de Dios hecho hombre! No tengo un recuerdo social más conmovedor que ese silencio; y la alegría que se producía al mediodía, cuando sonaban las sirenas y las campanas.

La fe no se ha perdido: se ha enfriado. No me refiero a la situación que vive el mundo hoy con motivo de esta crisis sanitaria que, en definitiva, es pasajera. La gente de fe sabe que Dios está detrás y que ya se resolverá. Pero, mientras tanto, es necesario seguir acompañando a Jesús en su Pasión, en su Muerte y en su Resurrección si queremos que siga siendo, para nosotros, el Señor de los Milagros.

Desde una perspectiva agnóstica y desapegada (impropia de la gente peruana), los días que estamos viviendo deben servir para “cuidarse más” de perniciosos contagios; es verdad. Sin embargo, hay un contagio insidioso desde hace tiempo, que ha colaborado en que esta Semana Santa termine siendo (como la del 2020) Semana Heroica: por el heroísmo de la fe del pueblo sencillo que no entiende que todavía haya quienes claman “Crucifícale”; o que, en el menos peligroso de los casos, mira con desprecio a quienes quieren rezar en común, acompañando a su Señor, saliendo en su busca como él lo hizo en Jerusalén.

También, en el real tiempo de la Pasión, hubo quienes lloraron en silencio; y quienes miraban con sorna; y otros que, temerosos de encontrarse con la mirada de Cristo, prefirieron huir. Este año, por evidentes razones, será menos fácil. Aprovechemos para ponernos cara a cara, frente al Hijo de Dios que pasa, usando este tiempo de encierro que se nos ha brindado; al menos ese provecho debemos sacarle.

Próximamente


SUSCRÍBETE A DESDE EL CAMPUS


Conoce los Términos de uso de datos de la Universidad de Piura.

Comparte

Desde UDEP Hoy

Esta entrada fue publicada en UDEP Hoy en la sección Opinión y etiquetada con , , , , . Guarda el enlace.