Luis Castillo: Parlamento deja peligrosos precedentes y vergonzosos recuerdos

(Piura).- Si bien el representante falló a la hora de ejercer la representación; también falló el ciudadano "a la hora de elegir y fiscalizar a su representante". Es la reflexión que hace el doctor Luis Castillo Córdova, docente de la Facultad de Derecho.

Por Julio Talledo.

(Piura).- No todo lo malo que hizo el Parlamento, como los escandalosos niveles de corrupción desatados, es culpa de sus miembros. Si bien el representante (congresista, en este caso) falló a la hora de ejercer la representación, al decidir llevarla por carriles distintos y a veces opuestos a los que demanda la realización plena de la persona individual y socialmente considerada; también falló el ciudadano “a la hora de elegir y fiscalizar a su representante”. Es la reflexión que hace el doctor Luis Castillo Córdova, docente de la Facultad de Derecho de la Universidad de Piura.

El docente de la UDEP señala que en lo global, el parlamento saliente “deja muchos vacíos, peligrosos precedentes y vergonzosos recuerdos”.

¿Qué se espera de un Parlamento?
El Parlamento históricamente nace como un mecanismo que debate y decide asuntos que interesaban y beneficiaban a la población, y esto como una manera de controlar el ejercicio del poder del Rey. Hoy esta naturaleza no se ha perdido, aunque se ha adaptado a los tiempos nuevos. Así, el Parlamento mantiene su función esencial de representación y defensa de los intereses de la población, sin embargo, este objetivo lo cumple no sólo disponiendo que el Ejecutivo no agreda tales intereses, sino también a través de su promoción en la mayor medida de lo posible.

Entonces…
Se espera que el Parlamento -los Parlamentarios, más concretamente- no olvide que es un instrumento al servicio de la realización de la persona a través de la defensa y promoción de los intereses de la población, en buena cuenta, a través de la promoción real y efectiva del bien común.
¿Qué leyes debe promover?
La Persona es un absoluto, vale por sí misma y no en relación a algo. Por eso, el fin del Parlamento es lograr el perfeccionamiento humano, lo más completo e intenso posible, a través, por ejemplo, de la dación de leyes. El Parlamento -como el Estado en general- es un medio, y el medio será legítimo en su proceder sólo si se dirige a la consecución del fin. De ahí que el Parlamento, como medio que es, debe promover las exigencias de justicia natural que se formulan en torno a la Persona. Mal se hace legislando de espaldas o en contra de la Persona.

Como sería una ley a favor del aborto…
Efectivamente, cuando se propone medidas legislativas como el aborto, la pena de muerte o el matrimonio homosexual, propuestas que se formulan sólo como respuesta populista a “¿qué es lo que la gente quiere escuchar?”, antes que como respuesta seria a “¿qué es lo debido a la Persona por ser Persona?”. Por ejemplo, a la Persona no se le debe la muerte, por lo que nunca será justo matar a otro, sea éste la más inocente de las criaturas humanas (un no nacido), o el más pérfido de los delincuentes (un reiterado violador).

¿Cómo deben ser los parlamentarios?
Deben tener las cualidades necesarias para convertirse en verdaderos y eficaces promotores del bien general. Para ello, primero, deben tener la inteligencia necesaria y la moral suficiente para descubrir en cada caso concreto que es lo que favorece al bien común; y segundo, deben tener la independencia y el valor de saber defenderlo a través de los instrumentos jurídicos y políticos que están a su disposición, dentro y fuera del País.
¿Qué se debe hacer con quienes incumplan reglas y no asistan a sesiones del Congreso?
Una de las grandes desgracias que no sólo jurídicamente sino también moralmente puede ocurrirle a una comunidad política es que su clase gobernante muestre desapego hacia los mandatos, sean normativos o éticos. Y esto porque a la disfunción que necesariamente supone una desobediencia normativa o moral, se ha de añadir la deslegitimación del ejercicio del Poder que la desobediencia supone, incluida la inocultable consecuencia del mal ejemplo. De ahí que todo tipo de desajuste que exista entre la actuación de un Parlamentario y un mandato, sea éste una norma (una Ley o su propio Reglamento interno), o un valor ético, debería ser sancionado con ejemplaridad, la cual incluso justifica en determinados casos la destitución y la inhabilitación para ejercer cargos público.

¿Qué aspectos recomendaría que se tenga en cuenta al elegir los candidatos al Congreso?
La elección de quienes tendrán el encargo de dirigir la gestión del bien común en el Perú debe ser consecuencia de una decisión racional. No se trata de comprar un vestido o adquirir una película, situaciones en las que se permite y recomienda un alto grado de arbitrariedad o sentimentalismo incluso irracional. Y la racionalidad de la decisión exige al menos tomar en cuenta dos elementos: Uno, la finalidad de la elección: se trata de elegir a quienes desde la cabeza del Ejecutivo o desde el Parlamento se encargarán por cinco años de gestionar los asuntos públicos de la manera que más favorezca a la plena realización -material, espiritual, individual y social- de todas las personas. Y segundo, los méritos o capacidades personales y profesionales que muestren los candidatos como garantía de idoneidad para ejercer el cargo público al que postulan. En lo segundo, habría que fijarse no tanto en un posible futuro, sino más bien en un objetivo pasado, de modo que la atención del electorado no sólo ha de reposar en promesas de acción futura ante un eventual gobierno, sino también en lo bueno y lo malo que pueda concluirse de una trayectoria pública previa del candidato.

El Parlamento que queremos
El Parlamento es por esencia un órgano de representación, consecuentemente, la función del Parlamentario es principalmente: representar las justas aspiraciones de la población, no cualesquiera, sino las justas, y lo justo tiene que ver con lo materialmente posible y con lo moralmente permitido, parámetros éstos que definen en cada caso concreto lo debido. ¿Qué Parlamento queremos? Si no es mucho pedir, uno con verdaderos representantes. Y el representante verdadero, que ni es artificial ni falso, conoce al representado y le da cuentas de su actuación; es decir, va conectado con la población tanto de ida -al conocer sus necesidades y exigencias-, como de vuelta -al comunicarle lo que ha hecho para satisfacer esas necesidades y exigencias-. Obviamente, el Parlamento que tendremos es el que nos mereceremos: sólo un buen electorado merece un buen representante.


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