¿Es posible educar sin amor?

Vianny Evangelista Riveros
Alumna de 4to. año de la carrera de Educación Primaria

¿Puede un hombre construir un edificio sin poner los cimientos? ¿Puede nacer una flor sin antes haber colocado una semilla debajo de la tierra? En ambos casos esto no  es posible, así como tampoco el que un maestro eduque a sus alumnos sin poner la  semilla del amor  en su labor profesional  que se traduce en  donación y entrega.

Los motivos que dan respuesta a esta pregunta son múltiples, pero solo vamos a detenernos a desarrollar algunos  aspectos  partiendo del concepto de educación que da Santo Tomás: «conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre que es el estado de virtud» (Altarejos y Naval, 2011,p. 25). En este sentido, el maestro orienta al alumno como si fuera su hijo y lo guía  hacia el estado perfecto como persona. Ninguna otra tarea como la educación se ocupa tan directamente de la persona, y es en el aula, sin duda alguna, donde el docente despliega sus recursos personales y didácticos para cumplir con su labor, teniendo como eje principal su relación humana con el alumno.

Nos preguntamos: «¿Por qué es valioso el amor, o mejor,  el amar?… El amor exige la relación, es una actitud  ante otro, por lo que el amar refiere la forma de comunión entre seres conscientes. La única afirmación de su realidad ontológica sería la que apuntase a la comunión; a la intimidad entre dos espíritus» (Pérez, 2007, p. 258). El valor del amor en la educación tiene un  sentido relacional y desde este aspecto es más fácil de comprender. Nace de  la inclinación al bien, a la donación y acogida mutua. «El amor, escribe Borges, nos deja ver a los otros como los ve la divinidad, como absolutamente únicos. Guardini apunta: “Lejos de cegarnos, el amor es lo único que puede abrirnos los ojos…pero el amor verdadero respeta siempre al otro en su esencia, le reconoce el derecho de ser él mismo, desea que no abandone su personalidad» (Cámere, 2008, p. 25).

La educación se entiende como un proceso guiado y orientado; por tanto no es espontáneo sino intencional en el cual el maestro es un agente importante, pero no es el principal, ya que no podrá lograr nada nuevo en los alumnos si ellos no lo quieren. Su tarea es infundir en los educandos la  ciencia,  la educación moral y práctica lo cual dependerá  del arte con que transmita sus conocimientos, como es el trato cercano  que presente frente al alumno y el clima adecuado que procure entre todos, pues «el docente no puede ser sólo el científico que conoce lo que hay, sino también el sabio que conoce cómo obrar en la ciencia y en la vida; y ambos saberes pueden y deben ser comunicados a los aprendices,  pues es la mejor ayuda que puedan recibir» (Altarejos, 2010, p. 237).

Del mismo modo, no se puede educar sin reflexionar. Es necesario que el docente se detenga a pensar en la labor tan grande e importante que realiza en la sociedad y en cada persona que forma. No debe olvidar que son personas humanas las que están puestas en sus manos y que supone donación y entrega constante. Solamente a través de este camino podrá lograr la finalidad de la educación, que es alcanzar el estado perfecto del educando, como bien lo afirma Santo Tomás. Y a qué se debe la importancia de esta donación y entrega. La respuesta es muy sencilla: «Educar es dar vida. Pero el amor es exigente. Pide comprometer los mejores recursos, las ganas no ciclotímicas, despertar la pasión y con paciencia ponerse en camino» (Bergoglio, 2013, p. 18). Por tanto la tarea del docente es ayudar a crecer al alumno, para lo cual ha de necesitar la ciencia que posee y a su vez la sabiduría de saber cómo transmitirlo.

El hombre es un ser de carencias, necesita de la educación y el maestro es un instrumento que por vocación ha de transmitir lo que hay en él, como bien nos lo dice el apóstol San Pablo: «En fin hermanos todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos. Pongan en práctica lo que han aprendido y recibido (…), y el Dios de la  paz estará con vosotros» (Flp 4, 8-9).

La educación es un proceso de ayuda y de servicio continuo que le permite al maestro formar y moldear a la persona. Po lo que, el educador está llamado a intervenir con habilidad para entrar en el educando y llegar a su intimidad. Los grandes maestros dejan huellas en la personalidad de sus alumnos, entonces cabe preguntarse: ¿cómo podrá moldear y dejar huella en sus alumnos si no los conoce ni los trata?, ¿cómo podrá llegar a la intimidad de cada ser de los alumnos para luego lograr ese estado de perfección si no los ama? Solo el valor del amor podrá dar respuesta a estas interrogantes, ya que es en la intimidad donde resuena la acción formativa:

La intimidad es una caja de resonancia que guarda en la memoria, no solamente los estímulos venidos de fuera, sino también las vibraciones subjetivas generadas por éstos. A cada estímulo aplicado sobre el sujeto, la afectividad lo distingue con colorido y relieves propios; son las emociones, afectos, sentimientos, apetencias y pasiones los marcadores de memoria con los  cuales la persona almacena sus experiencias vitales (Sierra, 2008, p. 70).

Queda claro, pues, que la relación educativa entre el educador y los educandos no sólo interviene en la dimensión pedagógica sino también en la afectiva. Hay que incidir en que en que ese afecto no debe permanecer en la esfera de lo emocional (ciclotímico), pues se corre el riesgo de ver al alumno como algo propio, desviando la acción propiamente educativa del docente.: «Ese afecto debe tener un carácter ético: ver a los alumnos como personas y querer su bien (…) El querer el bien implica tres componentes: querer (ejercicio de libertad, elección y no mero deseo de apetencia), el bien (lo que realmente es bueno, va a hacer bien) al otro (y no directamente a uno)» (Cámere, 2006, p. 101).

Para terminar, concluimos afirmando que no es posible educar sin amor. La educación es una acción plenamente humana en la que el hombre es el centro de la educación y, por ende, los maestros tienen una vocación de entrega, donación y servicio. Esto no significa pérdida, porque no se empobrecen al darse sino que se enriquecen al dar vida a sus alumnos, no en el sentido estricto de otorgar vida sino en que «les procuran lo imprescindible para que lleven una verdadera vida humana; en términos actuales se diría que la educación sustenta la humanización del ser humano» (Altarejos y Naval, 2011, p. 25). De aquí  se desprende la importancia de la relación y comunicación cercana entre el maestro y sus estudiantes, pues cuando el hombre conoce y ama, posee en cierto sentido las perfecciones de las cosas que conoce y ama; por ello se quiere lo que se conoce y se conoce a fondo aquello que se quiere. 


 

Referencias bibliográficas

  • Altarejos, F. y Naval, C.  (2011). Filosofía de la  Educación. España: EUNSA.
  • Altarejos F. (2010). Subjetividad y Educación. España: EUNSA.
  • Bergoglio, J. (2013). Educar: exigencia y pasión. Buenos Aires: Ediciones Claretianas.
  • Cámere, E. (2006). Educación Más allá de las aulas. Lima (Perú): Mar Adentro.
  • Cámere, E. (2008). La familia. Una mirada optimista. Lima (Perú): Mar Adentro.
  • Pérez P. (2007). ¿Qué son los valores? Su sentido y educación. Piura: Universidad de Piura
  • Filipenses 4, 8-9.
  • Sierra, A. (2008). La Afectividad. Eslabón perdido de la educación. España: EUNSA.