El sentido de la vida

Artículo escrito por el Padre Vicente Pazos, a propósito de la fiesta de San Josemaría que se celebra el 26 de junio.

Aunque nos suene a cosa muy difícil o imposible, Dios quiere que todos los hombres seamos santos con su gracia y nuestra colaboración. No es otro el fin de la Iglesia, desde el inicio de su existencia. Y no es otro el sentido del existir y el fin de la historia. Juan Pablo II ha definido la santidad como la alegría de hacer la voluntad de Dios.

Han pasado siglos en los que la espiritualidad dominante no apuntaba a buscar la santidad en el mundo en y por medio de las realidades cotidianas. Indudablemente, sobre ese estado de cosas, pesaba la concepción del trabajo como algo menos digno, como algo exclusivo de una clase social.

Dios, que enriquece continuamente a su Iglesia quiere revertir ese estado de cosas. Si la vida ordinaria se ha convertido en barro para los ojos de tantos hombres, Dios quiere que esa vida ordinaria sea ahora colirio para los ojos de todos. Sí; la vida cristiana es normalidad, es vida ordinaria. Y con la gracia divina puede llegar a ser cosa de Dios, obra de Dios, Opus Dei. Y esa misma vida ordinaria puede ser el modo de llevar la verdad cristiana a las almas.

Dios eligió a Josemaría Escrivá, como instrumento fidelísimo, para una doble tarea: recordar la llamada universal a la santidad y dar vida a una institución, al servicio de esa tarea, donde personas de todo tipo, normales y corrientes como las demás, de cualquier condición social, país, cultura, etc., constituyeran una referencia próxima y clara de que la llamada universal a la santidad no es una quimera. Juan Pablo II, el día de la canonización de San Josemaría, lo llamó el santo de lo ordinario.

Josemaría Escrivá afirmó: “La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre […]. Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios, el dos de octubre de 1928”. “Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir… “. Es una iniciativa divina.

Por ser así, el Opus Dei va adelante, aunque alguna vez los hombres no quieran. A lo largo de estos 76 años el Opus Dei se ha ido extendiendo como una mancha de aceite, por todos los estratos de la sociedad, por muchos países del mundo entero. Es Obra de Dios. Hay que dar gracias a Él.

Por la Redención, la vida ordinaria del hombre puede tener un alcance sobrenatural. Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Mater se refiere a la misión de Jesús que “anunciaba el Reino: “Reino de Dios” y “cosas del Padre”, que dan también una dimensión nueva y un sentido nuevo a todo lo que es humano y, por tanto, a toda relación humana, respecto a las finalidades y tareas asignadas a cada hombre”. En consecuencia, afirmaba San Josemaría: “…no tiene nuestra labor apostólica una finalidad especializada: tiene todas las especializaciones, porque arraiga en la diversidad de especializaciones de la misma vida; porque enaltece y eleva al orden sobrenatural, y convierte en auténtica labor de almas, todos los servicios que unos hombres prestan a los otros, en el engranaje de la sociedad humana”.

“Se han abierto los caminos divinos de la tierra”, repetía con fuerza y agradecimiento.