El Papa en Madrid y Somalia

Por Carlos Masías Vergara

En breve se celebrará en Madrid la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Una de mis alumnas, participante  en esas jornadas, me comenta que han sido insultados por algunos, pertenecientes a un pequeño sector intolerante, y ha surgido en internet el pedido  -con apariencia de moralidad- de que el Papa se quede en su casa y destine los 50 millones de dólares que cuestan las jornadas  para aliviar la hambruna que se vive en Somalia.

Llama la atención que este pedido no se detiene a considerar el trabajo que hacen en África los misioneros combonianos, los padres y los hermanos blancos, las hermanas de la caridad, o los mensajeros de la paz, y de todos aquellos que se han tomado en serio el mensaje de Cristo. Y estos hombres y mujeres  no es que hayan llegado con ocasión de la crisis de Somalia; llevan allí años, viviendo, sufriendo con la gente el olvido, el hambre, la violencia, la persecución hasta la muerte, mientras les ayudan a mejorar las duras condiciones de vida.

Llama la atención que no se repare en que el problema de Somalia y otros lugares de África lleva ya muchos años. Ha sido insuficiente la atención que se le ha dado a tan lacerante problema. La Iglesia católica mantiene allí 12496 escuelas maternas, 33263 escuelas primarias, 9838 escuelas secundarias, 1074 hospitales, 5373 dispensarios, 186 leproserías, 753 casas para ancianos, enfermos crónicos, minusválidos, 979 orfanatos, 1997 jardines de infancia, 1590 consultorios matrimoniales, 2947 centros de educación o reeducación.

Llama la atención el contraste entre la actitud de estos humanitarios del internet y la del del P. Ángel García Rodríguez, presidente de los mensajeros de la paz quien le dice al Papa: “Ante su visita a España con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, le agradecería que repitiera una y mil veces, como ya lo ha hecho, que la Comunidad Internacional, los presidentes del gobierno, la Asamblea de la ONU, la Unión Africana, que se reúnan urgentemente y decidan, ahora ya, intervenir en estos países con barcos, no de guerra, sino de alimentos, con médicos y medicamentos no con soldados y municiones de guerra. (…)”.

Llama la atención, que nadie se pregunte qué hacían, en los últimos 20 años, estos grupos que ahora se indignan con el Santo Padre, ante el despilfarro que tienen delante de sus propias narices: 50 millones de euros al día en prostitución. La FAO, por su parte, indica que los países desarrollados desperdiciaban cerca de 222 millones de toneladas de comida al año. ¿Cuál era la causa de todo este desperdicio? “El informe culpa del desperdicio especialmente a los minoristas de los países industrializados, que tiran alimentos simplemente porque su apariencia ya no es deseable, así como a las tácticas de marketing del tipo “come-todo-lo-que-puedas”, que animan a los consumidores a comprar más de lo que necesitan”.

Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate (2009) ha vuelto a hacer eco de la preocupación de la Iglesia ante tantas injusticias. Ha señalado la profunda contradicción que se aprecia con frecuencia “entre la reivindicación del derecho a lo superfluo, e incluso a la transgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las grandes ciudades.” El problema de la pobreza es producto de una injusta redistribución de riquezas, que tiene como una de sus raíces ese estilo de vida escandaloso que el Magisterio de la Iglesia ha denunciado siempre. Querer convertir a la iglesia y al papa en responsables, solo habla de la facilidad con que algunos grupos buscan lavar sus conciencias, en el mejor de los casos; o simplemente, expresan un rechazo visceral a la fe de cientos de miles de chicos y chicas –incluidos africanos- que reciben del encuentro con el Santo Padre, fortaleza para una vida comprometida con sus semejantes: amor a Dios y amor al prójimo.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el diario El Tiempo, jueves 19 de agosto de 2011.