Un paseíto por Frías

Por Silvia Viera Morán

A un mes de la Semana de Frías, afloran los recuerdos de las visitas a tan entrañable distrito de Ayavaca. Se vienen a mi memoria los paseítos por sus calles estrechas; las pláticas de los vecinos los domingos por la mañana en la plaza, y el grito del paisano que da indicaciones sobre dónde se halla tal o cual lugar: “aquicito no más, detrás de ese bordito”; “los indios lambe cazuela” que hacen de las suyas; y hasta los “mal aperaos” con su caminar orgulloso.

Por un momento, reparo en lo simpáticas que resultan las palabras que a continuación describo. “Aquicito” es un adverbio, que por ser tal, no debe usarse con diminutivo (-cito). No se trata de “un aquí chiquito”, sino un “allá” que señala la distancia que suele ser muy grande.

Por eso, si alguien le dice “aquicito está”, tenga por seguro que serán varias cuadras o, quizá, pendientes las que recorrerá. ¿Y el “bordito”? Bordo es una palabra que no aparece en el diccionario; no obstante, se podría definir como una elevación natural del terreno cuya dimensión no llega a ser la de un cerro, tampoco la de una montaña; más bien, es similar a una loma o pequeña colina. “Los indios lambe cazuela” son los chiquillos malcriados. Estos entienden muy bien el efecto peyorativo del apelativo. “El mal aperao” es el mal fajado, es decir, el que no ha ceñido correctamente los pantalones que viste.

“Aperao” o aperado vendría a ser un participio adjetival derivado de apero. Según el DRAE, apero proviene del latín apparium (útil, aparejo), ‘conjunto de instrumentos y demás cosas necesarias para la labranza’. La Academia asegura que en América, el apero es ‘un recado de montar más lujoso que el común, propio de la gente del campo’; específicamente en Arg., Bol., Ec., Perú, Ur. y Ven. se habla de apero, ‘recado de montar’. Arguedas emplea esta acepción, por citar un ejemplo, en La muerte de los Arango: “Don Jáuregui, el sacristán y cantor, entró a la plaza tirando de la brida al caballo tordillo del finado Don Eloy. La crin era blanca y negra, los colores mezclados en las cerdas lustrosas. Lo habían aperado como para un día de fiesta”. Si revisamos el Diccionario de Corominas o el de Americanismos, encontraremos significaciones semejantes; salvo en el último, la designación con el término “aperado” a “la persona que dispone de lo necesario para hacer algo” o “persona dada a urdir intrigas en provecho propio”.

Las frases pronunciadas por nuestros paisanos no aluden a las acepciones de los diccionarios, sino a la falta de faja (correa) o a la vestimenta de una persona. Esta apreciación coincide, en cierta manera, con la del Diccionario de colombianismos que en su 3ª edición dice: “aperado(a) adj. coloq. ‘Provisto de lo necesario, especialmente de ropa’. El muchacho quedó bien aperado para el colegio”. Don Carlos Robles Rázuri, en La lengua de los piuranos, cita la palabra apero en un fragmento que explica el término “empavarse”: “La hija de los blancos, Isabel Inmaculada, pasó después con sus aires de gitana bruja, sus aperos de moda que la asemejaban a un merengue que decía ¡cómeme!”… Nuevamente, aperos, referido a la ropa, en este caso al vestido de moda.

Es probable que usted me dé la razón cuando digo que por estos lares un apero es el conjunto de piezas que forman parte de la silla de montar de un caballo, yegua o macho; de allí que se pronuncie, por ejemplo: “quítale los aperos para que descanse”; además, por contigüidad se señala la vestimenta, así: A esa familia la llaman “los mal aperaos”. Después de esta inmersión lingüística, vuelvo a mi recorrido friano para saborear un caldo de arvejas con guineo, que si no fuera una delicia, se lo convidaría ahora. Qué tenga un buen domingo.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el diario Correo, domingo 15 de mayo de 2011.