Crónicas romanas. Un día en el Borgo di Farfa

Por Luz González Umeres

En octubre, recorrí 150 kilómetros desde Roma hacia un lugar llamado Borgo di Farfa, el cual no aparece en la folleteria oficial para el turismo masivo de Italia. Gracias a unas colegas romanas supe de la existencia de este bello lugar de la campiña mediterránea, que conserva construcciones del siglo IX D.C. También una abadía benedictina, con su Iglesia de estilo románico,  calles, tiendas  y plazas llenas de vida y de historia.

Se trata de un auténtico  burgo medieval, que está vivo  hoy día. Sus habitantes son descendientes de las familias que vivían allí antes de la Edad Media. Se enorgullece de tener una biblioteca que en su día fue la mejor de Europa,  con más de 300 000 libros incunables de  obras clásicas famosas. Pude ver y tocar estos libros, recorrer  las estanterías y apreciar los códices miniados por los monjes del medioevo.  Son a la vez auténticas obras de arte.

Esta joya que es el Borgo di Farfa fue en su día el lugar de descanso del Emperador Carlomagno, quien auspiciaba el desarrollo de la educación cristiana. Fue un lugar en el cual se cultivó la alta cultura y se  formaba a los profesores más eruditos, a los cuales el Emperador enviaba luego por toda la Europa continental.

Al salir de la Biblioteca pregunté a una de mis colegas: ¿quiénes afirman en Europa que este continente no tiene raíces cristianas? Y añadí, ¡aquí, en este lugar, están las pruebas de lo contrario! Luego visitamos el museo con objetos de la vida cotidiana de Farfa, realizado con muy buen gusto y con las técnicas museográficas actuales.

También Farfa, por su ubicación geográfica, era un lugar estratégico para Carlomagno. Desde el torreón más alto de la montaña del Borgo se divisa el curso del río Tevere  a través del cual se realizaba el tráfico fluvial y el comercio. Pasaban por ese río  numerosas embarcaciones hacia Roma, de ida y de vuelta.  Hoy se ve el paso  del ferrocarril que los une a Roma.

Al caer la tarde de ese sábado sonaron las campanas de la Iglesia. Los monjes salieron de su claustro para cantar las vísperas. Pude presenciar y oír, en el mejor estilo gregoriano, una serie de motetes en latín dedicados a la Madonna di Farfa cuyo bellísimo mosaico ocupa un lugar de privilegio en el templo.

A la hora del tramonto dejamos Farfa y retomamos la Vía Salaria que esta vez nos llevó de retorno a Roma-Capital. Me explicaban en el camino que esta carretera era una de las vías consulares, trazadas siglos antes de Cristo, por las cuales regresaban a la Urbe los cónsules romanos, cumplidas las misiones que les daba el César.  Hoy día, tiene una señalización perfecta y tantas  ventajas de  la civilización actual,  pero a la vez guarda la historia de la poderosa cultura romana de ayer, de la cual somos beneficiarios  millones de personas de todo el mundo.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.