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Ene

2012

La Fiesta de la Navidad: historia y tradición universal

Por Elizabeth Hernández García

Por Julio Talledo. 11 enero, 2012.

Desde nuestros primeros años de vida, relacionamos la Navidad con determinados colores, prácticas, objetos y partituras. La historia de muchos de estos símbolos puede remontarse a los primeros siglos del cristianismo, en los que se combinaron elementos de oriente y occidente, haciendo de esta una herencia profundamente rica. Nadie sabe cuándo un común abeto se transformó en el más majestuoso símbolo de Navidad. Casi todos los textos coinciden en señalar a San Bonifacio (s. VIII) como el primero que plantó un pino representando el amor eterno de Dios y lo adornó con manzanas (pecado original) y con velas (luz de la salvación). Pero esta tradición germana se entrecruza con historias de otros pueblos,  siempre en relación al árbol cargado de adornos, de regalos y de luces.

Una tradición mejor documentada es la del “Nacimiento” o del “Belén”, escenificación de la venida al mundo de Jesús en un pesebre. Esto es lo que representó San Francisco de Asís en la Nochebuena del año 1223: un nacimiento vivo. Desde entonces la tradición dio la vuelta al mundo, estableciéndose en algunos lugares representaciones a escala de distintos materiales: arcilla, porcelana, plata dorada, nácar, etc. La imaginación popular ha hecho de la Sagrada Familia, de los ángeles, de los pastores y de los “Reyes Magos”, los protagonistas principales de un paisaje de dimensiones colosales. Por ejemplo, los belenes de los palacios europeos del siglo XVIII podían tener más de 5.000 figuras.

Imágenes centrales del Nacimiento son también los “Reyes Magos”. La llegada de Melchor, Gaspar y Baltasar produce expectativa e ilusión en miles de niños cada cinco de enero. En medio del invierno europeo, las horas pasan en espera de la caravana que traerá a los Reyes al pueblo, quienes saludan con entusiasmo a todos los congregados mientras sus pajes reparten caramelos a unos y a otros. Es una enternecedora vivencia navideña en la que todos confabulan para mantener la ilusión de los pequeños, inclusive los narradores de noticias informan los días y las horas que faltan para el gran acontecimiento.

Pero las Sagradas Escrituras dan cuenta sencillamente de “Magos de Oriente”, no de “reyes”. ¿En qué momento se les “coronó”? No se sabe. En las catacumbas romanas del siglo IV ya existen algunos dibujos de los tres “Reyes Magos”. Pero, ¿qué importancia tenían estos personajes para aparecer en los relatos bíblicos? Jesús nació dentro del judaísmo pero en una zona geográfica rodeada de distintas religiosidades, por lo que, en ese contexto, la expresión “magos” alude a “sacerdotes”. En el Oriente antiguo los sacerdotes curaban, observaban los astros, interpretaban sueños y profetizaban.

Las Escrituras no expresan mucho más de estos Magos, pero la tradición popular asumió varias cosas más: que eran tres, con tres regalos, de nombres Melchor, Gaspar y Baltasar (dato extraído al parecer de los evangelios apócrifos) y que tenían distinto color de piel, convirtiéndose en embajadores de los tres continentes que se conocían, no del todo, en el siglo I: Europa, Asia y África. Los tres regalos tienen un gran simbolismo para la época y luego para el mundo cristiano. El oro significa realeza, era el color de los reyes, y en Persia, del “rey de reyes”, la máxima autoridad de aquel imperio. El incienso era quizá tan valioso como el oro y se ofrecía solo a los dioses; recordemos que en el Oriente los reyes fueron divinizados, costumbre que mucho más tarde asumieron los romanos en tiempos del emperador Augusto. Y la mirra era una sustancia aromática que permitía hacer perfumes y que también se utilizaba para embalsamar a los muertos, utilidad que la tradición cristiana ha relacionado con la futura pasión de Jesús.

Si bien el mundo europeo tiene la tradición de los Reyes Magos muy enraizada, el occidente americano tiene la de “Papá Noel” o “Santa Claus”, personaje que, por cierto, también viene del Oriente: se trata de San Nicolás. Al parecer, este nació en Asia Menor (hoy Turquía) a inicios del siglo IV; se hizo sacerdote y posteriormente fue nombrado obispo de Mira. Se le conoce también como San Nicolás de Bari porque sus restos fueron trasladados a Bari (Italia) en el año 1087. Sus biógrafos afirman que desde pequeño ayudaba a los pobres con regalos y dulces, por lo que se hizo popular y querido ya en vida, extendiéndose su historia por Europa desde el s. XII. En el s. XVII, holandeses llevaron la tradición a Estados Unidos; aquí por la pluma del inglés Clement Moore (1823) sobre todo, San Nicolás cambió su atuendo, se subió a un trineo con renos y se introdujo por las chimeneas. Finalmente, una marca de gaseosa inmortalizó, desde la Navidad de 1931, la figura del “Papá Noel” que todos conocemos.

Hay cientos de símbolos de la Navidad en todo el mundo. Consideremos que estamos hablando de 2000 años de cristianismo, milenios en los que todo cambia, evoluciona, se perfecciona, se crea o se recrea. Como a lo largo de esta semana hemos cantado muchos villancicos (también tradición navideña), queremos terminar con un hecho histórico en relación a uno de ellos.

El 24 de diciembre de 1914, durante la Primera Guerra Mundial, se produjo la “Tregua de Navidad”. Fue un alto al fuego momentáneo y no oficial entre los enemigos. Las tropas se hallaban en sus respectivas trincheras. Esa Nochebuena los soldados alemanes encendieron velas, colocaron árboles decorados con luces en los parapetos y entonaron villancicos, entre ellos “Noche de Paz”. Los soldados aliados, sorprendidos, se sintieron contagiados por ese ambiente de nostalgia y emoción; se eliminaron las barreras entre unos y otros, y uniéndose a los alemanes no tardaron en cantar con ellos, en sus propias lenguas, “Noche de Paz”. Debió ser un momento muy especial.

Por eso se habla siempre del poder divino de la música, y yo en particular pienso con frecuencia en estas fechas en la fuerza del espíritu navideño, en el milagro que celebramos cada Navidad. Si por unas cuantas horas, en plena guerra mundial, “estalló la paz”, ¿qué grandes cosas podemos hacer nosotros en el día a día, en “tiempos de paz”? Aunque luego se volviese a coger las armas y continuase esta cruenta guerra, lo vivido aquella Nochebuena de 1914 tiene un profundo mensaje para el presente: la posibilidad que tenemos hombres y mujeres de superar nuestras diferencias y de hacer de este un mundo mejor. Con esa reflexión, hoy 25 de diciembre, quiero celebrar la Natividad del Señor y también el origen de todo: el fiat amoroso de María que cambió para siempre la historia universal.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el suplemento SEMANA, diario El Tiempo, domingo 25 de diciembre de 2011.

 

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