Un siglo llama a la puerta. Visiones diferentes de una misma historia

El doctor Javier de Navascués, profesor de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Navarra (España), presentó una ponencia que señala omisiones tendenciosas en la última novela del escritor español Arturo Pérez Reverte. Fue en el Congreso Internacional el Impacto de las Cortes de Cádiz en la América virreinal, organizado por la Universidad de Piura del 1 al 3 de agosto.

Las Cortes de Cádiz (1810-1814) son el espacio en que transcurre uno de los episodios nacionales –Cádiz (1872)– de Benito Pérez Galdós y Un siglo llama a la puerta (1963) del gaditano Ramón Solís. A estos dos libros se suma la reciente publicación El asedio de Pérez Reverte (2011), que introduce, según señala el profesor español Javier de Navascués, algunas variaciones ideológicas frente a su antecedente directo, la novela de Solís.

Ramón Solís (1923-1978) nace en Cádiz, pero su familia pronto se traslada a Madrid. La guerra civil sorprende al joven Solís en Cádiz. Allí actúa como corresponsal del ABC y reúne información para su tesis doctoral “El Cádiz de las Cortes”, premiada por la Real Academia Española. Su obra literaria abarca ensayos, cuentos y novelas: El canto de la gallina y El alijo (1965), “Coros y chirigotas” (1966), “El mar y un soplo de viento” (1968), “Historia del periodismo gaditano” (1971), “La eliminatoria” (1970), “El dueño del miedo” (1973), etc.

“Un siglo llama a la puerta” (1963, premio Bullón), como señala Navascués, arranca en los años finales del siglo XVIII y “se detiene en hechos fundamentales como el combate de Trafalgar o las epidemias de fiebre amarilla, se explaya en los pormenores del asedio francés y la Constitución de 1812 y termina con la llegada de Fernando VII, la derogación constitucional y la vuelta al absolutismo”.

En el Cádiz de entresiglos la burguesía mercantil detentaba el poder económico debido al intercambio y venta de productos de las Américas. La novela se empeña en señalarlo, además de retratar otros círculos sociales: así, los integrantes de la profesión médica, minusvalorados, social y económicamente; la nobleza que, huyendo de Napoleón se asienta en Cádiz, y contrasta en su visión aristocrática de Antiguo Régimen con los valores mucho más modernos de la burguesía gaditana; los comerciantes ilustrados y extranjeros, afines a la masonería; la élite militar con sus ideales patrióticos. “Y, cómo no, el pueblo, encarnado sobre todo en la cantante y amiga de un bandolero, Remedios, que mantiene amoríos con el protagonista, Chano Fernández Ederra.”

“En todo el desarrollo de la acción, advierte Navascués, se adivina una voluntad de acercamiento a las mentalidades de la época y así se debe entender el conflicto entre sentimiento y obediencia a la autoridad paterna en la elección amorosa por parte de los jóvenes protagonistas: es un asunto que preocupa en España a fines del siglo XVIII, tal y como se propone en El sí de las niñas de Fernández de Moratín.” También la visión esperanzada de una España que luego no llegó a ser, es decir, una España que defiende sus posturas sin tratar de destruir al contrario, sino de forma abierta y civilizada, a la vez que descubre las aspiraciones independentistas de los pueblos americanos representados en las Cortes.

La última novela publicada por Arturo Pérez Reverte coincide en espacio y tiempo ficcionales con la de Solís, pero discurre por dos vías o cauces argumentales diferentes. La primera sigue los derroteros de una investigación policial sobre una serie de crímenes de los que son víctimas distintas jovencitas asesinadas de forma salvaje. Aquí el protagonista es el comisario Rogelio Tizón, un tipo duro –comenta el profesor Navascués– a la manera de otros personajes del mismo autor. Por otro lado, Lolita Palma, “única heredera de una importante firma comercial gaditana”, y el corsario Pepe Lobo, “un marino sin demasiados escrúpulos al servicio de quien le pague mejor” viven aventuras amorosas, “tan previsibles como infortunadas”, entre dos personas tan dispares.

Las dos novelas ofrecen, según Navascués, interesantes afinidades y distancias. Ambas están avaladas por un fuerte trabajo de documentación histórica, pero “las particularidades de una y otra descansan en una percepción distinta, opuesta más bien, de los sucesos históricos”. Esta visión necesariamente se explicará por las diferentes coyunturas históricas en las que aparecen y difieren de modo radical “en su interpretación del destino de España”. Hace tan solo medio siglo era impensable poner en tela de juicio la idea de España como entidad nacional única e indivisible; Pérez Reverte, por el contrario, asiste a la descomposición de esa misma idea en años de fuerte crisis económica y moral y a los evidentes síntomas de agotamiento de la opinión pública española, lo que produce en la novela un violento anacronismo.

Ciertamente El asedio muestra una documentación exhaustiva en lo que le interesa al autor y al lector actual promedio: “abunda en minuciosos apuntes sobre los alimentos que consumían las buenas familias gaditanas, en la disposición de los aparejos en los bergantines españoles o los tipos de bombas de la artillería francesa”. Pero no se interesa tanto por el debate ideológico, que a inicios del XIX era primordial, y los personajes principales son más bien portavoces del desencanto del escritor.

“Así, la procesión de acción de gracias por la aprobación de la Constitución, explica el profesor Navascués, es comentada por uno de ellos, el comisario Rogelio Tizón, como si fuera una pérdida de tiempo. El mismo escepticismo, en distintos lugares de la novela, es expresado por el resto de los protagonistas, quienes no participan del entusiasmo generalizado por el nacimiento de las Cortes. La soberanía popular o la posibilidad de una España liberal son motivo de desdén, en consonancia con la visión individualista y desengañada que Pérez Reverte ha manifestado reiteradas veces con respecto al sistema político nacido de la modernidad. La frialdad con que el autor, por medio del juicio unánime de sus personajes, cuestiona la labor de los diputados de las Cortes, recuerda al clima de contemporáneo desencanto que se ha instalado en la sociedad española frente a su clase dirigente en los últimos años.”

Claro que ese discurso está acorde con las categorías aceptadas por el público: en la España de 2011 juego político se identifica con corrupción y crisis económica, y domina un tibio desapego laicista de tono indiferente. Igualmente en El asedio nada se dice de la acción de los religiosos en la vida misma de la ciudad. Estos apenas participan, no ya de la historia, sino del modo de pensar de los personajes. “Sacerdotes y religiosos –concluye–, que tan decisivos fueron en el modo de moldear las mentalidades durante siglos en España (también en Cádiz), forman tan sólo un telón de fondo en el que actúan como elementos decorativos.” No así en la novela de Solís, más cercana en esto a la realidad histórica. La clase dirigente española que pinta Pérez Reverte no es tanto la de 1812, que trataba de lograr un consenso democrático, sino la que dos siglos después acusa derroches, arrastra mentiras y paga mezquindades. 

Docente

Facultad de Humanidades

Artículo publicado en el suplemento Semana, el 26 de agosto de 2012.