El hobbit: un viaje inesperado

Una década después de que la trilogía de “El Señor de los Anillos” se convirtiera en un masivo fenómeno cinematográfico, se estrena “El hobbit: Un viaje inesperado”. Esta nueva adaptación de la novela de J.R.R. Tolkien que antecedió a “El Señor de los Anillos” está siendo, sin duda, el gran éxito del cine en la estación navideña.

“En un agujero en el suelo vivía un hobbit”. Con estas palabras, el profesor Tolkien de la Universidad de Oxford emprendía en 1932 la redacción de un relato que, aunque no pretendía otra cosa que entretener a sus hijos, acabó exitosamente publicada hasta el punto de reclamar una segunda parte, “El Señor de los Anillos”. Esta, mucho más extensa, seria y compleja que su antecesora, está considerada hoy una obra maestra de la ficción fantástica.

Peter Jackson la pasó al cine del 2001-2003 satisfaciendo tanto al gran público como a los siempre exigentes fanáticos de la obra literaria, y no tardó en anunciar la realización de “El hobbit”. Aquí el desafío ha sido mayor: había que ser fiel tanto a los filmes ya rodados como a la novela original. Pero el tono de esta es “menor” frente a “El Señor de los Anillos”: un relato lineal, de pocos personajes relevantes, más ligero y con tonos humorísticos o infantiles que desarrollan el tópico de la búsqueda del tesoro superando obstáculos episódicos.

Creo que el cineasta neozelandés lo ha conseguido nuevamente. Vuelve a apostar por la trilogía (que no veremos terminada hasta 2014): ¿Cómo alargar tanto un libro con apenas 300 páginas? En primer lugar, enlazando su historia en todo momento con “El Señor de los Anillos”: el arranque, la conclusión y unos cuantos episodios de “Un viaje inesperado” recuerdan inmediatamente escenas de las películas anteriores. Son guiños unas veces y, otras, concesiones al cine de acción (ya se sabe: persecuciones, caídas, combates a ritmo de videojuego) que casan poco con la relativamente escasa violencia de los libros originales.

Más acertado es incorporar dos subtramas a la historia principal (el viaje en busca del tesoro que custodia un dragón). Primero, la inquietud que provoca la llegada de un extraño Nigromante. Y luego, la creación de un antagonista terrorífico y con personalidad propia (algo de lo que carecían la mayoría de los villanos de la película de “El Señor de los Anillos”), el orco Azog, cuya rivalidad personal con el enano Thorin y su voluntad sistemática de destruirlo convierte la trama en más atractiva para el espectador.

La película se aligera notablemente, y además conserva el sabor de “El hobbit” literario, gracias al humor, muy superior al de las anteriores películas (e incluyendo hasta algunas canciones que también están en la novela). Este ya no se reserva a personajes secundarios “graciosos”, sino que forma parte de la personalidad de los mismos héroes: el tímido y comodón hobbit Bilbo, aventurero a la fuerza, el misterioso pero simpático mago Gandalf (ahora con un nuevo personaje, su estrafalario primo Radagast) y la alegre turba de enanos en la que solo es una excepción su cabecilla, Thorin, rey sin reino que deja la puerta abierta a temas de tragedia como la ambición o la venganza.

Dejando aparte golpes de efecto que, como he dicho, son sobre todo una invitación para los espectadores menos interesados en la literatura que en el cine “de acción”, lo cierto es que en “Un viaje inesperado” apreciamos una vez más la lectura personal que Peter Jackson y su equipo han realizado sobre la obra de Tolkien. Lectura que sabe poner de relieve sus claves más profundas: resaltaré la importancia primordial de la vida y la gente sencillas, de la bondad y dignidad de los actos cotidianos; pero al mismo tiempo, la comprensión de que ese aspecto hogareño de la existencia, que nos protege del mundo que nos rodea, depende también de la misma salud de ese mundo.

Creo que la legión de admiradores de la trilogía de Peter Jackson, así como de la obra tolkieniana, estarán sin duda de enhorabuena. Ahora, cabe preguntarse si todas esas referencias a la obra escrita de Tolkien y a la trilogía anterior de Jackson, tan televisada últimamente, no acabarán siendo un impedimento para la visión de la película que no remediarán los lentes de 3D. Dicho de otra manera, ¿qué es lo que verá en esta película quien la aprecie por sus propios valores, y no por su relación con la literatura y las películas que la han precedido? Pagaría por unas horas de amnesia que me permitieran ver el filme en semejante estado de inocencia. No descarto que, a la salida, fuera a una librería a comprar “El hobbit”.