Como padre y lector, me siento naturalmente preocupado por la futura relación de mis hijos con la literatura. En esto, los expertos animan siempre a la cooperación entre padres y maestros, pero yo desconfío al comprobar lo que mis alumnos de Universidad han leído en el colegio, y cómo. Una estudiante me habló de cómo […]

Por Manuel Prendes Guardiola. 14 enero, 2013.

Como padre y lector, me siento naturalmente preocupado por la futura relación de mis hijos con la literatura. En esto, los expertos animan siempre a la cooperación entre padres y maestros, pero yo desconfío al comprobar lo que mis alumnos de Universidad han leído en el colegio, y cómo.

Una estudiante me habló de cómo su centro les suministraba libros que fomentaran su autoestima y sus cosas parecidas. No me sorprende: parte de la última literatura infantil procura ir avalada, como las medicinas, por una nota sobre sus efectos, o sea qué valores fomenta su lectura (la solidaridad, la igualdad, la tolerancia… aunque no dicen si se devuelve el dinero si el lector no resulta al final más solidario, igualitario o tolerante). Cuando le pregunté un título concreto, me dijo –decepción- que El delfín, beast-seller peruano leído en los cinco continentes y que promete oler pronto tan a rancio como aquel Juan Salvador Gaviota de los años 70. Otros estudiantes me cuentan que en el colegio leyeron La Biblia de barro, El código Da Vinci o Abril rojo. Lo cual aprobaría si hubiera sido por gusto e iniciativa propia (en la adolescencia tendemos a leer vorazmente, y más cuanto más truculento y fácil)… pero eran sus mismos profesores quienes se los habían mandado ¡como parte del curso!

Ciertamente, en lo que se refiere a la literatura de calidad (clásicos sobre todo), demasiados maestros no es que introduzcan a sus alumnos: los avientan. Con la misma naturalidad que les dan Abril rojo para que lo lean y luego se lo cuenten, les dan La vida es sueño, el Lazarillo o el Mío Cid. Sin preparación previa, sin guía simultánea, como dando a entender al pobre alumno que esa lectura es tan pesada que el profesor no está dispuesto a soportarla junto a él. Las consecuencias pueden ser irreparables: el neolector preferirá el lenguaje plano, el significado unívoco y la enseñanza explícita del libro “que entiende” a las secretas bellezas de otro que requiera cierto esfuerzo de inteligencia y sensibilidad.

Enseñar a leer es enseñar un arte que apenas se ha empezado cuando, en primaria, los niños descifran y pronunciar las primeras letras. Y aunque aquí la ayuda del profesor puede ser muy útil, creo que los padres deben iniciarse algo en la crítica literaria doméstica durante unos cuantos años. (Sobre el tema, invito a buscar por internet el artículo de una autoridad en la materia, Luis Daniel González, con título sugerente: “Atreverse a proponer lo mejor”).

Comparte: