Prosperidad y medio ambiente

Todos anhelamos el desarrollo de nuestra región, el camino para obtenerlo exige acopiar fondos necesarios (que no ahorramos) para explotar nuestros recursos físicos y humanos; pero, ello siempre impacta al medio ambiente. La manera efectiva e inteligente de mitigar esos impactos consiste en una preparación e instrucción de los responsables –funcionarios y empresarios– de las decisiones sociales críticas.
Reflexionando sobre la incidencia en la vida regional del debate privado y público alrededor de la procedencia de la inversión minera en la Sierra de Piura, la primera inferencia que deriva de los argumentos esgrimidos en las virulentas discusiones sobre el tema es que, irrefutablemente, la decisión final afectará a todos los pobladores de la región Piura. Algunos, cambiarán su forma de vida; otros, casi no notarán el cambio en su quehacer diario, pero todos serán perturbados. Por lo tanto, este es un tema en el que todos los piuranos deben opinar y ser escuchados.

La segunda inferencia señala que el tema de la inversión minera se está tratando como una dicotomía, con dos soluciones posibles: se invierte o no. Esto no debe ser así; esas posiciones son solo los extremos y hay una miríada de soluciones entre ambos, veamos por qué:

Es una verdad indiscutible que toda actividad económica impacta la naturaleza, asumiendo la connotación negativa que se le da hoy en Piura al verbo impactar. No hay explotación o negocio que, produciendo riqueza, no afecte al ambiente.

  • Las actividades primarias, quizá las más directamente involucrada, son las más visibles. En la pesca, los informes del agotamiento de especies comerciales en Paita son noticias funestas desde hace meses. Los relaves de la minería son el foco de atención mundial, el caso Camisea es ejemplo de ello. La minería informal del oro es un cáncer progresivo al que no se la da el tratamiento agresivo que requiere urgentemente. La agricultura y su efecto negativo sobre animales y especies vegetales hasta llevarlas a la extinción así como la contaminación de los acuíferos subterráneos con productos químicos fitosanitarios, prohibidos en los países del hemisferio norte, es historia antigua. La deforestación, de 13 500 hectáreas al año en nuestros despoblados piuranos para carbonizarlo, es hoy caso de alarma mayor; y es aún más grave en la selva peruana, donde se deforesta para ‘maderar’.
  • Para la industria se desempolvó hace unas décadas el término ‘polución’ para identificar la contaminación ambiental, pues sus emanaciones toxicas sobre ríos y costas, los humos contaminantes y la degradación del suelo fueron la primera preocupación de los ambientalistas antecesores a los de hoy. Era un daño tan grave que se convirtió en el fulminante que desencadenó el gran movimiento de protección a la naturaleza.
  • Los servicios que pudieran ser ajenos a este tema, son tan o más dañinos, pues su efecto está más cercano a los habitantes de las ciudades: los albañales alimentados por los desagües, el foco de infección formado por los rellenos sanitarios y el ruidoso estruendo vehicular y la agresión “musical” nocturna son altamente contaminantes. Hasta el turismo es perjudicial pues contiene una agresividad destructora de la cultura local, sino que lo digan nuestros vecinos brasileños y su turismo sexual.

Estos impactos sobre la naturaleza se resumen en un constante deterioro del medio y su consecuencia más importante, a largo plazo, se resumen en la disminución de la calidad de vida de los habitantes de las zonas afectadas. Probablemente, de no paliarse el impacto negativo de los hombres sobre la naturaleza, los daños se conviertan en irreversibles, por el altísimo costo de recuperación de personas y activos.

En la otra mano, todo grupo humano necesita y tiene derecho a desarrollar las actividades económicas que le permitan subsistir decorosamente. La continua inversión, propia o ajena, es requisito para subsistir y progresar en un mundo globalizado y terriblemente competitivo, donde hay que gastar continuamente en innovar productos para atender a una clientela cada vez más exigente e incorporar nuevas fuentes de riqueza que reemplacen a las que pierden competitividad. La inversión es el motor del progreso, de la tecnología, de los costos decrecientes y más. Bien administrada, se refleja en el aumento del nivel de vida de los pobladores donde se aplica (en cifras macroeconómicas, en el Perú se estima un incremento del Producto Bruto del 20% al 25% de la inversión, en las zonas donde se coloca). No hay otra forma de asegurar el futuro de los residentes de una comarca y de crear empleo para una población que, en el caso del Perú, crece más rápido que su productividad.

Por ello, la alternativa de no explotar la naturaleza, de no invertir para proteger el ambiente, es condenar una región a la inamovilidad, mientras los países vecinos progresan aceleradamente; y aún peor, las regiones vecinas del mismo Perú prosperan atrayendo inversión. Una estrategia política desinversionista fomentará más la emigración de los pobladores afectados hacia otras zonas en continuo desarrollo, declinando progresivamente los residentes no-migrantes hacia un hábitat de pordioseros sobre un paisaje idílico.

Es claro, entonces, que el crecimiento de la actividad económica tiene desventajas por efecto de los daños colaterales que sufrirá el ambiente de la región donde se aplica, pero no se puede prescindir ni un ápice de un sol destinado a invertir en ella, sin graves perjuicios para el futuro de sus habitantes. ¿Qué hacer entonces? Pues, sencillamente, lo que hacen los países que ya han pasado por este problema: buscar hasta encontrar un justo balance entre ventajas y desventajas de una inversión específica. Entendiendo por balance: idear las medidas necesarias para evitar el daño al entorno ambiental, sin perder las ventajas que trae la explotación de la riqueza que contiene el suelo y la gente.

El único procedimiento propuesto para lograr este balance es la utilización de los recursos, considerando tasas admisibles por el medio ambiente, situando las explotaciones en territorios y ecosistemas que soporten la emisión de efluentes y alteraciones geográficas, de modo que no sobrepasen la capacidad de asimilación del medio ambiente. Esto será el resultado de una gestión medioambiental responsable y técnicamente solvente que deriva de una formación responsable del personal a cargo de los temas relacionados con el medio ambiente.

Por último, para una gestión medioambiental eficiente se requiere que se escuche a los probables afectados por el impacto sobre el ambiente y a los beneficiarios indirectos de la inversión, para que ellos intervengan en el diagnóstico y aporten iniciativas, institucionalizando su participación en los sistemas de control a idear. Sobre los controles, estos deberán estar dirigidos por una institución independiente de gran solvencia técnica y, sobre todo, totalmente transparente, puesto que los organismos públicos, a deducir de los últimos acontecimientos nacionales, no están maduros para asumir esta responsabilidad de gran incidencia en el futuro de una región.

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