Silencio, las paredes y los periodistas oyen

Es necesario elevar los estándares éticos en los medios de comunicación para frenar el desprestigio de la labor periodística.

La caricatura del periodista como ese chismoso atento a lo que todos dicen para atrapar algún comentario desatinado y hacerlo noticia, es de lejos una distorsión que rebaja la verdadera vocación del clásico guardián de la democracia. Ha pasado la revocatoria y se pueden hacer muchos balances. Sin embargo, como sociedad, es interesante reflexionar sobre el comportamiento de la prensa porque, aparentemente, lo que ha ocurrido refuerza esa imagen inicial que un buen informador criticaría por convicción y dignidad profesional.

Esta vez no fue exactamente un chuponeo telefónico el que, en la última recta, dejó en descubierto una expresión desafortunada que fue elevada a noticia para situar a una candidata en el podio del rechazo del electorado. Esta vez se trató del audio de una conversación que la prensa televisiva difundió y que dejaba en ridículo a algunos promotores del SÍ, para favorecer de este modo el voto por el NO.

Sin entrar en detalles de cómo la sola descontextualización de una afirmación es ya una práctica reprochable, llama la atención que los medios de comunicación no tengan reparo en difundir material obtenido de manera ilícita. La asimilación de estos modos de proceder no es sino un cáncer que desprestigia y gangrena de a pocos la profesión del periodista.

Si bien interceptar una llamada telefónica es distinto que grabar una conversación entre amigos, si lo vemos desde un punto de vista valorativo ambas son intromisiones a la vida privada, son una vulneración a los derechos de las personas. El primer medio es un delito, el segundo no; pero no debemos pensar que aquello que no está tipificado como delito es profesionalmente aceptable o se convierte en lo correcto. Porque en cualquier sistema que se precie de justo, el fin nunca justifica los medios, y en este caso, la búsqueda de información no puede justificar medios que vulneren derechos humanos.

Si no se elevan los estándares éticos en los medios de comunicación, y se siguen distorsionando valores tan esenciales como la intimidad y la privacidad, pronto no será extraño escuchar que los ciudadanos temen a los periodistas, porque nos habremos convertido en esas paredes que oyen, que de manera omnipresente asfixian a la gente y atentan contra ella. La verdadera libertad del periodista nace de su talante ético, que debe ser exigido también por el público.