En defensa de la vida

La marcha por la vida que se realiza cada año en Lima y diversas ciudades del mundo suele polarizar aún más las posiciones irreconciliables respecto del respeto debido al concebido.

María Laura Malespina

La marcha por la vida, que se realiza cada año en Lima y en diversas ciudades del mundo, suele polarizar, aún más, las posiciones irreconciliables que existen en la sociedad respecto del respeto debido al concebido.

En muchas ocasiones, para fundar una u otra posición, se suele  apelar a sentimentalismos  que en nada ayudan a un debate franco, basado en evidencias científicas, que permita a quienes pueden encontrarse en la difícil circunstancia de un embarazo no deseado o con un pronóstico infausto para la vida o la salud del por nacer tomar una decisión racional y humana. Y ello es así porque la muerte es un evento que no pasa desapercibido, máxime cuando es provocada y mucho más aún porque quien ocasiona dicha situación es la propia madre del por nacer.

Desde mi modesto entender, esto ocurre porque el núcleo del debate en torno a este tipo de leyes se juega hoy en la pugna de dos visiones del mundo  y de la vida. Una utilitarista y que resalta lo útil por sobre lo bueno, negando a la persona humana como fin supremo de la sociedad y del estado, y otra personalista que, por el contrario,  afirma tal supuesto.

En este sentido, quienes reclaman la despenalización del aborto invocan el derecho a la autonomía y a decidir sobre el propio cuerpo.  El aborto se plantea como una salida al drama de la madre, sea  por una enfermedad del feto de tal gravedad que le hace incompatible con la vida posterior al nacimiento o por haber sido violada. En este último caso, la justificación reside en la violencia emocional sufrida por la gestante  frente a una agresión tan grande que le genera un rechazo profundo hacia el ser concebido. Podría plantearse similar justificación en el caso del abandono de la pareja o incluso de la familia ante una noticia de embarazo, en la frustración de los proyectos futuros hipotecados por el hijo no deseado.

Sin dejar de reconocer que estas situaciones pueden traer impotencia y frustración, no podemos negarnos a la evidencia de otra vida humana que, en sus inicios, pugna por vivir.

La realidad del aborto se desliza por una pendiente resbaladiza. Invocándose el carácter excepcional de esta conducta dolosa se justifican, a posteriori, una serie de causales que evidencian la intolerancia humana frente a la adversidad. Se impone de manera alarmante el criterio de que el valor de las personas se mide en función de su “utilidad”. Por este motivo, cualquier situación que pueda colocar a los progenitores en desventaja para lograr su propio proyecto es suficiente para justificar la eliminación de la vida de la propia descendencia.

Lo que se quiere ocultar es la verdad científica, irrefutable, de que hay una vida humana a partir del momento de la concepción. A pesar de este dato corroborado científicamente se pretende de un modo falaz, basándose en conceptualizaciones subjetivas, reconocer la condición de persona a partir de diferentes estadios, señalando hitos en el desarrollo del ser humano establecidos de manera arbitraria y en función de los intereses exteriores que se pretendan defender.

Esta visión utilitarista de la vida ataca primaria y directamente a los más indefensos, negándoles la dignidad que les cabe por su sola condición humana, pero se propaga también en las relaciones sociales, en la vida en comunidad y en todas las dimensiones de la existencia.

Desde esta perspectiva solo son personas y por lo tanto dignas, aquellas que tienen ejercicio actual de su conciencia y autonomía, escindiendo la vida biológica de la vida consciente. Sin tener en cuenta que la persona es una unidad inquebrantable conformada por cuerpo y alma, independientemente de las cualidades que tenga o de las que esté privado en algún momento de la existencia.

Creo, finalmente, que no podemos desconocer el sufrimiento humano ante el drama de una violación o ante la angustia de un embarazo no deseado. Pero ello no nos habilita a disponer de la vida de terceros. El sufrimiento es parte de la vida, la fragilidad es consustancial al ser humano, por ello la sociedad debe implementar mecanismos de contención para ayudar a quienes sufren, mas nunca para eliminar a seres humanos frágiles y dependientes, cualquiera sean la circunstancias en las que ellos se encuentren.