Los mejores libros de 2013

El héroe discreto, la última novela piurana de Mario Vargas Llosa, no figura en las listas de las favoritas entre los más notables críticos literarios españoles. Según el recuento hecho por el barcelonés Fernando Valls, solo dos de los doce expertos consultados destacan la novela de nuestro premio Nobel y ninguno lo hace en primera posición.

Tampoco han tenido gran fortuna, igualmente, escritores consagrados Arturo Pérez-Reverte con su relato, “El francotirador paciente” o Luis Mateo Diez, con “Fábulas del sentimiento”, Alfaguara no destacan tampoco en las primeras posiciones. ¿Estamos en una nueva época? ¿Acaso la nueva generación de lectores que viven dolorosamente el impacto de la crisis no se identifica mucho con los narradores que entusiasmaron hasta hace muy poco, o es que los mismos escritores acusan el desconcierto y el desvanecimiento de las técnicas y los motivos que nos contentaban en el pasado? Seguramente es un poco de todo.

Aunque las opiniones son dispares, los favoritos más recurrentes son la novela de Rafael Chirbes “En la orilla”, la de Jesús Carrasco, “Intemperie”, de Isaac Rosa, “La habitación oscura”, además de Marta Sanz con “Daniela Astor y la caja negra” y los cuentos de “Técnicas de iluminación” de Eloy Tizón. Varios son nombres nuevos (no siempre jóvenes) que revelan la renovación de la narrativa española en los últimos tiempos, tan marcados por la crisis editorial y la confusión provocada por la comunicación literaria a través de internet y la blogosfera.

El argumento de Rafael Chirbes es significativo. La aparición de un cadáver en un pantano pone en marcha la narración, la historia de Esteban, que se ha visto obligado a cerrar la carpintería, dejando en el paro a los que trabajaban para él. Mientras se encarga de cuidar a su padre, enfermo en fase terminal, Esteban indaga en los motivos de una ruina que asume en su doble papel de víctima y de verdugo, y entre cuyos escombros encontramos los valores que han regido una sociedad, un mundo y un tiempo, que se describe como “ese espacio fangoso” que siempre estuvo ahí, aunque durante años nadie parecía estar dispuesto a asumirlo, a la vez lugar de uso y abismo donde se han ocultado delitos y se han lavado conciencias privadas y públicas. Heredero de la mejor tradición del realismo, que nunca desapareció del todo en España, con escritores como Eduardo Mendoza o José María Merino. Pero el estilo de ”En la orilla” se sostiene por un lenguaje directo, con palabras como cuchillos y un tono obsesivo que atrapa al lector, dicen desde la misma editorial Anagrama, desde la primera línea volviéndolo cómplice.

El experimentado escritor, calificado como un solitario, más de una decena de novelas y su magistral “Crematorio” (Premio Nacional de la Crítica 2007) se encaminaba ya en la misma dirección, pero este año rompió por fin las telarañas del anonimato y la novela se ha convertido –sin devaneos con ideologías interesadas- en la mejor expresión de la crisis que ha vivido España (todavía no se recupera, aunque hay signos esperanzadores). Una sociedad que sufre la crisis económica pero también “una sociedad que es a la vez víctima e inductora de la crisis moral”, comenta Masoliver Ródenas, crítico de La Vanguardia.

Por su parte, Fernando Valls la recomienda para aquellos que quieran entender mejor el terrorífico arranque de este siglo XXI, “un mundo sin dioses” en el que los españoles han vuelto la mirada hacia la actitud desesperanzada y gris que caracterizó a un gran novelista del realismo decimonónico, hoy casi olvidado, que fue Benito Pérez Galdós, para quien los políticos se habían convertido en cabezas de ganado que pastaban a turnos y con muchos rodeos del presupuesto nacional. No todo es tan gris ni tan negativo, pero la crisis ha sacado a la luz los desaciertos, codicias y miserias de unos gobiernos socialistas cargados de buenas palabras y pésimas decisiones, y de una sociedad que, salvo excepciones que ahora sostienen el país, no quería mirar más allá de sus egoísmos y comodidades.

Diez años más joven, Isaac Rosa presenta en “La habitación oscura” una mirada generacional, un retrato de quienes crecieron confiados en la promesa de un futuro mejor que ahora ven alejarse todas las oportunidades. Para el escritor, es una obra “desoladora, amarga y violenta, coherente con el momento que estamos viviendo”. El motivo de la luz también aparece en el título con que Eloy Tizón reúne su tercera colección de cuentos, luego de siete años de silencio. “La vida pasa demasiado deprisa; -dice el escritor- no da tiempo a saborearla. La literatura nos ayuda (o nos obliga) a ver las cosas con calma, de cerca, detenidamente.”

La novela de Vargas Llosa apareció en septiembre, luego de las grandes ferias de Madrid y Guadalajara, y tal vez no todos los críticos han podido tomarla en consideración con suficiente perspectiva. A nadie le extraña que Vargas Llosa logre una obra cuajada y bien estructurada y tal vez la nueva novela no ha sido más importante que la edición conmemorativa del cincuentenario de “La ciudad y los perros”, una de sus mejores novelas junto con “La guerra del fin del mundo” y “Los cachorros”. Pero es que también la historia de un valiente y honesto empresario que hace frente con éxito y tenacidad a la extorsión y la infamia no es el tipo de historias que consiguen impactar a los españoles en estos tiempos en los que prefieren mirar hacia sus propias miserias con calma, de cerca, detenidamente.

Y las rocambolescas historias de Pérez Reverte, que tanto parecían divertir a muchos  cuando las vacas parecían gordas, ahora se desinflan sin apenas modo de sostenerse con fogonazos altisonantes y barroquismo de tercera. El público quiere realidad y no tiene paciencia para peripecias.