El Mercader de Venecia y el aborto

Nuevamente, observamos la nueva controversia levantada sobre el aborto. Quienes están a favor, proponen la pretendida disposición sobre su cuerpo que tiene la mujer; cosa que no intento discutir en este momento. Lo que sí es claro, es que el niño que lleva en su útero, no es su cuerpo. Para demostrarlo, bastaría hacer un estudio genético de ambos y comprobar que no coinciden. Aceptado ese hecho, es oportuno traer a colación, a la mencionada controversia, el juicio realizado en la famosa obra de Shakespeare, El Mercader de Venecia.

En ese juicio, había que hacer justicia a la querella contra el mercader Graciano, presentada por el judío Shylock, por el cobro de lo estipulado en un contrato entre ambos. El mercader se había comprometido a pagar con una libra de su carne, si no devolvía lo prestado al judío, condición propuesta por éste para poder matar al mercader. En su sentencia, el juez le indica que, en efecto, el judío tiene derecho a cobrarla, pero sin derramar una sola gota de sangre del mercader, puesto que no constaba en el contrato. Veamos el texto:
Juez.-Te pertenece una libra de carne de ese mercader: la ley te la da y el tribunal te la adjudica.
Shylock.- ¡Rectísimo juez!
Juez.- ¡Y podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os autoriza!
Shilock.-¡Doctísimo juez! ¡He ahí una sentencia! ¡Vamos, preparaos!
Juez.-Detente un instante; hay todavía alguna otra cosa que decir. Este pagaré no te concede una gota de sangre. Las palabras formales son estas: una libra de carne. Toma, pues, lo que te concede el documento; toma tu libra de carne. Pero si al cortarla te ocurre verter una gota de sangre cristiana, tus tierras y tus bienes, según las leyes de Venecia, serán confiscadas en beneficio del Estado de Venecia.

En el aborto, la madre tendría la posición del judío y el niño la del mercader. Así, la sentencia justa sería decir a la madre que puede hacer lo que quiera con su cuerpo, pero pagará adecuadamente si ocasiona algún daño al niño. Y, lo mismo, naturalmente, a quien lo permita o ayude. Queda claro, entonces, que el dominio sobre el propio cuerpo no se extiende a otra persona.