¿Quieres maximizar la felicidad? Prueba con las virtudes

El 28 de junio de 2012, la ONU designó el 20 de marzo como el Día Internacional de la Felicidad. Si bien, desde dicho organismo, se reconoce la falta de un paradigma económico que supere el actual, que sea más inclusivo y englobe las dimensiones social, económica y ambiental, estas dimensiones también fueron propuestas para ampliar el enfoque del desarrollo de los países.

En esa línea, la ONU propone el “Índice de la Felicidad”, como reemplazo del conocido Producto Bruto Interno (PBI) per cápita e Índice de Desarrollo Humano (IDH). Poner a la felicidad humana como objetivo de los gobiernos e intentar medir sus avances es una propuesta audaz y nada sencilla. ¿Qué hacemos? ¿Establecemos la felicidad en lugar del desarrollo económico como meta de los gobiernos?

Felicidad, ¿dónde? Un intento ha sido buscarla en el bienestar individual y social, una suerte de sucedáneo de la felicidad por ser factible de cuantificarse. Tenemos los ejemplos del estado de bienestar, asumidos en varios países europeos y algunos latinoamericanos, y que han resultado insostenibles en el tiempo para solventar la provisión de servicios públicos de alta calidad. Y ante la caída del modelo, lo que queda son millones de indignados.

Alejo Sison[1], economista preocupado en el lado humano de las empresas y de la economía,  hace una propuesta provocativa: si hasta ahora los modelos económicos basados en la consecución de riqueza (bien útil) o de placeres (bien deleitable) han resultados insuficientes, ¿por qué no dar un paso más y nos lanzamos a la conquista de la excelencia humana? Sison, como buen aristotélico, plantea que la felicidad se logra gracias a la virtud y la concibe como “bien común”, que puede lograrse sólo en la medida en que todos los demás son felices. Y desciende a algo más, señalando la conveniencia de actuar no solo por motivos extrínsecos (premios, dinero, disfrute, etc.), sino también por razones intrínsecas, consideradas estas últimos como el aprender a actuar (aprendizaje de la praxis aristotélica).

Por mi parte, sólo agregaría -siguiendo a Pérez-López- el motivo trascendente que nos lleve a vincular nuestras acciones con las de los demás y, de esa manera, tender a que la felicidad sea, efectivamente, el bien común del que disfrutemos y al cual  aportamos. Después de todo, como lo decía San Josemaría “la felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra”.

[1] Sisón, Alejo José. You want to maximize hapiness? Try the virtus. Mercatornet, 17/III/15