Una mirada histórica de la Semana Santa en Piura

Desde hace mucho tiempo la Semana Santa es una de las principales fiestas religiosas que celebra la Iglesia católica de acuerdo a un programa preestablecido por las autoridades religiosas de turno y de acuerdo a las iniciativas de los sacerdotes o párrocos de cada lugar.

A fines del siglo XVIII, como se presume, la fiesta estaba imbuida de una serie de elementos barrocos que desviaban la espiritualidad de la festividad y no siempre se desarrollaba como se deseaba.

La celebración se iniciaba el Domingo de Ramos con la procesión del borriquito y continuaba con una serie de procesiones que salían desde distintas iglesias piuranas. Durante toda la semana, se establecía que hubiera ayuno; pero, al coincidir con período de trabajo duro por el arado de la tierra y por la deficiente alimentación de los indios, se les dispensaba del mismo. El VI Concilio Limense les exoneraba también de la abstinencia de carnes; pero prohibía tajantemente la venta de dulces, pescados, licores y otros comestibles, para evitar las distracciones y lograr la devoción y decoro debidos.

El Jueves Santo, antes de la procesión, se celebraba una misa con un pequeño ceremonial que incluía la extracción de las dos llaves del Sagrario. Esta acción tan sagrada no estuvo exenta de algunos contratiempos en la zona de Frías, donde el procurador Bernardo Pizarro, en 1813, ocasionaría grave escándalo al no permitir a un hombre blanco sacar una de las llaves, incentivando al común de indios a protestar para que ambas llaves fueran extraídas por indios. Por esta acción se detuvieron los oficios por algún tiempo, imponiéndose la voluntad de la masa indígena que con su cantidad y fuerza iba logrando lo que el líder del momento deseaba. Ya habían experimentado, tiempo atrás que, aún en el ámbito religioso en el que parecía todo formalmente establecido, podían alterar el orden de los factores obteniendo resultados favorables para ellos.

El Obispo José Andrés de Achurra, desde 1792, prohibió la presencia de penitentes en las procesiones de Semana Santa. Sin embargo, años después se seguían incluyendo en ellas penitentes de sangre, cruz, empalados o de otros trajes. Su Ilustrísima sustentó su decisión por estar convencido de que salían en “semejantes penitencias públicas viciadas” y que solo causan “envilecimiento, presunción y soberbia y mayor prostitución vistiéndose, desnudándose en las mismas casas de su perdición“.

Parece ser que, a opinión de los eclesiásticos, los feligreses se quedaban en la superficialidad de la celebración sin profundizar en el verdadero sentido y significado de la misma. Este desconocimiento del corpus dogmático podía o no estar unido al “rechazo de los supuestos significativos del ritual sin que ello sea inconveniente para implicarse en él”, sobre todo si, como hemos visto, la celebración incluía diversión, por varias horas, para los participantes que no actuaban como autómatas sino que utilizaban “inconscientemente los significados concretos” que les unían a los demás.

Por su parte, los religiosos aprovechaban estas procesiones para solicitar limosnas de casa en casa, como lo dejó plasmado en sus acuarelas el artista Pancho Fierro. En la obra titulada “Para el Santo Monumento” se representa a un mercedario acompañado de dos sirvientes negros. Uno de ellos sostiene el enorme parasol y el otro porta un azafate en el que se depositaba la limosna de los fieles. La exclusividad la tenía el clero pero la costumbre indígena de pedir limosna con una imagen no desapareció del todo.

La semana terminaba con la Fiesta de Pascua o domingo de Resurrección en que se festejaba con mucha pompa y diversiones públicas, que implicaban comida y sobre todo bebida en exceso. Este día, y otros, podía ser aprovechado por algunos indígenas dedicados a la hechicería para colocar objetos de sus rituales en el ara o en el sagrario, porque asumían que al utilizar lugares sagrados tendrían mayor efectividad en los resultados.

La concurrencia era abrumadoramente masiva durante toda la Semana Santa, de manera que podría pensarse que los peruanos de entonces eran los seres más devotos. No obstante, no podemos afirmar que en esta celebración las iglesias fueran usadas exclusivamente con fines devotos porque probablemente eran utilizadas también para tener citas de diversas formas con propósitos mundanos. Según versión de Justo Huertas, cura de Yapatera, en 1815, los indios aparecían masivamente en el pueblo en Corpus y Semana Santa a buscar tabernas más que por el verdadero significado religioso de la celebración

En estos tiempos, los elementos barrocos han desaparecido de la celebración de Semana Santa y se ha logrado que, a lo largo de este periodo republicano, perdure el significado esencial de la misma. Lo importante es que cada uno de nosotros vivamos con corazón contrito la pasión y muerte de Cristo, agradeciéndole cada día ese gesto de infinito amor por la humanidad. Hoy, Domingo de Resurrección vivamos con  alegría cristiana este día. ¡Felices Pascuas de Resurrección!