Magíster Guillermo Chang Chuyes

“El hombre ha hecho un dominio despótico de su vida, de la sociedad y de la creación”

A un año de la presentación de la encíclica Laudato Si´, el docente de la Facultad de Derecho recuerda las principales ideas del documento elaborado por el Papa Francisco.

Pope Francis's new encyclical titled "Laudato Si (Be Praised), On the Care of Our Common Home", is displayed during the presentation news conference at the Vatican June 18, 2015. Pope Francis demanded swift action on Thursday to save the planet from environmental ruin, urging world leaders to hear "the cry of the earth and the cry of the poor", plunging the Catholic Church into political controversy over climate change. In the first papal document dedicated to the environment, he calls for "decisive action, here and now," to stop environmental degradation and global warming, squarely backing scientists who say it is mostly man-made. REUTERS/Max Rossi

Crédito: Reuters

Hace unos días se cumplió el primer año de la presentación de Laudato Si´, la segunda encíclica del Padre Francisco en la que el Santo Padre reflexiona sobre la creación. El profesor Guillermo Chang señala, en el artículo “¿Encíclica ética, ecológica o económica?: Algunos apuntes sobre la laudato si’” que el documento es una crítica a la forma de vida de cada uno de los miembros de la sociedad contemporánea: el meollo de los problemas está en el corazón de cada persona.

“El relativismo que muchos impulsan desde las atalayas de una supuesta libertad ha hecho que no se tenga en cuenta la verdad de la realidad. Al no existir una verdad sobre la naturaleza del hombre y de las cosas (una especie de manual de uso), el hombre ha hecho un dominio despótico no solo de su vida y de la sociedad sino también de la creación misma. Así, el capricho se erigió como norma de vida del ciudadano medio desde hace un par de siglos, generando el consumismo, la dilapidación de los recursos, la cultura del descarte, la falta de respeto a la naturaleza, entre otros”, señala.

Teniendo en cuenta el problema, la solución, dice el magíster, va referida a esa misma causa: un cambio verdadero en el corazón del ser humano. “San Pablo hablaba de la metanoia, que podríamos traducir actualmente como un cambio de chip en el interior del ser humano. Este cambio de chip o de mentalidad consiste en aceptar la verdad de la realidad e implica tres consideraciones muy concretas”, comenta.

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Aceptar la propia realidad humana
Es la primera consideración. Según el docente, el hombre y la mujer, además de individuos, son seres sociales, compuestos de cuerpo y espíritu, que se desarrollan en un entorno no solo humano sino también de otro tipo de especies. Al reconocerse así, reconoce también una interdependencia con otras personas y con la naturaleza misma (el ser y las circunstancias que mencionaba Ortega y Gasset).

“Descubrir una ley natural en el hombre es descubrir los principios éticos de su actuar, tanto con otros hombres como con la naturaleza. Estos principios o valores, al estar en el hombre mismo, son compartidos por toda la humanidad, sin distinción de credo. Por ello, este documento va dirigido no solo a los católicos, sino a todos aquellos hombres de buena voluntad que estén abiertos a la verdad”, indica.

Aceptar la verdad de las cosas
Esta segunda consideración surge, en primer lugar, de la ciencia, a la cual la fe le reconoce su autonomía, incluso metodológica. Así, es la ciencia la que define, por ejemplo, la naturaleza de un átomo o si la luz actúa como onda, fotón o ambas cosas a la vez. La fe allí no tiene nada que decir. Pero lo que sí reclama no solo la fe, sino también la propia razón, es que la ciencia como tal tiene sus límites. Reducir la verdad solamente a lo material implica ver la mitad de la realidad. Por ello, es importante cultivar también lo que está más allá de lo físico (lo metafísico), para tener un panorama completo de la realidad.

Responder de forma adecuada a la verdad
Según esta tercera consideración, el conocimiento de la verdad no es algo meramente informativo sino performativo, el mero hecho de conocerla exige una respuesta del hombre. Así, el hombre decide si acoge estas verdades o las descarta. Si las acoge, el hombre debe cuidar del prójimo, poniendo sus talentos al servicio de los demás. Igualmente, respecto de las especies con las cuales comparte el ecosistema. En este caso, el hombre tiene un deber para con ellas, incluso jurídico. En caso no la acoja, nos quedamos en la situación ya descrita al inicio.

La fe añade a estos principios una nueva razón para respetar al prójimo y a la naturaleza: que la creación es un don de Dios. El Génesis mandó al hombre a dominar la tierra (Gn. 1,28), pero este dominio implica el custodiarla y trabajarla (Gn. 2,15) administrando debidamente la creación de Dios. Incluso, dentro de la naturaleza podemos darnos cuenta de la presencia de un padre amoroso. Así, dice Jesucristo: miren las aves del cielo, que no siembran ni cosechan, y no tienen graneros; pero el Padre del cielo las alimenta (Mt. 6,26). Teniendo en cuenta esto, el mundo y la sociedad son para el creyente no solo un lugar de encuentro con el prójimo o con la naturaleza, sino a través de ellos y en ellos también es el lugar de su encuentro personal con Dios.

La economía y la ecología
Estas tres consideraciones deben penetrar cada una de nuestras acciones, dentro de las cuales se encuentran las económicas y ecológicas, recuerda el docente. “Pensar que estas ciencias no se vinculan con la ética humana es un error; lo razonable es que todos los actos humanos sean buenos éticamente. Basta con ver la realidad para darnos cuenta de ello. Esto no implica que la economía y la ecología se reduzcan a principios éticos, donde las opciones se reducen a una buena y otra mala. Los principios establecen un margen de actuación en el cual hay decisiones en las cuales no se perjudica ni al hombre ni a la naturaleza”, agrega.

Como ejemplo menciona la economía, como ciencia social que estudia el aprovechamiento eficiente de los recursos escasos, dentro de los cuales están los recursos naturales.

“Si este aprovechamiento tiene en cuenta solo un análisis costo beneficio cortoplacista, la explotación económica puede acabar con estos recursos. Si, por el contrario, se tiene en cuenta un análisis a largo plazo, el cuidado en la explotación será mayor. Este ejemplo demuestra que solo con cambiar la variable tiempo de explotación el resultado es distinto. Imaginemos como sería si se tienen en cuenta otras variables como la solidaridad entre personas de distinta clase social, entre pueblos o países, e incluso entre generaciones. Con ello, se podrá superar la crisis actual, redistribuir la riqueza y conservar la naturaleza”, expresa.

Para Chang Chuyes, el núcleo de la encíclica no es algo totalmente novedoso, pues “son principios de la Doctrina Social de la Iglesia que desde hace algunos años se sustenta, tanto en la naturaleza humana como en la revelación”, enfatiza.

Laudato AFP

Crédito: AFP

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