PROGRAMA ACADÉMICO DE PSICOLOGÍA

Relación Psicólogo-Paciente

Artículo escrito por Fernando García Diez, docente del Programa Académico de Psicológica de la Universidad de Piura. Publicado en el Diario Médico, el 28 de noviembre de 2017.

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La psicoterapia alude en la actualidad a una praxis tan diversa que parecen requerirse más términos para denominarla ya que muchas veces supone actividades esencialmente distintas.  Difiere naturalmente según los continentes y los lugares donde se ejerce.

Observemos pues qué han propuesto las diversas escuelas de psicoterapia en cuanto a la relación psicólogo-paciente. En el psicoanálisis y las terapias conductuales la tendencia ha sido la de una relación aséptica, distante y técnica. Aquí el intento de prevalencia del método psicoterapéutico es esencial. Ante todo el profesional sigue un plan que se ha definido como medio de curación lo que se ha denominado en algunas derivaciones de la escuela psicoanalítica como “respetar el encuadre”. La relación, la mismidad del paciente y el terapeuta tienen reducida o nula importancia.  La puesta en práctica de la asociación libre, seguir un protocolo de entrevista, la desensibilización sistemática, y administrarle una batería de tests, son alguna de sus manifestaciones. Por otro lado en la psicología individual y la Logoterapia que otorgan al psicoterapeuta un rol pedagógico, y también las psicoterapias humanistas –especialmente Rogers- y en menor medida la psicología cognitiva y la gestalt, hacen ingresar al terapeuta en una relación que en sí misma es parte del tratamiento psicológico. Se procura un trato cercano, espontáneo, similar a lo propio de cualquier relación humana en general, incluyendo elementos emocionales del terapeuta. Reír con el paciente, llamarlo por su nombre, mostrarse a veces enérgico y pedirle disculpas pueden ser algunas de sus expresiones.

También se puede considerar desde el rol pasivo o activo del psicólogo hacia el paciente. En cuanto al primero, se inscribe en acciones como el escuchar un discurso, observar y tomar nota de las expresiones espontáneas del paciente permitiendo silencios de minutos, sin interrumpir con gestos y/o miradas y evitando responder preguntas. El terapeuta parece ausente, aunque luego sus interpretaciones tienen relevancia. En ocasiones es de utilidad el uso de un sillón o diván. Dicha modalidad tradicionalmente ha estado ligada al psicoanálisis. Por otro lado, el rol activo parece presentarse en dos niveles. En primer lugar, en el caso de las terapias conductuales aparecen la instrucción, el entrenamiento, y la evaluación de conductas por parte del psicólogo. También el promover el cambio de las mismas a través de la aplicación o anulación de estímulos y/o la modificación del ambiente. En segundo lugar, con énfasis en el diálogo terapéutico –en distintos sentidos-, encontramos la psicología de Adler, la cognitiva –más de tipo activo la de Ellis-, la gestalt, la humanista, y la Logoterapia.  Aquí aparecen entre otros: análisis compartidos, acuerdos, incitación a la introspección y reflexión, y a la expresión afectiva del paciente. El psicólogo realiza señalamientos, confrontaciones, preguntas, explicaciones y directivas. Por ejemplo: lo confronta con situaciones actuales, lo confirma en sus cualidades y talentos, le ayuda a expresar y vivenciar su angustia, le indica una contradicción de su relato con los hechos, le hace considerar qué espera de la vida y de sí mismo.

La aparición reciente en Estados Unidos de la psicología positiva y las terapias de tercera generación dan lugar al rol activo del terapeuta en su vínculo con el paciente. Así parece que el psicólogo va dejando en este tiempo en su relación con el paciente el aura de gurú, para presentarse como un igual que asiste psicológicamente con sustento científico.

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