“Amar a Dios, amor a los hombres”

La obra de monseñor Fernando Ócariz, Gran Canciller de la Universidad de Piura, fue comentada en el Mercurio Peruano por el docente de la Facultad de Derecho, Guillermo Chang.

Esta recesión versa sobre la publicación de Mons. Ocáriz, la reedición y actualización de un trabajo publicado hace muchos años, del cual hubo hasta 4 ediciones: Amar a Dios, amor a los hombres. El actual Vicario auxiliar del Opus Dei y consultor de la Congregación para la Doctrina de la fe trata en estas líneas sobre cómo encarnar, en la actualidad, el mandatum novum: “Amarás al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es este: amarás al prójimo como a ti mismo” (Jn. 13, 34). El libro está dividido en tres partes: la exposición del precepto en sí mismo, la descripción del Amor a Dios y la del amor al prójimo. Al final hay un breve epílogo.

En la primera parte se expone el doble precepto de la caridad. El fundamento es tanto el Amor de Dios y la respuesta al hombre, en un símil con el inicio del Catecismo de la Iglesia Católica. Es interesante ver cómo se entremezclan los preambula fidei, tanto científicos como filosóficos, con el depositum fidei en la descripción. Posteriormente analiza cómo este mensaje se enfrenta con las ideologías de la modernidad y postmodernidad, denunciando que el principal problema es la resistencia humana ante aquello que lo supera. Es esta impresión la que puede hacer surgir la errónea necesidad de adoptar el mensaje a los nuevos tiempos. Si esto es así, se pueden correr dos posibles riesgos. El primer es el rebajar el mensaje con miras a adaptarlo a las exigencias de estas corrientes. Por otro lado está el riesgo de perderse en las formas de transmitir el mensaje, vaciándolo de contenido. En ambos casos, no se transmite la Buena Nueva.

Para evitar esto, es importante recordar siempre cuál es la novedad de este mandamiento: el amor a los hombres y al mundo se fundamenta en el amor a Dios. En efecto, es la experiencia interior del hombre de ser amado por el Otro la gran novedad. En el antiguo testamento también estaba mandado amar al hombre y a Dios, pero esto no estaba muy claro. Solamente esta experiencia es lo que nos lleva a salir de nosotros mismos en busca del prójimo y a no ver los mandamientos como algo impuesto desde fuera, como pudo interpretarse en la antigua ley. Esto es lo que permite destacar la trascendencia de la acción humana sobre la inmanencia, dado que a lo primero es lo que mueve el amor de Dios. Así, todo amor que no se sustenta en el amor divino, se convierte en egoísmo, porque su medida es puesta por el amor humano.

La segunda parte está dedicada al amor a Dios. Aquí se describe brevemente la importancia de considerar una correcta relación entre naturaleza, libertad y gracia. El pecado ha introducido un desorden, que con ayuda de las virtudes humanas y sobrenaturales puede ser superado. Si perdemos de vista esta lógica, existen dos peligros. El primero es la secularización de la caridad, que consistiría en la reducción de esta a la mera promoción humana, incluso a la limosna. El segundo es el subjetivismo, y con ello el relativismo, en la concepción y vivencia de la caridad.

Cuando el amor a Dios no se reduce a la lógica humana, lo primero que se descubre es que se puede amarlo ilimitadamente. Por ello, este amor a Dios puede demostrarse no solo de forma espiritual sino también con obras concretas. Estas obras se manifiestan en la vida personal como es el cumplimento de la ley de Dios, el culto, la oración y la conversión personal. También en la vida social como la fraternidad y el servicio a la sociedad.

En la tercera parte se trata el amor a los hombres y al mundo. Es crucial aquí entender el ejemplo de Cristo, que amó in extremis. Así, es Él quien fija la medida la de la caridad. Es este amor lo que permite reconocer la predilección divina propia en el prójimo. En esta parte también detalla las exigencias del amor al prójimo: como una vivencia ordenada de la caridad, la necesidad del apostolado como comunicación de este amor divino, y la experiencia de una constante alegría y esperanza. Finalmente, el epílogo de esta obra, explica cómo la fidelidad es la mejor forma de realizar este mandatum novum. En efecto, no se necesita un nuevo o renovado cristianismo para vivir mejor la caridad, porque las exigencias de este amor son las mismas siempre.

Este libro no es un tratado teológico de la caridad. Es mas un libro con reflexiones ordenadamente expuestas sobre este tema. Las ideas se exponen de forma muy sencilla para un público general. Además, puede ser una fuente de inspiración para poder concretar formas de vivir la caridad. Ayuda mucho que el autor relacione la Sagrada Escritura, la Tradición, el Magisterio de los papas (especialmente del Papa Francisco), y el mensaje de San Josemaría Escrivá.