VÍCTOR VELEZMORO

El reto de la cultura para el Bicentenario de la Independencia del Perú

El intrigante clima político ha polarizado el espíritu patriota de los peruanos, mientras algunos mantienen la convicción de crear un nuevo y mejor país , en otros escasea la motivación para vivir el orgullo nacional.

Este mes, los peruanos celebramos nuestras Fiestas Patrias de un modo especial: algunos quieren izar la bandera a media asta; otros, quieren que los colegiales no desfilen en ningún acto cívico, incluso hubo quienes propusieron cancelar el tradicional desfile militar. Es cierto, no pasaron de intenciones, pero manifiestan – junto a las marchas cívicas en diversas ciudades durante las últimas semanas – que la situación no está como para celebraciones a “ojos cerrados”.

Los casos expuestos por la prensa nacional y regional, en diversos temas y ámbitos, podrían llevarnos a pensar que la corrupción se ha instalado como un sistema paralelo a la estructura organizativa del Estado en todos los niveles. No les falta razón a aquellos hombres y mujeres, profesionales que laboran en los distintos sectores que tienen contacto con el Estado, quienes la señalan como un ‘modus operandi’ imposible de revertir menos destruir.

Tal vez lo que sucede es que se quiere atacar el problema desde la superficie (los hechos, las acciones) y no desde la raíz (las causas, los presupuestos y principios). Tarea difícil sin duda y que está dando resultados a través de las investigaciones periodísticas y las acciones cívicas promovidas por diversos grupos colectivos. Pero, son acciones aisladas. Y se mantendrán así si no provocan en la ciudadanía un cambio cultural, una actitud nueva hacia la búsqueda de ese paradigma social perdido: la búsqueda del bien común como finalidad última de la tarea del Estado y de la sociedad.

Hace unos días, el reconocido profesor Luis Castillo afirmó – en entrevista al diario El Tiempo –  que las acciones ciudadanas tendrán relevancia social en la medida que se mantengan en el tiempo y logren que la ciudadanía “madure políticamente a la hora de volver a elegir a quien le encarga el ejercicio del poder (…)”. Una afirmación tan clara como esta nos hace pensar que efectivamente, lo que debemos procurar es ese cambio de actitud. Sin embargo, nos preguntamos cómo hacerlo, si tal anhelo se quiere relegar, únicamente, a una función del colegio y no de la familia.

En el Perú hemos vivido una experiencia en ese tipo de “dirigismo social” que es el intervencionismo estatal en funciones educativas: durante más de una década (1968-1980) el Gobierno Revolucionario intentó implantar el paradigma de “un nuevo peruano” a través de su política educativa nacionalista. El proyecto se centró en la afirmación de un conjunto de valores del tipo patriótico-militares, expresado en el uso del uniforme único, los desfiles escolares y la formación pre militar, entre otros. Sin embargo, desatendió los valores patrióticos-cívicos, tan importantes para la formación de la sociedad, como la honestidad y la transparencia en las acciones individuales, la solidaridad, la pertenencia y el reconocimiento social y la búsqueda de la unidad de todos los esfuerzos individuales en procura del bien común.

Todos ellos son valores cívicos, de formación ciudadana, que apuntalan los principios más esenciales para construir una nación. Pero fueron dejados de lado. En gran medida por la visión ideologizada que predominó en esa época (y luego también) que generó una fragmentación en el seno de nuestra sociedad, al fomentar la desunión entre los peruanos por un individualismo a ultranza.

Hacia el Bicentenario

En pocos años llegaremos al Bicentenario nacional. Es hora de iniciar una campaña por la renovación de aquellos valores patrióticos-cívicos dejados de lado: honestidad, transparencia, solidaridad, pertenencia y reconocimiento social, búsqueda de unidad y bien común. Son valores que todos debemos, los piuranos también, recuperar para construir nuestro país y nuestra región; pero no será posible si no se entiende que la madurez ciudadana de la que habla el doctor Castillo se refiere también a asumir las propias responsabilidades. Así, a las tareas que nos competen como profesionales (médicos, policías, jueces, profesores, taxistas o estudiantes) debemos sumar las de ciudadanos (madres y padres, abuelos, hijos… vecinos).

Cumplir cada uno su rol es la tarea que se nos presenta como un reto diario. Y, lograr la madurez cívica no es cuestión de días ni de años, es de generaciones enteras. Pero si no sembramos ahora, difícilmente cosecharemos en el futuro.

Necesitamos repensar el rol de la cultura

La cultura tiene un papel importante en esta renovación cívica. No sólo a través de las expresiones artísticas que fomentan la creatividad y acortan las distancias entre las personas al compartir las experiencias individuales en colectivas. También por la capacidad que tiene de llegar a toda la población de maneras muy distintas, muchas de ellas no formales sino vivenciales.

La cultura no es un elemento congelado o estático, como a veces se piensa, no es una expresión elitista ni mucho menos excluyente.
La cultura es el modo en el ser humano expresa su capacidad creadora, su inteligencia, su voluntad de buscar la belleza y el bien como manifestación de su propia humanidad. Es una lástima que para muchas instituciones sociales y políticas la cultura se vea como un “adorno”, un elemento accesorio en la vida del ciudadano, que lleva a destinarle muy poca atención y una ayuda que podría calificarse de mínimos.

Nuestra región es muy rica en cultura. Una cultura del quehacer cotidiano que se transmite entre generaciones y que puede (debe) ser el canal principal para reforzar esos valores cívicos tan necesarios. La indigencia, la pobreza, la falta de recursos materiales y de servicios básicos no deben ser impedimento que limite el acceso a la cultura de la población. La ausencia de una visión más dinámica de los espacios culturales impacta negativamente en las posibilidades de crear una ciudadanía más comprometida en participar en pos del bien común, porque se plantea únicamente desde un paradigma económico: el del consumo cultural. En esta dimensión, el dinero es el principal agente que da acceso a la cultura marcando así, inevitablemente, una frontera entre quienes tienen y pueden acceder, y quienes no tienen ese derecho.

Es necesario entonces, mirando hacia el tiempo en que vivimos pero más a las próximas décadas, repensar el papel que tiene la cultura en la dimensión ciudadana (participativa, creativa y formadora de personas). Sin dejar de lado las muy necesarias acciones artísticas promovidas por múltiples grupos asociativos culturales, debe plantearse también desde el aparato público el objetivo por fomentar más y mejor el acceso a la cultura de todos los ciudadanos, de modo que la elección de asistir a un espectáculo musical, una exposición artística, a la biblioteca o a un festival radique verdaderamente en la persona y no en la falta de oportunidades para acceder.

La ciudadanía logrará su madurez en la medida que tenga las oportunidades para ejercerla, por ello, es necesario una mayor presencia de los espacios culturales dentro de nuestra región, hacia esa meta debemos trabajar en conjunto.