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El poder de decirnos que no

¿Cuántas veces has dicho: “Ya no doy más” y te has sentido inquieto? El exceso de ansiedad como estilo de vida no es positivo; aprende cómo convivir con ella sanamente.

Seguramente te ha ocurrido. Antes de empezar una reunión importante, rendir un examen difícil o ir a una entrevista de trabajo, te han sudado las manos y tu mente se ha bloqueado por unos segundos o, incluso, minutos. Has sentido miedo, miedo de no ser el líder que tus trabajadores esperaban; de reprobar un curso o de no conseguir empleo. ¿Te has preguntado si es normal sentirse así o si estás padeciendo algún problema mental?

No temas. El psicólogo Fernando García Diez, docente de la Universidad de Piura (Campus Lima), señala que la ansiedad no es “buena ni mala. Es temor, una pasión humana que todos sentimos, aunque no nos hemos dado cuenta”.

Cuando nos encontramos frente a estímulos externos (un terremoto, un asalto) o internos (pensamientos, imágenes) y los percibimos como una amenaza, nuestro organismo libera adrenalina. Entonces, sentimos ansiedad, una señal de alerta que advierte sobre un peligro inminente y nos permite tomar las medidas necesarias para enfrentarlo.

Psicólogo Fernando García Diez.

Este mecanismo de defensa innato es necesario para vivir –aunque usualmente se le da una connotación negativa–, pero no debería producirse en exceso: “Muchas veces, deseamos una cosa de manera inconsciente, a partir de imágenes o ideas que pasan por nuestra mente y nos despiertan un cierto apetito. Entonces, la convertimos en una meta y generamos mucha energía para alcanzarla. Cuando vemos que es probable que no la logremos, esa gran energía contenida se convierte en ansiedad y nos produce un desgaste físico y mental”, dice García Diez.

El ejemplo claro es el de un hombre con poca preparación física que quiere llegar a la cima de una montaña alta. No lo ha hecho nunca, pero le propusieron el reto, sus amigos son capaces de hacerlo y se le ha metido entre ceja y ceja que él también puede alcanzarla. Va hasta la montaña, empieza a escalar y, a unos metros de la base, se detiene. Entra en un estado tal de ansiedad al ver que le queda mucho por recorrer y que ya está muy cansado, que empieza a sentir que le falta el aire y debe regresar.

“Estamos en unos tiempos caracterizados por exceso de positividad, ya que todo es más fácil: las comunicaciones, la información, etcétera. Eso, unido al poco tiempo que nos dedicamos a reflexionar antes de tomar una decisión, hacen que continuamente nos propongamos metas irrealizables; por tanto, que vivamos en constante ansiedad”, explica el psicólogo.

Agrega que evitar la ansiedad excesiva no significa no hacer cosas difíciles, sino dedicarse a las que son alcanzables y no vivir pensando en no quedar mal con los demás.

Con los pies en la tierra

Para el docente de la UDEP, las claves para reducir los episodios de ansiedad “dañina” son el conocimiento personal, realizar nuestras actividades con orden y generar un ritmo en nuestra vida.

“Cuando sentimos el apetito hacia una actividad determinada, debemos ponernos frente a un espejo, preguntarnos: ‘¿puedo hacer eso que deseo?’ y respondernos con sinceridad y frialdad, no movidos por la emoción. Para ello, es necesario que conozcamos cuáles son nuestros talentos y nuestras limitaciones. De ese modo, estamos conviviendo con nuestra ansiedad y trabajando con nosotros mismos para evitarla”, señala.

La clave referida al orden tiene que ver, sobre todo, con las personas “multifunción”, que buscan hacer todo a la vez –en su mayoría, mujeres–. Se comprometen con su trabajo, su familia y cuanta actividad extra se les presente: organizar el cumpleaños de una amiga, recaudar fondos para construir una parroquia, hacer doble horario en el gimnasio, llevar y recoger a sus niños de clases de natación y ser delegadas de aula del colegio.

“¿Qué sienten esas personas cuando todo se junta? Lo mismo que un malabarista que está practicando con tres pelotas y, de pronto, le lanzan una, y otra, y otra… se abruma, se ve sobreexigido por un ejercicio que no puede realizar. Quizá sí es capaz, pero con organización, experiencia; con estrategia. En suma, con orden. El orden da paz: no es lo mismo tener que leer cinco libros es un día que destinar el tiempo que realmente podemos dedicarle a cada uno”, afirma García Diez.

El especialista señala que el ritmo o la rutina en nuestros días también es importante. Aunque son famosas y exitosas las frases “escapa de la rutina” o “deja la rutina a un lado”, es necesario tener y cumplir una agenda diaria, un horario básico en nuestra vida, que incluye actividades recreativas y de descanso.

Del suceso al trastorno

Esto es la ansiedad. Sin embargo, de manera común, decimos “ansiedad” refiriéndonos al trastorno. Ambos se diferencian en que la amenaza o peligro del cual la ansiedad alerta es menos real o exacerbada. Así, alguien puede sentir un miedo excesivo al ridículo, lo cual le lleva a evitar toda interacción con la sociedad.

En el momento en que la ansiedad impide que uno desarrolle una vida normal, es decir, cuando afecta la vida familiar y profesional de manera estable, se diagnostica el trastorno. Es importante que la persona afectada reciba un tratamiento, porque suelen presentarse otros problemas vinculados, como la depresión.

“Desde la Psicología, el tratamiento que se suele realizar es la terapia cognitivo conductual. A través de ella, se enseña al paciente a reconocer los pensamientos que le causan malestar, también llamados ‘pensamientos disfuncionales’, explica Fernando García Diez.

En cualquier caso, añade el psicólogo, lo importante es que llevemos un estilo de vida que incluya pausas para pensar por qué y para qué hacemos las cosas, cuál es nuestra capacidad real de llevar a cabo determinada actividad, a qué le tenemos miedo; y tener la fortaleza suficiente como para decir que no a algo que nos desborda.