Marcela García: “Las instituciones y la sociedad necesitan personas pensantes”

La filosofía puede ayudar a recuperar la capacidad de diálogo y ese afán por el bien común que tanta falta hacen a la sociedad, afirma García (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México).

La filosofía mexicana dice, además, que la Filosofía favorece la empatía y la búsqueda del bien, la verdad y la belleza que tanta falta hacen a la sociedad, especialmente a la de nuestro país. Sobre este tema, conversamos con la doctora García Romero, de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, México.

La doctora Marcela García Romero, miembro del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la mencionada casa de estudios, visitó los campus de Piura y Lima, de la Universidad de Piura. En Lima, dictó un seminario sobre el romanticismo alemán, dirigido al público en general; y clases a los alumnos de Filosofía. En Piura, cumplió una serie de actividades con alumnos y profesores de la Facultad de Humanidades.

¿Qué importancia tiene la filosofía, sobre todo en países como México y Perú donde el actuar ético y el servicio al bien común parecen haber pasado al segundo plano?
El estudio de la filosofía puede ayudar, primero, a que la gente reflexione y tenga una visión crítica. Por lo general, hay muchos intereses e intentos de manipular o de llevar a la gente hacia cosas que no le convienen. Entonces, si tiene estas herramientas sabrá a dónde quieren ir, qué es lo bueno para ellos y qué les conviene.

En segundo lugar, en países como México y Perú, donde parece haberse perdido la noción del bien común como usted dice, o está en un segundo plano, creo que la filosofía ayuda para aprender a dialogar con otro de manera respetuosa, aunque piensen de distinta manera. Esto es algo que no sucede, la gente no se pone de acuerdo ni lo intenta. En este contexto, la filosofía tiene un papel muy importante para la democracia: enseñar a ver al otro, ponerse en sus zapatos, a ser comunidad.

¿Qué tipo de ideología está contribuyendo al desorden institucional?
Actualmente, hay una especie de individualismo que, con la tecnología, desgraciadamente puede exacerbar que cada quien esté en su mundo, en su burbuja de las redes sociales. Entonces, no vemos al otro ni somos capaces de ponernos en el lugar de quienes están viviendo lo peor. Eso, entre otras circunstancias, ha hecho muy difícil actuar con ética, porque estamos pensando solo en nosotros, y no en la sociedad ni en la familia. Solo soy yo, mis cosas, mis productos, mis redes y la imagen que voy a dar en ellas que no es la misma que proyecto siempre, estamos cada vez más encerrados en ellas.

Es decir, pensamos en nosotros, pero no en nuestros actos…
Es una manera de decirlo, porque no es un ‘pensar’ en serio. Nos hemos olvidado de pensar y reflexionar sobre nuestros actos buenos y en las consecuencias de ellos.

¿Cómo se relacionan los actos de violencia y corrupción, que tanto abundan hoy, con la falta de un conocimiento del bien, la verdad y la belleza?
Esa es una pregunta muy difícil. Creo que, desgraciadamente, estamos llegando a niveles nunca antes vistos de violencia, de crueldad, de salvajismo. Incluso, en mi país, he hablado con gente que me dice que efectivamente se ha perdido algo; que ha habido un desgaste de lo moral, de lo que siempre se consideró correcto. Lo que usted dice de la belleza, quizá sea uno de los elementos más importantes cuando uno está rodeado de violencia, de crimen, de destrucción, de deterioro incluso físico de las ciudades, cuando se vuelve más difícil pensar que las cosas pueden ser de otra manera.

Se cree que todo es de lo más normal…
Claro. Es entonces cuando hace falta la belleza. Tiene un gran papel para recordar eso que en el fondo sigue ahí: la dignidad humana, el amor, el respeto por el otro, la amistad, la comunidad; es decir, la belleza. Esta puede verse de distintas maneras y ha habido unos intentos exitosos de recuperar grupos de jóvenes de barrios por medio de proyectos de arte, de música, de teatro, de pintar sus calles.

Quienes dirigen las instituciones, públicas principalmente, ¿deben tener una base filosófica y humanística?
Claro que sí. Hay países donde se cree que solo hacen falta técnicos y muchos quieren ser ingenieros o programadores. En cambio, hay gente del gobierno alemán que dice que necesitamos gente pensante para resolver los problemas. Está muy bien tener ingenieros, pero para ver los problemas que vienen y los que aún no llegan y para pensar soluciones, necesitamos creatividad y ver más allá.  Entonces, creo que mientras más conocimiento de las humanidades tengamos, vamos a generar más gente pensante, y es justo lo que más falta nos hace.

¿Cómo resumiría usted el rol de la filosofía en las actividades cotidianas y en la vida institucional?
En las actividades cotidianas, sin darnos cuenta todos vamos adoptando filosofías. ¿De dónde las sacamos? De la gente que nos educó, la que conocimos, la que nos llamó la atención o de las películas que vimos. En el fondo, siempre hay una cierta manera de valorar a la persona, la vida, a la sociedad, de poner jerarquías, prioridades; o de poner el dinero por encima de la ética o al revés, etc.

Es decir, la filosofía está implícita en las personas. También, las que no estudiaron nunca filosofía tienen una filosofía, en las instituciones pasa igual: si se han parado decidir cuál es su misión y cómo la van a llevar a cabo ya están llevando a cabo una filosofía. La pregunta debería ser, ¿su filosofía es la que realmente buscan, la que va de acuerdo con sus valores? Por eso, la filosofía es el hábito de pensar, de reflexionar, de cuestionar.

¿Qué recomendaría a los jóvenes estudiantes y profesores de filosofía para que ayuden a otros a reflexionar y actuar bien?
Les recomendaría, aunque mucho de esto ya lo hacen, que nunca pierdan la capacidad de ponerse en los zapatos del alumno, de los demás. Que sean capaces de empatizar con él, de comprender que quizá el alumno no está entendiendo lo mismo que él o no tiene el mismo nivel de motivación o todavía no entra completamente en ese mundo que uno les quiere compartir, abrir y mostrar. Hay que ingeniárselas para volver atractivo lo que queremos enseñarles, y para saber por dónde llegar al alumno, para que sienta esa chispa que lo lleve a buscar la verdad y aprender aún más, por su cuenta.