Semana Santa: una mirada al pasado virreinal

Las procesiones nocturnas de jueves y viernes santos debían tener licencia previa. La semana terminaba con la Fiesta de Pascua; desde su madrugada se tocaban campanadas como símbolo de regocijo común por el gran Misterio.

Foto: Pancho Fierro.

Durante el virreinato y buena parte de la república, la segunda celebración religiosa más importante del año, después del Corpus Christi, era la Semana Santa, iniciada en la procesión del borriquito –el domingo de Ramos– y sucedida con una serie de cofradías que salían desde distintas iglesias. Durante toda la semana se mandaba ayuno que en algunos casos era dispensado a los indios por el duro trabajo realizado.

De acuerdo a los manuales eclesiásticos, el ritual del Jueves Santo incluía una Misa Crismal, por la mañana; terminada la hora nona, continuaban los preparativos para la Misa Mayor iniciándola con el Mandato o Sermón del Nuevo Mandamiento: que os améis mutuamente como yo os he amado. Una hora después salía la procesión (bellamente plasmada en las acuarelas de Pancho Fierro) y más tarde el ritual del Lavatorio de pies. Durante la celebración de la misa, se conmemoraba la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús con sus apóstoles.

El Santísimo Sacramento se depositaba en un monumento lujosamente decorado como símbolo del sepulcro; por ello, las formas consagradas se colocaban en un cáliz cubierto y cerrado bajo llave. El ceremonial incluía la apertura del sagrario con la respectiva llave (o llaves), lo que en las principales ciudades correspondía a la máxima autoridad política que la recibía del deán del cabildo eclesiástico. David Carbajal, a quien seguimos en esta oportunidad, afirma que la recepción de la llave del depósito del Jueves Santo era una tradición inmemorial y legítima porque se practicaba “regularmente con los patronos, y siéndolo el rey Nuestro Señor en todas las catedrales y parroquiales debía hacerse efectiva con los que lo representa(ba)n”. Por tanto, el Jueves Santo, las autoridades civiles acudían a la iglesia para recibir la llave en acción del Real Patronato.

En los pueblos rurales del Virreinato peruano era recogida por la autoridad indígena. Esta acción tan significativa, por su carácter político y sagrado, no estuvo exenta de algunos reveses, alterándose el orden establecido y provocando que el rey emitiera una real cédula, el 26 de diciembre de 1779, en la que ordenaba que las misteriosas ceremonias de Jueves y Viernes santos se ciñeran a lo prescrito por la Iglesia. La decisión del monarca eliminaba directamente la exposición del Santísimo ante el vicepatrono, al momento del depósito, pero dejaba la duda de si implicaba también la entrega o no de la llave; por tanto, obispos y magistrados continuaron la disputa por este tema en los siguientes años, llegando a estipular que la “llave del Jueves Santo no significaba directa y únicamente el Patronato, sino cualquier autoridad del cuerpo político”. En ese sentido mantendría las dos alternativas.

Un caso en Frías
Un caso cercano se vivió en Frías donde el procurador de indios Bernardo Pizarro, el Jueves Santo, ocasionó un grave escándalo porque el presbítero Manuel José de Arrunátegui permitió a un hombre blanco sacar una de las llaves del Sagrario, incitando al común de indios a rechazar tal intromisión. Por esta acción ridícula –a decir del sacerdote– se detuvieron los oficios por algún tiempo imponiéndose la voluntad de la masa indígena que reclamaba el protagonismo otorgado en una fiesta tan solemne.

Con el tiempo, en aras de reflejar mayor devoción, se sumando nuevos elementos que cambiaron sutilmente parte del protocolo mandado por la Iglesia. Así, por ejemplo, el Jueves Santo se hacían velaciones en las iglesias en las que se conversaba, comía y bebía, cayendo algunas veces en falta de decoro; el Viernes Santo se solía colocar en las iglesias la efigie de Jesucristo “en ademán de enfermo tendido sobre una cama”, cantándose el Credo y responso a la Agonía de Cristo; hombres y mujeres procedían toda la noche a velar la imagen tal como lo hacían el domingo de Resurrección. Tras expandirse estos y otros cambios, los conciliares decidieron poner punto final a esos abusos expresados no solo en las actitudes poco religiosas de los asistentes sino también en los objetos (cama), estado físico de Jesús y oraciones impropias de esos ritos. No lograron su objetivo.

Sobre las procesiones
Las procesiones nocturnas de jueves y viernes santos, que debían contar con licencia previa, iban acompañadas de guiones de la Virgen de la Soledad, del Señor Cautivo y de otros santos, con un estricto orden jerárquico.

Como en la Península, estas procesiones incluían disciplinantes que fueron prohibidos en 1792 por el obispo Achurra para la doctrina de Huancabamba. Los flagelados de sangre, cruz o empalados solían salir en ellas para pedir perdón a Dios por sus graves ofensas. A pesar de esta prohibición, los feligreses impusieron la costumbre ante el mandato real.

Documentos de la época debidos al canónigo Mariano de la Torre informan de la participación de danzantes bailando al son de unas flautas desiguales, que se oían desde lejos. Sus danzas no incluían más mudanzas que un paseo acelerado con los brazos enjarrados, vestidos con máscaras y con plumajes de pájaros. Su baile resultaba infatigable por “dos o tres días, con sus noches, sin descanso, por todas las plazas y calles, hasta los extramuros, siempre bebiendo chicha; y aguardiente”, mezclándose hombres y mujeres en las casas donde repartían bebidas.

Para esta celebración se armaban Monumentos en las capillas, oratorios e iglesias, ataviados con preciosos objetos en donde reposaba la Sagrada Forma consagrada en medio de cortinas, velas, flores, telas, etc. para lo cual se necesitaba dinero que, vía donativos y limosnas, se iba recolectando en las casas y bodegas, como quedó reflejado en otra acuarela de Pancho Fierro titulada “Para el Santo Monumento”. En otros lugares, los encargados de solicitar dinero llevaban una cruz delante o una imagen con un Rosario.

Sábado de Gloria y Domingo de Resurrección
El Sábado Santo se tocaba el repique del Aleluya esperando que sea la iglesia matriz quien empezara las campanadas. La semana terminaba con la Fiesta de Pascua o domingo de Resurrección: desde su madrugada se tocaban campanadas como símbolo de regocijo común por tan gran Misterio. Luego se festejaba con mucha pompa y diversiones públicas comiendo y bebiendo en exceso.

El siguiente domingo se daba paso a la procesión de Cuasimodo en la que salía el Santísimo Sacramento, para ser llevado a ancianos y enfermos que no habían podido participar de la festividad. En la procesión participaban comitivas de danzantes negros o indios conocidos como Los diablicos que iban vestidos con trajes llamativos y máscaras. Complementaban su atuendo un conjunto de armas y látigos con los que realizaban llamativos movimientos.

Foto: Pancho Fierro.

Con el tiempo, se ha reforzado el carácter sagrado de la Semana Santa y hoy es una buena oportunidad para reflexionar en ese acto de amor y entrega total que demostró Jesucristo.