Artículo de opinión

Cuando las clases son en nuestros hogares

Las clases virtuales implican un gran reto de aprendizaje y gestión. Y, ahora, no solo las estamos dando de manera virtual, sino que las damos desde nuestros hogares y hacia los hogares de nuestros alumnos.

El viernes 3 de abril, estaba conversando por teléfono con una colega, docente universitaria, para coordinar la implementación de las clases virtuales y, como parte normal de la conversación, ella me comentó: “… voy a revisar la información de la plataforma virtual para definir la estructura que seguiremos y luego debo empezar a cocinar el almuerzo …”. La conversación continuó, pero, ya no hablamos solo de trabajo, sino que fuimos compartiendo algunos aspectos de nuestros hogares.

Las clases virtuales implican un gran reto de aprendizaje y gestión, sobre todo las que incluyen videoconferencias. Sin embargo, ahora, no solo estamos dando clases de manera virtual, sino que lo estamos haciendo desde nuestros hogares y hacia los hogares de nuestros alumnos.

Luego de unos días de experiencia, podemos identificar que, estar en nuestras casas nos hace más conscientes de los diferentes roles sociales que tenemos, como lo comenta Sebastian Reiche del IESE Business School. En mi caso, por ejemplo, soy profesor, colega de trabajo, pero también, padre de familia y esposo: ahora los cuatro roles confluyen en un mismo espacio. Lo mismo sucede con nuestros alumnos, ellos son también compañeros, hijos, hermanos y, en algunos casos, están al cuidado de algún familiar. Entonces, participar en clases virtuales en nuestros hogares, es complicado, no solo por las distracciones que se pueden presentar en las casas, sino porque es más difícil ponernos el “gorro” exclusivo de profesor o de alumno.

No tenemos la jornada de trabajo o de clases completa, en la que nos enfocamos exclusivamente en uno de nuestros roles, sino que tenemos que usar varios “gorros” en simultáneo. Por ejemplo, algunos profesores jóvenes tienen que preparar el material para sus clases de cálculo integral y al mismo tiempo deben cuidar a uno de sus hijos pequeños y explicarles la tabla de multiplicación. Esto nos hace más conscientes de nuestra realidad, nos lleva a tomar una perspectiva más integral de nuestras vidas.

Además, muchas personas deben estar notando que sus familias empiezan a tener un mayor contacto con las actividades de su trabajo como profesor o como estudiante. En mi caso, por ejemplo, hace unos días grabé mi primera clase virtual, pero lo novedoso no fue el uso de las herramientas digitales, sino el hecho de que mi esposa y mi hija estuvieron presente en los ensayos y en la grabación final, animándome como si fuera a dar un concierto de rock. Algo similar le debe estar sucediendo a algunos de nuestros alumnos, sus padres están observando cómo estudian, cómo se comportan en las clases o realizan los trabajos grupales. Probablemente esto los anime más a participar y colaborar con ellos.

Por otro lado, nuestros alumnos podrán saber un poco más de nosotros, conocer nuestras casas o nuestras familias, aún de manera mínima, ya sea porque sentiremos que es más natural compartirlas o porque ellos las podrán observar en algunas circunstancias. Algunos dicen que las clases virtuales se realizan en “salones sin paredes”; es decir, sin espacios físicos. Sin embargo, en realidad tenemos al alcance más “paredes”, las de nuestras casas y las de los hogares de nuestros alumnos. Podemos tener más momentos de comunicación con ellos, enterarnos de sus recursos, necesidades y apoyarlos de una manera más oportuna por diferentes medios.

En síntesis, hemos perdido el contacto físico, pero podemos fortalecer las relaciones humanas, integrar a nuestras familias, ser más sensibles y apoyar de una manera más cercana a nuestros alumnos. Tenemos la oportunidad de crecer y en verdad me alegra comprobar que lo estamos haciendo juntos y que saldremos mejorados de esta crisis.