Artículo de Opinión

La ética de las vacunas COVID-19 (II)

Solo podemos desear que llegue pronto la vacuna contra el COVID-19, pero quisiéramos poder exigir también que llegue de la mejor manera.

 

Fuente: Getty Images

Las noticias acerca de las tan esperadas vacunas contra el nuevo coronavirus dan esperanza, pero también hacen reflexionar. Semanas atrás, se comentó la noticia de que algunas se están trabajando con material biológico proveniente de abortos pasados (Oxford/AstraZeneca, CanSino Biologics, Janssen Research, entre otras).

A partir de los años 60 algunos científicos usaron tejidos de retina, pulmón o riñones de bebés sanos, que fueron abortados intencionalmente cuando tenían tres o cuatro meses de gestación, y los modificaron para “inmortalizarlos” dando lugar a nuevas líneas celulares. Luego, estas se comercializaron por unos cientos de dólares y muchos laboratorios las usan para sus investigaciones.

De hecho, con algunas de ellas (WI-38 y MRC-5), ya se elaboraron vacunas contra la varicela, el sarampión, la rubeola, la hepatitis A y la poliomielitis. En el caso del COVID-19 se están usando otras líneas (HEK-293 y PER.C6) para fases previas de experimentación y se podrían usar también para la producción misma de la vacuna.

No es fácil aceptar sin reparos morales un producto fabricado sobre este tipo de líneas celulares, aunque sea algo tan bueno como una vacuna para salvar vidas. En el fondo se está normalizando el poder hacer con un concebido no nacido algo que sería impensable hacer con un niño o un adulto. Y, lamentablemente, el interés por las células embrionarias y los tejidos fetales provenientes de abortos como “insumos” para la experimentación no es cosa del pasado (la cadena de clínicas de Planned Parenthood lo demostró hace pocos años).

Por esto, quisiera recordar cómo el papa Francisco, que ha alzado varias veces su voz en contra del aborto, también escribió muy claramente: “es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. (…) Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica”. (Laudato si’, 136)

Afortunadamente, hay otras vacunas en desarrollo que no utilizarán esas líneas celulares (Sanofi Pasteur, BioNTech/Pfizer, Sinovac, entre otras). El problema es que, en esta situación de pandemia, al usuario final no le van a dar a escoger tan fácilmente entre varias marcas, ni estaría en condiciones de juzgar acerca del origen de cada producto, ni le podemos exigir que se quede sin proteger su salud. Pero, sobre todo, no debería recaer sobre él todo el peso del dilema moral. En cambio, lo propio es que este tema sea tratado principalmente por los mismos investigadores y quienes los financian, pues son los únicos que saben lo que realmente sucede en los laboratorios, y son los que terminan creando y ampliando el mercado para esos productos, justificando de esta manera su permanencia, en vez de promover su sustitución por otros que estén libres de cuestionamientos éticos.

Así pues, solo podemos desear que llegue pronto la vacuna contra el COVID-19, pero quisiéramos poder exigir también que llegue de la mejor manera.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.