Artículo de opinión

¿Morir solo?

Aunque sabemos que todos moriremos algún día, la mayoría prefiere no pensarlo y, justo por ello, la muerte puede ser sorpresiva.

Nos ha conmovido ver cómo, en algunos países europeos, afectados por el coronavirus mueren solos, lejos de su familia, y que el personal médico tiene que “elegir” a quién darle un respirador artificial; por lo general, no a los mayores, por lo que están condenados a morir.

Foto: Diario Médico.

En el ser humano hay dos “traumas” naturales: el nacimiento y la muerte. En el primero, pasa de alimentarse y vivir gracias al cuerpo de la madre, a respirar por sí mismo. En el segundo, pasa de vivir en este mundo a “salir” del tiempo y del espacio, a una vida distinta. De ese estado no tenemos experiencia personal; por eso atemoriza: por ser desconocido.

Hay abundantes casos y experiencias al respecto; pero, con todo, se trata de la muerte de “otros”. Aunque sabemos que todos moriremos algún día, la mayoría prefiere no pensarlo y, justo por ello, la muerte puede ser sorpresiva.

No se trata de obsesionarse con la muerte, pero sí hay que contar con ella, y no vivir como si fuéramos a quedarnos aquí para siempre. Esto ayuda a moderar la ansiedad de acumular y tener bienes; valorar a la familia, los amigos, etc., y administrar bien el tiempo, que es un recurso escaso que hay que aprovechar para crecer.

¿Cómo aprovechar el tiempo para crecer y ayudar a crecer a otros? Cultivando virtudes. Las más básicas son la prudencia, justicia, fortaleza, moderación. La primera lleva a pensar cómo actuar bien en las diversas circunstancias; la justicia nos ayuda a dar a cada uno lo que le corresponde, lo que nos lleva a respetar a las personas y a contrarrestar la llamada “ley del embudo”: ancho para mí, estrecho para los demás.

Finalmente, la fortaleza y la moderación o templanza nos ayudan a elevar nuestra capacidad de esfuerzo, de constancia, de reciedumbre, etc., y a controlar la tendencia al placer, a la comodidad, a la “ley del mínimo esfuerzo”, la flojera, el abandono. Sin ellas, se comprometan bienes superiores como el estudio, el trabajo bien hecho, la lealtad, etc.

Y en toda crisis hay que ir a la raíz, entrar dentro de nosotros, y en nuestra intimidad reencontrarnos con lo más radical, con nuestro Origen que es Dios. Eso impedirá morir solos, porque más que física la verdadera soledad es interior, incluso no hay peor soledad que la que se sufre en compañía.

Nuestras buenas obras, las virtudes practicadas, y nuestra relación con Dios, que nos ha amado desde el principio, son las que nos darán consuelo en la muerte. Depende de nosotros cuidar de que esa relación se haga más intensa y verdadera, para que esos vínculos sean más fuertes, más aún que la muerte.