Artículo de Opinión

José de Nazaret en palabras del papa Francisco

San José, el hombre justo, nos enseña a someternos a esa pertenencia y aprender a tratar las nuestras humanas, con el mismo alto sentido espiritual: todas mis cosas son de Dios y para Dios.

Pronto celebraremos una Navidad más y, también, es un tiempo de Adviento más, precisamente el de este año 2020 signado, aparentemente, por la tragedia, a nivel mundial. Sin embargo, el Adviento debe hablarnos de esperanza, no una esperanza idealista sino concreta y muy humana.

Ego autem sicut virens oliva in domo Dei (Yo, como verde olivo en la casa de Dios) Ps 51(52), 10. La semana pasada, el papa Francisco dio a conocer una Carta apostólica que tiene como protagonista a José de Nazaret, cuando se cumplen 150 años de su nombramiento como Patrono de la Iglesia universal. Un patronazgo nada simbólico sino realista y efectivo.

El papa titula la carta con el sugestivo nombre de Con corazón de Padre. Nada más iniciar su lectura se cae en la cuenta de cómo el Magisterio de la Iglesia no es más que el desarrollo en el tiempo de la Palabra inagotable de Dios. Porque el papa recuerda cómo al santo Patriarca le corresponde, por mandato divino ponerle nombre al nacido Redentor, que viene a salvarnos.

He aquí la maravilla: poner el nombre. El papa comenta que, según la tradición bíblica, poner el nombre (Adán llamó varona a Eva; y Jesús le puso Pedro a Simón) significa algo más que nombrar o etiquetar: es “adquirir la pertenencia”. Así, la Revelación divina se nos propone una vez más en estos días nuestros, llena de un significado y un sentido permanente. Estamos volviendo a hablar de propiedad. Pero, se nos sugiere, que poseer o ser propietario de… significa sobre todo adquirir una responsabilidad, estableciendo una voluntaria relación con aquello que se posee como propio o que nos pertenece.

A lo largo de la historia, se han escrito millares de páginas definiendo el término propiedad desde sus diversos aspectos: jurídico, social, antropológico. La enseñanza tradicional de la Iglesia ha puntualizado la pertinencia de distinguir entre propiedad pública y privada en el ámbito comunitario. Y, recientemente, el papa Francisco ha recordado la necesidad de tener en cuenta que la propiedad, denominada privada, además de poseer una hipoteca social, tiene un sentido solidario esencial.

Lo que hoy se nos desvela es que la propiedad hunde sus raíces en el designio de Dios, de hacer al hombre libre en todas sus decisiones, también cuando le corresponde responsabilizarse de algo: la mujer, del esposo (mi marido); el hombre, de su cónyuge (mi mujer); los padres, de sus hijos (mis hijos); y todo hombre, de sus adquisiciones (intelectuales, económicas, materiales, culturales, etc.) o pertenencias naturales (mi cuerpo, mis ideas).

Ser propietario de algo o de alguien no debe estar inscrito en el estrato egocéntrico que de alguna manera tiene y ha conservado históricamente; sino que debe llevarnos a adquirir una esencial responsabilidad con la existencia y la perfección de aquello que empiezo a señalar como mi pertenencia.

Otra consecuencia de esta luz que proporciona la enseñanza que se nos da es que no es exacto exigir derechos sobre lo que nos pertenece sino más bien reconocer deberes.

La múltiple enseñanza de José (sobre la santificación del trabajo, la disponibilidad para con Dios, la valentía de la respuesta cotidiana a la Voluntad de Dios) pone en evidencia una aun mayor y esencial enseñanza: ser padre no es tener hijos, mujer y familia; es haberse comprometido, responsablemente, a honrar esa pertenencia, dedicando la vida a buscar y fomentar en cada uno de los seres de los que Dios me hace responsable, la perfección mayor del hijo de Dios, la santidad.

No se trata de una enseñanza nueva, sino renovada y consolidada. Quien la haga suya desde ahora deberá sentir la urgencia de esa responsabilidad. Hace más de dos mil años, José vio lo que Dios le pedía, lo asumió, y no reclamó derechos sino ejercitó deberes.

Esta Navidad y este Adviento son también, y como siempre, anuncio de renovación, de conversión, de transformación; pero no en la línea de los derechos (Dios que promete la salvación de las enfermedades o de los conflictos o de las dificultades) sino de los deberes que Dios mismo ha adquirido sobre sus criaturas: salvarlos, hacerlos felices, llevarlos a la vida eterna, de manera que, por encima de pandemias, año luctuosos (2020), del ‘enemigo’ deseoso de ganar la apuesta (que no la ganará), se mantiene la relación con los hijos de la promesa, hecha mediante el Hijo que viene a salvarnos.

San José, el hombre justo, nos enseña a someternos a esa pertenencia y aprender a tratar las nuestras humanas, con el mismo alto sentido espiritual: todas mis cosas son de Dios y para Dios. La esperanza de esta Navidad se haga realidad mediante esta conversión inédita y definitiva: tenemos deberes porque somos libres, y aceptamos el reto de nuestra libertad.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.