08 Feb

Foto: Archivo UDEP.

El contexto actual nos pone ante una situación desafiante a todo nivel y, por supuesto, también en la cultura. Sus repercusiones económicas, y en la práctica misma, nos debe llevar a respuestas innovadoras, manteniendo las tradiciones, pero estando abiertos a nuevas posibilidades creativas y comunicativas para la actividad cultural.

La voz “cultura” alude a diferentes dimensiones de una misma realidad: de un lado, los rasgos que caracterizan a un grupo humano (espirituales, materiales, intelectuales o afectivos), de otro, las manifestaciones creativas individuales o colectivas, como las artes musicales, plásticas, visuales, escénicas, la creación literaria, vídeojuegos, entre otras, las cuales englobamos dentro de las industrias creativas y culturales. Y, finalmente, al sistema de valores que vehicula a un grupo; y a la efectiva y libre vivencia de su derecho a la cultura.

Cuando pensamos, cuáles son las perspectivas de la “cultura” en un momento dado, como este, plagado de incertidumbres y de una fuerte necesidad de resiliencia, debemos reflexionar en todos sus alcances. En líneas generales, atravesamos un momento contradictorio, en donde la cultura parece tornarse más democrática, gracias a la tecnología. De hecho, hoy es posible visitar, desde nuestra casa, cualquier museo del mundo, acceder a espectáculos presentados a miles de kilómetros; o participar en cursos y conferencias y compartir en tiempo real con gente conectada desde diferentes latitudes.

Sin embargo, cuántas personas disponen de lo necesario para ello: una conexión de alta calidad o ilimitada, equipos personales; o, el hábito y la facilidad para acceder a dicha oferta. Y, desde el otro lado de la moneda, ¿cuánto están haciendo las instituciones para hacer accesible sus contenidos a quienes no dominan las herramientas tecnológicas?

Hacia la democratización de la cultura

Es importante considerar que si bien, en un primer momento, la solución inmediata fue volcarse al espacio virtual; ahora ya corresponde evaluar el alcance y las repercusiones de las acciones emprendidas. Solo así, se podrá empezar a conocer los públicos alcanzados, trazar estrategias para llegar a nuevos y más extensos consumidores culturales y tener un impacto según los objetivos trazados o replantearlos. Entonces se ayudará a realizar, mejor los derechos culturales de los individuos y, como institución cultural, empezaremos a comprender el verdadero impacto de nuestro quehacer, democratizando el acceso a la cultura.

Foto: Archivo UDEP.

Por supuesto, esto va de la mano con otras acciones, cuya gestión depende también de otros actores. Pero, y aunque no sepamos hasta cuándo estaremos en un espacio virtual, no debemos dejar de atender las otras vías “tradicionales”, incluso las que habíamos perdido de vista como la radio o la televisión. La preservación del patrimonio o la generación de protocolos en caso de emergencias son otras prioridades a tener en cuenta. Finalmente, cada generación tiene una importante responsabilidad con las sucesivas, en cuanto al legado de su pasado; y, de igual modo, la recurrencia de los fenómenos El Niño y sus afectaciones no se detendrán por el COVID.

Resiliencia en la región

Por otro lado, es importante destacar la capacidad de adaptación –resiliencia- de diferentes instituciones para seguir impulsado la vida cultural en la región: conversatorios sobre nuestro patrimonio inmaterial, como los impulsados por la Dirección Desconcentrada de Cultura; proyectos de visitas virtuales, conciertos y una actividad formativa continua como la de la Orquesta Sinfónica Municipal; o, incluso, propuestas teatrales en formato virtual desde la Alianza Francesa y otros colectivos; ferias artesanales y exposiciones virtuales; o, festivales cinematográficos locales han sido algunas de las experiencias que en estos meses hemos observado con atención y que solo han visibilizado una activa vida cultural en la ciudad y que, posiblemente, solo sea una parte de ella.

Esta nueva realidad que vivimos hace casi un año y que se prolongará por un tiempo, debe llevarnos a comprender que coexisten dinámicas culturales (y sus públicos) que deben ser atendidas por igual. Hay que generar propuestas alternativas y creativas para estos públicos, que no pongan en riesgos su salud, así como los digitales. De igual modo, este segundo año, se deberían idear propuestas para continuar con la investigación y el disfrute de la cultura al aire libre; no olvidemos que ello juega un rol vital en el bienestar del ser humano.

La cultura en el Bicentenario

También es importante el patrimonio inmaterial. Muchas tradiciones vienen transformándose debido al aislamiento ¿Cuántas permanecerán o se trasformarán irremediablemente? Documentarlas y recordarlas es también importante, para su salvaguardia. De otro lado, nuevas costumbres, tradiciones y, por supuesto, modos de vida se irán gestando en cada comunidad, como parte de esta nueva realidad. Ello también forma parte de la cultura de los pueblos y, en cada lugar, tendrá sus particularidades, a pesar de tener un contexto mundial común.

Foto: Archivo UDEP.

Este año, además, nos plantea reflexiones importantes, por el Bicentenario, más allá de los actos celebratorios. La cultura también es un instrumento que favorece la mirada crítica (discierne) y reflexiva sobre nosotros mismos. Resulta paradójico que hace cien años, Piura celebraba un Centenario de la Independencia austero en sus actos, por el terremoto habido nueve años antes, en 1912; y, hoy, la historia nos vuelve a poner en un ánimo celebratorio sencillo, pero que no debe ser menos profundo y comprometido; ni se debe olvidar que la cultura es la base del desarrollo sostenible de los pueblos. Quizás ello nos ayude a miradas cada día más renovadoras e inclusivas para nuestra ciudad.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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