Etimologías ficticias y filiaciones etimológicas aproximadas

Por Carlos Arrizabalaga, el en El Tiempo, suplemento Semana.

Manuel Yarlequé Espinoza dice que Catacaos significaba, en lengua tallán, “llano de exuberante flora y fauna”. Al parecer César Gutiérrez R., hacia 1947, opinaba que ese significado derivaba de la lengua aimara. Enrique del Carmen Ramos, por su parte, creía que significaba en la lengua yunga “viajero consuetudinario”, sin que sepamos si se refería con ese nombre al idioma mochica o al tallán. Las tres hipótesis carecen de sustento. No sabemos el significado de este ni de otros muchísimos nombres heredados de extintas lenguas remotas. Esas etimologías son absolutamente inciertas.

Manuel Yarlequé presentaba la lengua “sec” como el idioma de los tallanes, cuando en realidad los sechuras y los tallanes eran comunidades idiomáticas diferentes. Sus interpretaciones parecen de lo más caprichosas que no tienen nada que ver con el mundo tallán. Así, el apellido Ipanaqué lo analiza como “Ipanaca Aquéc”, atribuyéndolo a la “dinastía de Pachacutec”, tal vez creyendo que en la raíz estaba la voz “panaca”, que es un término cultural incaico, hasta cierto punto equivalente a ‘dinastía’, ‘estirpe’, ‘familia’.

La reducción de San Juan Bautista de Catacaos se constituyó, efectivamente, por la reunión de distintas parcialidades que siempre se disputaron, por medio de largas y enredadas deliberaciones, el gobierno del cacicazgo, y luego de la alcaldía y de la presidencia de la comunidad capesina y que parecen reflejarse en las cofradías (especialmente activas en Semana Santa) que subsisten en el pueblo de Catacaos hasta la actualidad. En ellas, anualmente se escogen el “depositario” y el “doliente” que tendrán a cargo la responsabilidad de la preparación y desarrollo de las celebraciones. La movilidad social y las relaciones de parentesco no han borrado del todo el recuerdo de los nombres de esas parcialidades en la tradición local y esta memoria tal vez sea lo más valioso del listado de Yarlequé.

Moscol Urbina señalaba, aludiendo a unos autos de 1856, que en las cuatro esquinas de la plaza se nombraban con sendas parcialidades: Mecache, Marigualá, Mechato y Menón (hoy calle Comercio). Luis Carnero Checa mencionaba, en 1950, ocho parcialidades, definidas como “agrupamientos familiares de los fieles” que se encargan de seleccionar a sus representantes en las catorce cofradías que preparan las procesiones de Semana Santa: Menón, Marcabel, Melén, Mecaches, Pariñas, Motape, Muñuela y Narihualá. Estas dos últimas escogían dos miembros en el conjunto de mayordomos de cada cofradía.

Jorge Pável Elías señala ahora que en realidad fueron catorce las parcialidades que se constituyeron en la reducción de Catacaos: La Chira, Poechos, Pariñas, Cusio, Mechato, Mecomo, Amotape, Marcavelica, Mecache, Menón, Tangarará, Narigualá, Melén y Zibar.

Un análisis verdaderamente lingüístico podría llevarse a cabo a partir de las intuiciones que manifestara ya hace unos años Martha Hildebrandt (1950), a partir de la comparación de elementos toponímicos reiterados en distintas zonas, que es el camino que seguirá Torero en la sierra norte del Perú (1984).

Efectivamente hay elementos como [-] que se reiteran en numerosos topónimos, tanto al inicio como al final: Lachira, La Ala, Lamanchas, Laumache, y Yanchalá, Huangalá, Namcolá, Simbilá, Narigualá, Moscalá, Virilá, etc., en el camino emprendido por Zevallos Quiñones (1944). El caso de La Ala es singular. No lo recoge Jacobo Cruz Villegas seguramente porque parece nombre castellano. El nombre proviene “por el parecido a la del gallinazo”, dice Moscol Urbina, pero es solo coincidencia. El topónimo ya figura en las ordenanzas de Vaca de Castro y es tallán.  Como señalara Hildebrandt, hace referencia a un río o barranco, igual que Tacalá (que sigue siendo un topónimo ya dentro del espacio urbano de Piura), era el nombre de la represa junto a la que la ciudad encontrará su ubicación definitiva.

El repertorio de Yarlequé es un listado de nombres regionales, presumiblemente tallanes en su mayor parte, y ese es su mayor mérito, si bien, en 1904, Gastón Ramírez ya había publicado un listado toponímico piurano en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima. También Josefina Ramos de Cox (1958) publicará una recopilación de topónimos, apellidos y términos autóctonos de fauna y flora. Edmundo Arámbulo incluye una relación de dieciséis palabras que considera propias de la lengua “sec” (Becará, Birrilà, capazo, chiroca, etc.) sin dar explicación alguna del criterio por las que las selecciona. En verdad, el único documento fehaciente que registra voces tallanes y sechuras, recogidas de hablantes nativos cuando todavía las lenguas pervivían, es un pequeño vocabulario recogido por el obispo Baltazar Martínez Compañón a fines del XVIII. Ojalá pudiéramos encontrar algo más en algún manuscrito perdido entre los adobes de la vieja Piura, como ocurrió el pasado año en Trujillo.

El gobernador Salinas de Loyola (1570) había advertido que en la región había “tres naciones de naturales diferentes en la habla y en los nombres”. Torero y Cerrón-Palomino identifican aquí una referencia a las lenguas sec de Sechura, tallán de Colán y Catacaos y a la de Olmos, que se extinguió muy pronto. En efecto, un estudio riguroso de la distribución de los nombres (toponimia y antroponimia) ofrecería una información sin duda valiosa, pero no exenta de problemas. Hay que tomar en consideración, en efecto, que en los Andes, como señaló Franklin Pease, un territorio, en términos étnicos, estaba determinado demográficamente determinado por lo que solía ocupar espacios geográficos discontinuos, a lo que habría que sumar la política de migraciones forzosas (mitimaes) impuesta por los conquistadores incas, desplazamientos masivos y sangrientos que servían como un implacable medio de control político y social.

De hecho Zevallos Quiñones (1944) encuentra toponimia que podríamos identificar como propia de grupos tallanes en lugares distantes como Chachalá (en Chota), Chanchalá (en Olmos), Chanchalalá (en Penachí). Decía entonces Jorge Zevallos:

“No puede llamarse puro azar la abundante correspondencia toponímica que existe entre el norte del Perú y otras tierras lejanas”.

A la inversa, algunos de los nombres de la lista de Yarlequé podrían muy bien no ser tallanes, comenzando por el mismo Catacaos, que podría relacionarse con los nombres de Magdalena de Cao y Santiago de Cao (en La Libertad), y seguramente habría que atribuir a grupos cañaris originarios de la zona del Azuay, en el sur del Ecuador, donde el estudioso cuencano Oswaldo Encalada reconoce términos coincidentes de “significación desconocida, pues registra: Cao, Chicao, Macao, Secao (en Azuay), Alacao, Sicao, Tancao (en Chimborazo), Catacao (en Guayas) y Zharcao (en Cañar). Quiere decirse, que el nombre mismo de Catacaos probablemente no sería tallán sino cañar.

La razón no parece obedecer tanto a “antiquísimos parentescos étnicos y culturales entre los pueblos”, sino a la presencia relativamente reciente de mitimaes en la zona, fruto de las deportaciones masivas practicadas por el poder incaico particularmente contra los levantiscos cañaris, que con el tiempo se habrían ido confundiendo con los descendientes de los tallanes, ya en época virreinal. En los primeros repartimientos de Piura (1548) se consignan mitimaes solo en Marcavelica y el nombre de Catacaos aunque recién lo menciona fray Reginaldo de Lizárraga en 1605 ya aparece documentado, según el profesor Pável Elías hacia 1560. Su recuerdo queda en el nombre del lugar donde posteriormente los españoles fundarán una reducción indígena con la reunión de diversas parcialidades, que conservaron igualmente un acendrado sentimiento de cohesión étnica, hasta la actualidad.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el suplemento SEMANA, diario El Tiempo, domingo 3 de junio de 2012.

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