Observaciones a las interpretaciones etimológicas de Manuel Yarlequé

Por Carlos Arrizabalaga Lizárraga

Jacobo Cruz exaltaba el valor que tendría el repertorio de voces tallanes supuestamente rescatado por Manuel Yarlequé para el mejor conocimiento del pasado tallán. Muchos aceptan ciegamente la veracidad del repertorio, entre ellos Jorge Moscol Urbina, y es fácil advertir su presencia en las informaciones que dan los municipios sobre el origen o la historia de sus localidades o en los nombres comerciales más recientes, que no dudan en llamarse “Walac” o que emplean los topónimos en la grafía bipartita propuesta por Yarlequé.

El libro de Jacobo Cruz, en efecto, causó un notable impacto por la cantidad de documentación reunida y porque ofrecía una visión desde “el lado de los vencidos”, ya que mostraba la actitud de defensa férrea de sus tierras y del agua sostenida por la comunidad indígena durante siglos, aunque sus principales adversarios no sean precisamente los conquistadores españoles –que al fin y al cabo le reconocieron extensos territorios– sino las comunidades indígenas vecinas de Sechura, principalmente, y Olmos. Era de todos modos un “sustancial libro”, decía Estrada Morales, que mostraba “un pueblo digno de sus tradiciones”.

Reynaldo Moya Espinoza recoge también el testimonio de Yarlequé aunque expresa sus reservas con un agudo sentido crítico, pues observa que resulta al menos inaudito que dos vocablos tallanes significasen ‘experto en arco y flecha’ cuando ni los tallanes ni ninguna otra cultura prehispánica habían conocido esas armas arrojadizas. Sin duda Yarlequé fue un hábil polemista y un connotado político, pero no fue un hombre de ciencia. Así, Esteban Puig anota con loable prudencia que Ñari Walac se trataría solo de “un personaje legendario”.

El investigador Rudy Mendoza (2010) adopta una actitud entre escéptica e ingenua ante la “falta de rigurosidad científica” de Yarlequé, a quien, sin embargo, considera “un sabio en su tiempo”. Por un lado, admite errores en el listado pero los justifica diciendo que “fueron producto de una necesidad y/o sentimiento lingüístico” para concluir confusamente que “podrían tratarse de voces tergiversadas con el transcurrir del tiempo pero ello es casi imposible”.

Reynaldo Moya lo incluye junto a los otros repertorios llegando a una conclusión incierta: “los llamados vocabularios de voces indígenas no prestan una total garantía de la pureza de su origen”, y tratar de explicar la notable disparidad porque “a lo largo de los siglos se van alterando”. Parece que fuera una alteración arbitraria, pero no como simple resultado de la evolución lingüística sino de una imaginación portentosa.

“El estudio y observación de la herencia dejada por el doctor Yarlequé nos permite considerar al sec como una lengua aglutinante, similar en su estructura a las otras lenguas”, dice Robles. Sin embargo, el análisis de los vocabularios del obispo Martínez Compañón y de Spruce harían pensar más bien que se trataba de lenguas sufijantes, de acuerdo con Adelaar y Muysken.

Evidentemente, el famoso listado (que circula alegremente por las páginas de internet), no puede tomarse muy en serio científicamente y casi podría calificarse de superchería fabulosa. No hay noticias que aclaren cómo Yarlequé habría recopilado esos términos. En aquellos años la toponimia, eso sí, era una ciencia muy popular y cabe pensar en que los piuranos querían tener, como los lambayecanos con la lengua mochica, un vocabulario de su propia lengua ancestral. Y lo hace incluso con nombres que tienen clara filiación quechua: “Marca-Huilca (Marcavelica), bohemio dicharachero”. En realidad el término (que las crónicas mencionan como Maiabilla, Maycavilca, Maisabelilca, Maricabelica o Maicabelica) se puede explicar perfectamente desde el quechua, en el que “marka” significa ‘llano’, ‘paraje’ y “willka” es ‘río’ y también ‘árbol’ (podría referirse al algarrobo como ‘árbol del llano’).

El listado de Yarlequé se compone de noventa y dos términos agrupados en dos series: nombres de pueblos y nombres de personas. Tal vez su único mérito consista en el hecho de haber reunido esos nombres, muchos de los cuales efectivamente son peculiares y comparten algunos segmentos que podrían indicar elementos léxicos o morfológicos de un idioma (o más de uno) que definitivamente se ha perdido y no se podrían “descifrar” de ningún modo.

Pues bien, a estos nombres les consigna el nombre de las parcialidades de origen: Mechato, Mecache, Muñuela, Menón, Narigualá, Marvavel, Mecamo… En algunos casos solamente se consigna su ubicación, por lo que ni siquiera le asigna significado: Payco es Marcavel, Yesquén y Sirlupú son de Mechato, etc. Y caprichosamente los reparte en dos supuestas dinastías de mandatarios tallanes (las crónicas solo dicen que eran gobernados por mujeres “capullanas”), en un calco demasiado similar a las dinastías de los chimús que se recogen en la Crónica moralizada del padre Fray Antonio de la Calancha (1638).

Sea como fuere, en lo que respecta al aspecto lingüístico propiamente dicho, se advierte que Yarlequé era un aficionado que ignoraba absolutamente los principios de la etimología, así como los rasgos y vocabulario de las lenguas andinas mayores, y que, además, tiene un muy pobre conocimiento del español americano. No todos los términos son tallanes, pero igual los acomoda a su gusto, pues incluye “tunal”, que sin duda toma su nombre del plantío de tunas, introducidas desde Centroamérica por los españoles con su propio nombre azteca. Algunos los interpreta como topónimos de origen quechua sin fundamento alguno. Es el caso de “Sinchao”, que define: “legionario, su prole” es fácil advertir un eco de Riva Agüero (1910), cuando habla de las culturas preincas: “vivían en guerras continuas acaudillados por sinchis o capitanes electivos y eventuales”.

Las interpretaciones no corresponden, cuando es posible la comparación, con los vocabularios de Martínez Compañón (1783) y de Spruce (1863): El primero registra “jam” o “llas” como designadores de ’pez’ o ‘pescado’;  mientras ‘agua’ es “tutu” o “yup”. Pues bien, el significado que se le supone a Tangará (en el listado: “Tangar – Arac”) es “patio fluvial con peces” y el apellido Melén (en el listado: “Mec-len”) es “agua mansa”. ¡No hay lugar para adivinar cuándo dice “pez” y cuando dice “agua”!

Socola (en el listado: “Sococ-Alác”), se interpreta como “esposa leal”, pero los términos que registran los vocabularios de Martínez Compañón y de Spruce para “mujer” o “esposa” no tienen ninguna similitud con el término.

En cambio, otros topónimos que tal vez podrían presentar estos componentes se analizan de forma errática. Así, por ejemplo, Yupita (en el listado, “Yupic-Atac”) se interpreta como “redondo”, pero sin duda podría vincularse a una referencia acuática.

En fin, se trata de una divertida elucubración que supone a los apellidos y topónimos tallanes unos antepasados con características legendarias: mensajeros, guerreros, bailarines, cantores, burlones, mandones, groseros, guapos y demás. Jorge Moscol Urbina (1991) los consideraba “los vocablos más conocidos del dialecto primitivo”, de los cuales menciona algunos: “Shimbi-Alac (Simbilá), que quiere decir “curaca de trenzas muy largas”. Es, por supuesto, una descripción inventada y no una definición lexicográfica de un topónimo que sin duda hace alusión a algo relacionado con agua, igual que “tacalá” era represa.

Todos deseamos conocer algo de nuestros antepasados, pero este listado, fuera de su origen medio misterioso, no tiene ningún fundamento que permita verificar su contenido con la realidad lingüística de las lenguas extintas de Piura.

Docente.

Facultad de Humanidades.

Universidad de Piura.

Artículo publicado en el suplemento SEMANA, diario El Tiempo, domingo 27 de mayo de 2012.

 

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