PROF. RUTH ROSAS NAVARRO, OPINIÓN

De los “exclusivos” pesebres a los nacimientos populares

Conoce cómo evolucionó en Piura y en el Perú, del Virreinato a la actualidad, la tradición de colocar Nacimientos en los hogares.

Por Ruth Rosas, el en Diario El Tiempo.

Diciembre es el mes en que muy pocas familias peruanas dejan de adornar sus hogares con los famosos “Nacimientos” protagonizados por la Sagrada Familia alrededor de la cual circundan ángeles, reyes magos, pastores y decenas de animales como ovejas, bueyes y burros en perfecta conjunción con la fauna típica de cada región.

La diversidad de nacimientos es tal que encontramos “Pesebres” de todos los tamaños, estilos y precios según el destino de donde procedan.

Nacimiento de la UDEP, Campus Lima.

Durante la época de la Emancipación estos objetos –normalmente– se importaban de España y de algunos lugares del norte como Quito y Guayaquil, de donde se traían “Nacimientos de ½ vara y ¼ de vara”.

Entre los navíos portadores, que en 1796 llegaban al puerto de Paita, encontramos el paquebot “Aurorita” de José Fernando Santa Cruz, que transportaba entre otras cosas “6 Nacimientos chicos a 8 reales… y docenas de rostros de figuras de nacimiento a 10 reales”.

Esta información permite atisbar que los cuerpos de los personajes navideños no siempre eran de cerámica o barro cocido sino probablemente de madera, cartón, lana o cualquier material que se prestara para ello. Por otra parte, el precio que refleja el registro de navío no es ínfimo, por ello, deducimos que a la devoción se sobreponía el poder adquisitivo personal o familiar que permitía o no la adquisición de esculturas más o menos costosas.

Entre las pocas personas que en este período declararon en sus testamentos la posesión de “Pesebres” contamos a María Fernández Tocto, que tenía uno “de cristalería y otras varias cosas conducentes a él, (con un) costo (superior a) 100p”. Como observamos, este “Belén” y otros semejantes se constituyeron en objetos de lujo por su elevado precio que no solo se disfrutaban en casas de familias ricas, sino también en iglesias y conventos a los que llegaban por medio de compras o donaciones, como la que hizo Francisca Javiera Quevedo, vecina piurana, en 1809, cuando dejó estipulado en su testamento que tenía “dos efigies de bulto, la una de ellas de María Santísima y la otra de Señor San José, [y] es mi voluntad que se aparten de mis bienes y entreguen al convento de Belén de esta ciudad, para que sirvan en el Nacimiento de su Yglesia”; por tanto, la dificultad de tener un Belén en casa se vio superada por el hospital de Belén, que sí lo tenía para disfrute y oración de los enfermos y de todo aquel que quisiera visitarlo.

Cabe advertir que el VI Concilio Limense de 1772 había prohibido tener pesebres en casa expuestos públicamente porque –según los conciliares– lejos de promover la devoción al misterio representado serían ocasión de ofensa a Dios por el “desordenado concurso de personas de ambos sexos que solían acudir a verlos”. Sin embargo, no quedaban comprendidos en esta prohibición los nacimientos emplazados en alguna pieza secreta de la casa en donde la familia se recluía a orar a Dios. Posible es que Francisca quisiese evitar ir contra lo estipulado delegando la responsabilidad en el mencionado hospital que sí podría administrar ordenadamente la visita de los feligreses.

Por las pocas referencias que tenemos en Piura, durante el proceso de Emancipación, sobre los “pesebres” asumimos que la expansión del gusto por tenerlos en casa pudo haberse dado a partir de la segunda mitad del siglo XIX, cuando estaba más arraigada la producción de figuritas de menor calidad, trabajadas por artesanos mestizos e indios, de tal manera que para 1890 –a decir del pintor José Sabogal– ya era común que todos los miembros de la familia participaran “en la realización artística de esta obra casera y espontánea del ‘Nacimiento’”. En la sala grande –comenta el pintor– se alzaba el armazón sobre el que se exponía la escenografía escultórica compuesta por el “misterio” (Niño Jesús, María y José), por los pastores y Reyes Magos, por ángeles y cintas, animales del viejo y nuevo mundo, puentes sobre torrenteras, iglesias con sus campanarios, remansos, lavanderas y otros tantos objetos que intentaban representar la realidad circundante. Todo como consecuencia de un lento arraigo de esta devoción heredada de la sensibilidad criolla e india de la época virreinal.

De esa sensibilidad conjunta se desprende la devoción a los tres integrantes del “Misterio”, juntos o por separado, representados en láminas, estampas y bultos, pero también en letanías, antífonas, septenarios, salutaciones, triduos, novenas, misas y más.

El culto a san José, por ejemplo, reúne los elementos citados pues desde el siglo XVII se cristalizó como una de las devociones de gran relevancia en el virreinato peruano y, por ende, en el partido de Piura. Ya en el XVIII, con los aires ilustrados la imagen del Patriarca, se fortaleció acorde con la revalorización “de los oficios y la artesanía que se propugnaba y el modelo de sociedad al cual se aspiraba”. Por su parte, la devoción a María se afianzó desde las primeras décadas de influencia hispana en estos lares y se reforzó con sus distintas advocaciones: del Carmen, de las Mercedes, de Belén, del Rosario, de los Dolores, de Guadalupe, de la Candelaria, de la Inmaculada Concepción entre otras.

El fervor al Protagonista del Belén se refuerza también con las distintas esculturas que sobre Él se tenían –como la que reposaba en la sala de enfermería de mujeres del Hospital de Santa Ana de esta ciudad–; con los lienzos que reflejaban su nacimiento y con valiosas joyas en oro o plata de las que pendían relicarios “de filigrana… con la advocación de un Niño Jesús por un lado y un corazón pintado por el otro”.

En suma, los objetos religiosos sirvieron para afianzar el amor de los feligreses hacia la Sagrada Familia, a la que rendían especial atención con las nueve misas de Aguinaldo en las que recordaba el traslado de José y María hasta Belén. Dichas celebraciones se desarrollaban del 16 al 24 de diciembre como preámbulo para alabar al Niño Dios con versos cantados a modo de villancicos. Duraban casi dos horas por las varias canciones y bailes que se realizaban y según Ricardo Palma, eran consideradas por algunas monjas como “misas con discante” que era como decir “adefesieras”. Quizá por ello, con el tiempo, tendieron a desaparecer. Proceso totalmente opuesto siguieron los “Pesebres” que hoy, como ya se dijo, no faltan en nuestros hogares para recordarnos que la Navidad tiene un regalo especial “El Niño Dios que se hizo hombre por nosotros”.


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