Vidas en suspenso

Por Gloria Huarcaya.
Fuente: Diario Extra.

Próximamente, se celebrará la Marcha por la Vida, para defender a todos aquellos niños que, inmerecidamente y ya existiendo en el vientre de sus madres, se les niega el derecho a vivir. Pero, hemos olvidado reflexionar y alzar la voz por millones de almas que permanecen congeladas, literalmente, en las neveras de las clínicas donde se practican las técnicas de reproducción asistida (TERHAS).

En un reciente artículo para The Public Discourse, Jenifher Lahl, productora de “Eggsploitation”, denuncia el “destino absurdo” –e inhumano– que sufren los embriones congelados: los no aptos para nuevos implantes se desechan, un 30 o 35% no sobreviven a los procesos de congelamiento y descongelamiento y mueren en el camino, otros son donados a centros de investigación, y otros pocos son dados a parejas infértiles. Sin embargo, la mayoría, al alcanzar su periodo de “caducidad” (casi a los 5 años) son eliminados, incluso sin el consentimiento paterno. La misma autora revela cifras de escalofrío: Sólo en los Estados Unidos existen 750 mil bebés a 196 C° bajo cero.

Mgtr. Gloria Huarcaya.

¿De dónde proceden? Son los que sobran, aquellos que no fueron implantados. Una mujer puede gestar sin complicaciones médicas uno o dos bebés, pero las clínicas suelen fecundar unos seis para optimizar resultados. La vida de los restantes, entonces, queda bajo el suspenso arbitrario de las circunstancias paternas, que no siempre son favorables: algunos se separan o divorcian, otros enferman y no faltan aquellos que no pueden pagar la prima anual de la vitrificación.

La biología es contundente respecto a la autonomía vital que se origina desde la fecundación, y nuestra Constitución defiende el derecho a la vida del concebido. Sin embargo, a la fecha no existe un ordenamiento jurídico que regule las diversas TEHRAS en nuestro país, y el derecho fundamental a la vida de cientos de peruanos está sometido a los intereses comerciales de las clínicas o al voluntarismo paterno.

Más allá de la imperfección legal, se nos ha olvidado que la vida de un ser humano no puede ser manipulada, que ninguna persona (el embrión lo es) es dueña de otra y por tanto no puede disponerse de su destino. Hemos olvidado también que la vida humana es un don gratuito, y que la procreación humana tiene unos límites naturales que salvaguardan su dignidad y su moralidad.

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