Artículo de opinión

La ética de las vacunas COVID-19

Un informe de la OMS indica que, actualmente, hay 136 proyectos vigentes para elaborar una vacuna contra el COVID-19. Al menos seis, según la revista Science, usan células fetales humanas para su producción .

Por Jaime Millás Mur.

El informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del 27 de mayo de 2020, indica que actualmente hay vigentes 136 proyectos para elaborar una vacuna contra el COVID-19.

En un reciente artículo de la revista Science (12 Jun 2020: Vol. 368, Issue 6496, pp. 1170-1171) se especifica que, al menos seis de esos trabajos, utilizan para su producción células fetales humanas provenientes de abortos provocados. Concretamente, se trata de las líneas celulares HEK-293, que provienen de un feto abortado en 1972 y PER.C6, obtenida a partir de células retinianas de un feto de 18 semanas abortado en 1985. Esta última línea celular es propiedad de la empresa Janssen, subsidiaria de Johnson&Johnson. Ambas líneas celulares proceden del laboratorio de Alex van der Eb, biólogo molecular de la Universidad de Leiden (Holanda).

Entre los seis proyectos a los que nos referimos, hay dos más avanzados: uno, que lleva a cabo la Universidad de Oxford con la empresa farmacéutica Astra Zeneca, que se encuentra en fase III de ensayo clínico con seres humanos; Otro, desarrollado por CanSino Biologics Inc. del Instituto de Biotecnología de Beijing, que está en fase II.

En cuanto al procedimiento, cinco de ellos recurren a células fetales humanas como fábricas para producir adenovirus modificados, que contienen genes como el que produce la glicoproteína espiga del SARS-CoV-2, el virus que causa el COVID-19. Estos virus se administran como vacuna ya que las propias células del receptor producen las proteínas del coronavirus y se desencadena la respuesta inmune, con la producción de anticuerpos específicos y neutralizantes.

Hay una sexta vacuna, que se trabaja a partir de subunidades proteicas, que emplea células HEK-293 para obtener fragmentos de la proteína espiga que envuelve la superficie del coronavirus. Para provocar la respuesta inmune se utiliza un parche cutáneo con 400 pequeñas agujas.

Para obtener las vacunas se usan células, porque en ellas se cultivan, o bien los virus modificados o algunas proteínas que forman parte del virus con el fin de estimular la respuesta inmune sin producir la enfermedad. Estas células conviene que sean humanas porque los virus patógenos son propios de cada especie. Cuando se utiliza una proteína, en vez del virus amortiguado, se puede conseguir la vacuna con células animales, pero con una capa de azúcares que podrían frenar la respuesta inmune.

Con células fetales, el éxito en la consecución de la vacuna es mucho más probable ya que, desde el punto de vista biológico, son más jóvenes, menos especializadas y proliferan de manera indefinida.

Los expertos en bioética se plantean si es lícito el uso de vacunas fabricadas a partir de estas líneas celulares. Ciertamente hay que poner de relieve que los abortos a los que nos referimos son antiguos y “las líneas celulares actualmente en uso están muy alejadas de los abortos originales” (vid. Dictamen de la Academia Pontificia para la Vida. Nota circa l’uso dei vaccini  del 31 de julio 2017) de tal manera que ya no existe “cooperación moralmente relevante entre quienes usan esas vacunas y la práctica del aborto voluntario”. Lo que de ninguna forma sería aceptable es el uso de células fetales provenientes de nuevos abortos provocados.

Sin embargo, Helen Watt, del Anscombe Bioethics Centre (Oxford), declaró que “puede resultar más difícil protestar contra el uso de nuevas líneas celulares [procedentes de abortos] para algún fin, si uno ha estado usando regularmente líneas celulares antiguas en su investigación”.

En conclusión, cabe admitir el uso de esas vacunas siempre y cuando no se fomenten más abortos y exista una causa grave que lo haga necesario, como la ausencia de otras vacunas que permitan proteger a las personas del COVID-19. Pero, no parece lícito conformarse con lo que está mal. Por eso, personalidades de Estados Unidos y Canadá, así como obispos católicos solicitan a la FDA, el organismo regulador de los medicamentos de EE. UU., “incentivar a las compañías farmacéuticas a usar solo líneas celulares o procedimientos morales para producir vacunas” y hacen una  similar petición al primer ministro canadiense,  Justin Trudeau. Y ponen como ejemplo las que trabajan Sanofi Pasteur, Inovio o el John Paul II Medical Reserach Institute, que elaboran vacunas con células que no provienen de fetos o, en el caso de la Universidad British Columbia de Canadá, que lo hace con ARNm autoamplificador.  Y solicitan que las ayudas estatales se dirijan a ensayos que respeten la conciencia de las personas.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

* El doctor Jaime Millás, es docente y director de estudios de la Facultad de Medicina Humana; y presidente del Comité Institucional de Ética en Investigación de la Universidad de Piura.


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