“Fahrenheit 451” y “1984”

¿Para qué leer?

Gracias a la escritura, se ha perpetuado el pensamiento de los grandes escritores a los que hace falta leer para llenar nuestro corazón y nuestra inteligencia de elavdos sentimientos y aspiraciones.

PorelJanet Parra Domínguez, en el suplemento Semana, diario El Tiempo.


El periodo de vacaciones me resulta reconfortante porque me permite dedicar tiempo a las actividades de ocio que, en periodos laborales, difícilmente puedo desarrollar. Una de las que más me llena de satisfacción, siempre ha sido la lectura, y si es de clásicos, mejor. Este verano, me he convencido, una vez más, de que solo la lectura puede transportarnos a lugares lejanos y al centro de nuestros pensamientos.

Durante mucho tiempo deseé leer dos novelas de las que escuché decir: “son muy bonitas” o “son muy interesantes”. El verano pasado leí “1984”, de Orwell; este, “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury. Solo al leer las sinopsis pude tener una amplia idea de lo que serían. Hoy digo con satisfacción que las he leído y las sigo disfrutando. Dejé pasar mucho tiempo para leerlas, porque creo que las lecturas se hacen sin que haya un motivo o un momento adecuados.

Empecemos por el porqué de los títulos. 451 es la temperatura en la que arde el papel de los libros. Y, sobre 1984, debo decir que aunque muchos crean que Orwell quiso hacer una profecía, solo se trata de una fecha. El contexto, en ambas, es un país desconocido, en donde lo importante es hacer lo que manda “alguien”: el hermano Mayor, en el caso de “1984”, o quien organizó a los bomberos, en el de “Fahrenheit 451”. En esta última, se menciona siempre el término “familia”, pero se trata de las amigas de Mildred, la esposa del personaje principal, y La Pantalla. Esta última es muy importante en ambas novelas. Extrañamente, los libros se ocultan o se queman porque ese “alguien” sabe que concientizan, porque hacen más sabias a las personas. Claro, ¿qué libros? Entre ellos se menciona la Biblia como uno de esos libros llenos de sabiduría, y luego a escritores como Faulkner, Whitman… Hace falta aclararlo porque es obvio que no todos los libros inspiran la sabiduría de las personas.

De pantallas y ministerios
En “1984”, se utiliza una pantalla para mantener “ocupadas” las mentes de todos con motivos para “distraerse”. Así evitan que piensen, porque “pensar es una pérdida de tiempo”, pensar significa desgastarse en vano. ¿Para qué hacerlo si ese “alguien” ya solucionó la vida de sus ciudadanos? Lo único que se necesita es saber qué ropa, forma de hablar y postura necesita adoptar cada uno, y eso lo enseña la pantalla. Tanto en esta novela, como en “Fahrenheit 451”, se muestra una sociedad denigrante, que subestima la capacidad de raciocinio de las personas para solucionar conflictos. Es más, no hay conflictos grandes, salvo “la guerra” de la que se habla, de la que hay muestras por el caos reinante. Por lo tanto, la vida de estas personas es monótona y carente de sentido: comen, trabajan, duermen y todos son enemigos. No pueden hablar tranquilamente con nadie porque ninguno de ellos sabe si el otro es de los suyos o no. ¿Y qué pasa si alguien no está de acuerdo? La solución es la “vaporización” o “desaparición”. Nadie puede ir en contra de los intereses de ese orden impuesto, de lo contrario, muere.


Orwell describe unos personajes que maquillan la historia en un Ministerio de la verdad y otros se encargan de crear leyes que “protejan” a los ciudadanos en un Ministerio del amor, que extrañamente promueve el control de natalidad y la unión por interés. Sin dejar de lado el Ministerio de la paz, que en realidad promueve la guerra porque están convencidos de que para llegar a la paz hay que matar. Para los líderes de esa sociedad, la vida está pautada y sus habitantes se sienten tan hastiados que, al no encontrar sentido a su vida, piensan en el suicidio.

Bradbury, en cambio, muestra un problema mucho más serio con los libros: los queman. Mientras que en la otra novela en cuestión se dice que algunas personas se ocultaban para leer, en esta deben esconder los libros pues si están visibles, los bomberos los queman. En ocasiones, quemaban la casa por completo, incluso con personas dentro.

Lo que me llama la atención es que es una mujer quien induce al caballero de ambas historias a “Querer pensar” y a querer vencer el miedo de ir contra la corriente. En “Fahrenheit 451”, una mujer le reafirma a Montag, el personaje principal, ese deseo de no vivir más esa vida que han construido para él. Empieza a darse cuenta de que la jovencita es alegre y tiene una actitud diferente porque mira a su alrededor, disfruta del ambiente, mira el cielo, los pájaros, se interroga por todo y menciona a su tío con mucha admiración, un sentimiento que él no conoce. En fin, disfruta de la vida que Montag no vive. En “1984” ocurre lo mismo, una mujer le hace ver a Winston, personaje principal,  que la vida va más allá de lo que la pantalla le muestra. Y, por increíble que parezca, aunque no del todo tal vez, todos estos personajes asumen que la muerte es capaz de conceder la libertad anhelada.

¿Por qué me han impresionado tanto? Actualmente existe una tele que organiza y delimita nuestra vida, nos da pautas sobre lo que será el centro de nuestras conversaciones, hasta nos señala qué pensar, qué ver, qué opinar… cómo sentarnos, cómo vestirnos, qué comer, a qué gimnasio ir, qué hacer en nuestras vacaciones, qué anhelar… Todo es moda: ¿y quién la plantea? Nosotros también tenemos una pantalla que atonta, que obstruye nuestra capacidad de reflexionar.

Hay una corriente que ha calado hondamente en nuestra conciencia que nos incita a evitar pensar en las causas y consecuencias de todo lo que ocurre. Por ejemplo, cuando estamos en la incertidumbre de elegir gobernantes “vamos por el mal menor”. ¿Quién nos ha hecho creer que solo podemos elegir entre uno malo y otro peor? ¿Quién nos hace creer que para gobernar hace falta que un candidato se ponga un sombrero o coma en carretilla? Como lo que ocurrió en las últimas elecciones. ¿Quién nos lo dijo? La pantalla, El hermano mayor, ese que no tiene rostro, pero dirige a muchos. Ese que no sabemos quién es, pero que está ahí y le hemos dado libertad para monitorear nuestro pensamiento. Ese a quien muchos llaman Sistema, a quien no le pongo más nombres, pero existe.

Ahora mismo, ¿hay un Ministerio de la verdad? Hay un sector del periodismo y otro de la política al que le gusta maquillar la realidad negando o afirmando lo que alguien dijo. Y así van creando la opinión pública. Lo hicieron con las marchas en favor de la vida y con una reciente ley a la que rechazaron sin dar pie a que todos sepamos de qué se trata; y con defensas férreas a personas y a situaciones deshonestas. Esos mismos maquilladores aparecen cuando deben mostrarse sensibles ante el peligro y el maltrato de los animales, pero se ocultan cuando se trata el tema de “la libre decisión de las mujeres” de matar un bebé en formación. Incluso cambian el verbo “matar” por “interrupción del embarazo”. A estas incoherencias se ha referido el papa Francisco en su encíclica Laudato Si. (pág. 72).

La lectura es una actividad antigua, no tanto como el habla, pero gracias a la escritura, que es su hermana, se ha perpetuado el pensamiento de los grandes escritores a los que hace falta leer para llenar nuestro corazón y nuestra inteligencia de grandes sentimientos y aspiraciones. De lo contrario, siempre estaremos pensando: ¿por qué ya no hay programas educativos?, ¿por qué programan tantas horas de juegos ridículos? o ¿por qué no somos capaces de elegir un gobernante bueno? Pero, sobre todo, ¿por qué no somos capaces de evitar lo que la pantalla nos muestra? Pensar no nos hace perder el tiempo, pero esta actividad es más eficaz cuando se piensa sobre algo leído. Solo queda buscar a los grandes escritores.


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