26 Ago 2011

Ante un numeroso grupo de jóvenes profesores universitarios, reunidos con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid,  S.S. el Papa Benedicto XVI ha pronunciado un discurso que es una pieza maestra de lo que debe constituir una universidad.

No les ha hablado de últimas tecnologías ni de I+D+I; no les ha propuesto como ideal una ciencia utilitaria; no los ha impulsado a la calidad de vida como máxima aspiración personal. Les ha hablado del origen de la institución universitaria, de la búsqueda de la verdad y de la sabiduría, de estar por encima del pragmatismo, de no concebir la universidad como mera fábrica de profesionales que satisfagan la demanda laboral.

Citando a Alfonso X el Sabio, el Papa habló de ese “ayuntamiento de maestros y escolares con voluntad y entendimiento de aprender saberes” como definición clarificadora. Frente a la visión  utilitarista de la educación, propone un “anhelo de algo más elevado que corresponda a todas las dimensiones que constituyen al hombre.”  Porque “cuando la sola utilidad y el pragmatismo inmediato se erigen como criterio principal, las pérdidas pueden ser dramáticas: desde los abusos de una ciencia sin límites, más allá de ella misma, hasta el totalitarismo político que se aviva fácilmente cuando se elimina toda referencia superior al mero cálculo de poder”.

Más adelante explica Benedicto XVI que no es casualidad que fuera precisamente la Iglesia la promotora de la institución universitaria, llamada a buscar la verdad de la persona humana que reconoce la racionalidad de todo lo creado y propone la Universidad como un ideal ante la posibilidad de desvirtuar sus fines, bien por ideologías cerradas a la racionalidad, bien por la lógica utilitarista de mercado.

Posteriormente trata sobre la necesidad de auténticos maestros que no sólo impartan conocimientos sino que sean ejemplo de sus alumnos, profesores abiertos a la verdad total en un diálogo interdisciplinar. “Esta alta aspiración es la más valiosa que podéis transmitir (…) a vuestros estudiantes, y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente. (…) la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer (…)” Justamente acaba este pensamiento el Papa explicando la imposibilidad de avanzar en el conocimiento si no nos mueve el amor, al igual que la de amar algo en lo que no vemos racionalidad.  Amor y conocimiento están unidos como la verdad y el bien.

Termina el Santo Padre considerando que la verdad está más allá de nuestro alcance: podemos acercarnos a ella pero no podemos poseerla por completo, sino que ella nos posee a nosotros, por eso “En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad».

Este corto, pero profundo discurso de Benedicto XVI debería servir de pauta para reexaminar el trabajo universitario, en la búsqueda de un saber integrador que unifique la formación de estudiantes y docentes, y nos haga regresar al origen de una institución que está en la base de una sociedad auténticamente humana, en la que se comprende la persona como unidad sustancial de cuerpo y espíritu.

Coordinador

Grupo de Investigación en Bioética

Universidad de Piura

Artículo publicado en el diario El Tiempo, jueves 25 de agosto de 2011

 

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