05 Ene 2015

Celebramos esta Misa en la fiesta de la Sagrada Familia, en el marco de un año mariano por la familia que el Prelado del Opus Dei ha propuesto a los fieles del Opus Dei y a todas aquellas personas que frecuentan las labores apostólicas que desarrolla la Obra (cooperadores, amigos), y  a los que trabajan en las diversas labores apostólicas que promueve la Obra.

Se trata de una iniciativa que Mons. Javier Echevarría ha visto conveniente para secundar filialmente las intenciones del Papa Francisco, en este año en que se desarrollará el sínodo sobre la familia, tema que preocupa mucho al Papa y a la Iglesia universal: es un tema que se hace cada vez más necesario que todos en la Iglesia sintamos como prioritario en nuestra oración y cuidados.

El año mariano por la familia que viviremos en el Opus Dei comienza justamente hoy, fiesta de la Sagrada Familia, y concluirá el 27 de diciembre del 2015, en la misma festividad. Se concretará sobre todo en reforzar la oración por la Iglesia, el Papa y las intenciones del Prelado: la oración por la familia. En acudir más a la Virgen –como hacía SJM- para poner en sus manos estas intenciones: romerías, actos de piedad marianos.

Este empeño que se propone el Opus Dei este año, está en plena consonancia con las intenciones y directrices de cada diócesis, como es lógico: en nuestro caso, con el año jubilar que estamos viviendo en Piura, convocado por Mons. Eguren, que celebra los 75 años de la creación de la diócesis de Piura y Tumbes, y que concluirá con la gran celebración de un Congreso Eucarístico Mariano del 13 al 16 de agosto del próximo año; año jubilar que tiene además concedido por la Santa Sede,  el don de la Indulgencia, don que renueva nuestra vida cristiana.

Monseñor Eguren manifestó: “Son 75 años anunciando la alegría del Evangelio, pero lejos de buscar envanecernos, el Año Jubilar debe movernos a ser una Iglesia más misionera, más apostólica, ya que «si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» (S.S. Francisco, Evangelii Gaudium, n. 49)”.

El año mariano por la familia que viviremos en la Prelatura del Opus Dei, redundará en un fortalecimiento de tantas familias a las que procuraremos transmitir la alegría que se vive en un hogar cristiano.

San Josemaría. “Al pensar en los hogares cristianos, me gusta imaginarlos luminosos y alegres, como fue el de la Sagrada Familia. El mensaje de la Navidad resuena con toda fuerza: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Que la paz de Cristo triunfe en vuestros corazones, escribe el apóstol. La paz de sabernos amados por nuestro Padre Dios, incorporados a Cristo, protegidos por la Virgen Santa María, amparados por San José. Esa es la gran luz que ilumina nuestras vidas y que, entre las dificultades y miserias personales, nos impulsa a proseguir adelante animosos. Cada hogar cristiano debería ser un remanso de serenidad, en el que, por encima de las pequeñas contradicciones diarias, se percibiera un cariño hondo y sincero, una tranquilidad profunda, fruto de una fe real y vivida” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 22).

Pero también es cierto que hoy en día especialmente, la familia debe afrontar diversos desafíos para hacer realidad en su hogar ese ambiente luminoso y alegre, entre los esposos, y entre los padres con los hijos. Se promueve una legislación que no contribuye  a la unidad familiar y de los esposos (facilidad para el divorcio, horarios de trabajo y costumbres que distancian a los componentes de la familia); modos de razonar que no propician la formación de familias numerosas; enseñanzas en algunas escuelas que  confunden y dañan la formación moral de los hijos; modelos de matrimonio y de familia que muestra el cine, las noticias, la publicidad, la moda…, que no corresponde  precisamente con el modelo de familia que nos enseña Jesucristo y la Iglesia; costumbres que se propagan entre los jóvenes (relacionadas con la droga, el alcohol, “frivolidad y libertinaje sexual”), que los arrastran “porque lo hacen todos…».

Cuenta Leopoldo Abadía (profesor y escritor español conocido por sus análisis de la crisis económica actual) que, en una ocasión, al acabar una conferencia, se le acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como aquel día, durante el coloquio posterior a la sesión, había salido la clásica pregunta sobre el mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella le dijo que lo realmente preocupante no era el mundo que íbamos a dejar a nuestros hijos sino, mucho más, qué hijos íbamos a dejar a este mundo.

A aquella mujer le sobraba sabiduría, y nos da a todos un interesante tema de reflexión: la importancia del papel de los padres, de los profesores, de todos los que contribuyen de una manera o de otra a la formación de las nuevas generaciones.

El Papa Francisco habla de la cultura de la provisionalidad, cultura actual, que sume a muchos jóvenes a vivir en la provisionalidad. «Esto sí, pero solo por un tiempo, y para otro tiempo, quizá no… ¿Te casas? Sí, sí, pero hasta que el amor dure, después cada uno de vuelta a su casa otra vez…».

«El sentido del definitivo para nosotros es importante, porque estamos viviendo una cultura de lo provisional. Tenemos miedo del definitivo…

«¿Saben que el matrimonio es para toda la vida? Sí, nos queremos, pero estaremos juntos sólo mientras el amor dure. Cuando acabe, nos separaremos. Eso es egoísmo”.

Jesús no nos salvó provisionalmente, nos salvó definitivamente”.

BXVI, la fidelidad a lo largo del tiempo es el nombre del amor.

Papa Francisco, ángelus día 26, San Esteban. Palabras para aplicar al tema de la familia cristiana, pues trató de la necesidad de ser coherentes con la propia fe. El Evangelio de esta fiesta muestra una parte del discurso de Jesús a sus discípulos cuando los envían a la misión. Dice, entre otras cosas: «Seréis odiados por todos a causa de  mi nombre. Pero el que persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10, 22)”.

También el evangelio de la Misa de hoy (Sagrada Familia): la presentación de Jesús en el templo: el anciano Simeón advierte a María y a José: este niño será signo de contradicción; también los cristianos si queremos ser fieles  a nuestra fe.

Sigue el Papa: “Estas palabras del Señor no turban la celebración de la Navidad, sino que la despojan del falso revestimiento empalagoso que no le pertenece. Nos hacen comprender que en las pruebas aceptadas a causa de la fe, la violencia es derrotada por el amor, la muerte por la vida. Para acoger verdaderamente a Jesús en nuestra existencia y prolongar la alegría de la Noche Santa, el camino es precisamente el que indica este Evangelio. Es decir, testimoniar a Jesús en la humildad, en el servicio silencioso, sin miedo a ir contracorriente y pagar en persona. Y, si no todos están llamados, como san Esteban, a derramar su propia sangre, a todo cristiano se le pide, sin embargo, que sea coherente en cada circunstancia con la fe que profesa. Es la coherencia cristiana. Es una gracia que debemos pedir al Señor. Ser coherentes, vivir como cristianos. Y no decir ‘soy cristiano’ y vivir como pagano. La coherencia es una gracia que hay que pedir hoy.

Seguir el Evangelio es ciertamente un camino exigente –pero bello, ¡bellísimo!– y el que lo recorre con fidelidad y valentía recibe el don prometido por el Señor a los hombres y a las mujeres de buena voluntad. Como cantaban los ángeles el día de Navidad: ¡paz, paz! Esta paz donada por Dios es capaz de serenar la conciencia de todos los que, a través de las pruebas de la vida, saben acoger la Palabra de Dios y se comprometen en observarla con perseverancia hasta el final (cfr. Mt 10, 22)”.

El papa Francisco concluyó su intervención insistiendo:

«Y no os olvidéis: coherencia cristiana, es decir, pensar, sentir y vivir como cristiano, y no pensar como cristiano y vivir como pagano. ¡Eso no! Hoy, pedimos a Esteban la gracia de la coherencia cristiana. ¡Coherencia cristiana!».

Ante la crisis que sufren tantos matrimonios y familias, recordemos lo que escribe San Josemaría en Camino: estas crisis mundiales son crisis de santos.

Papa Francisco (audiencia 14-V-2014): «Todos conocemos gente que ha vivido situaciones difíciles y de mucho dolor. Pensemos en esos hombres y mujeres, que tienen una vida difícil y que luchan para seguir adelante con la familia y la educación de sus hijos. Lo consiguen gracias al espíritu de la fortaleza que los ayuda. Estos hermanos y hermanas son santos, santos cotidianos, santos escondidos entre nosotros”.

El Papa invitó a los peregrinos a agradecer a estas personas su ejemplo, y a preguntarse: «Si ellos pueden hacerlo, ¿por qué yo no puedo?».

«El Apóstol Pablo dijo una frase que estaría bien que escucháramos: «‘Lo puedo todo en Aquel que me da la fuerza’. En la vida cotidiana, en tiempos de dificultad, recordemos esto: Puedo hacer todas las cosas a través de él, que me da la fuerza. El Señor siempre nos da fuerza, Él nunca falla. El Señor no nos prueba más allá de lo que podemos aguantar. Él siempre está entre nosotros».

Hace falta fortaleza para defender estos valores cristianos en el matrimonio y en los hijos.

Cicatrices de Amor. En un día caluroso de verano en el sur de la Florida un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba.

Su mamá desde la casa miraba por la ventana, vio con horror lo que sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y viró nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernecitas. La mujer jalaba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo más fuerte pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no lo abandonaba.

Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo.

El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aun pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma un periodista le preguntó si le quería enseñar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se arremangó las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo: «Pero las que usted debe ver son éstas».  Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza: «las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida».

Sí, hay que defender con uñas y dientes a la familia: la vida del matrimonio, la unidad, la indisolubilidad, la fidelidad conyugal; la vida espiritual y moral de los cónyuges y de los hijos.

Papás, defiendan a sus hijos (no sólo sus cuerpos, también sus almas, sus conciencias); Hijos: agradezcan los cuidados paternos, aunque a veces no los entiendan; Esposos, defiendan su amor y fidelidad conyugal hasta que la muerte los separe; enamorados, defiendan su conciencia y su pureza; jóvenes, defiendan su fe y su personalidad cristiana, y no se dejen arrastrar “por lo que hacen todos”, si eso no es moralmente correcto.

Discurso del santo padre Francisco a las familias del mundo, año de la fe 26 de octubre de 2013: “Los esposos cristianos no son ingenuos, conocen los problemas y peligros de la vida. Pero no tienen miedo a asumir su responsabilidad, ante Dios y ante la sociedad. Sin huir, sin aislarse, sin renunciar a la misión de formar una familia y traer al mundo hijos.

–Pero, Padre, hoy es difícil… -Ciertamente es difícil. Por eso se necesita la gracia, la gracia que nos da el Sacramento. Los Sacramentos no son un adorno en la vida. “Pero qué hermoso matrimonio, qué bonita ceremonia, qué gran fiesta!”. Eso no es el Sacramento; no es ésa la gracia del Sacramento. Eso es un adorno. Y la gracia no es para decorar la vida, es para darnos fuerza en la vida, para darnos valor, para poder caminar adelante. Sin aislarse, siempre juntos.

Los cristianos se casan mediante el Sacramento porque saben que lo necesitan. Les hace falta para estar unidos entre sí y para cumplir su misión como padres: “En la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad”. Así dicen los esposos en el Sacramento y en la celebración de su Matrimonio rezan juntos y con la comunidad. ¿Por qué? ¿Porque así se suele hacer? No. Lo hacen porque tienen necesidad, para el largo viaje que han de hacer juntos: un largo viaje que no es a tramos, ¡dura toda la vida! Y necesitan la ayuda de Jesús, para caminar juntos con confianza, para quererse el uno al otro día a día, y perdonarse cada día.

Y esto es importante. Saber perdonarse en las familias, porque todos tenemos defectos, ¡todos! A veces hacemos cosas que no son buenas y hacen daño a los demás. Tener el valor de pedir perdón cuando nos equivocamos en la familia…

“Hace unas semanas dije en esta plaza (siguió diciendo el Papa) que para sacar adelante una familia es necesario usar tres palabras. Quisiera repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras claves! (para repetirlas, esposos, hijos, hermanos). Pedimos permiso para ser respetuosos en la familia. “¿Puedo hacer esto? ¿Te gustaría que hiciese eso?”.

Con el lenguaje de pedir permiso. ¡Digamos gracias, gracias por el amor! Pero dime, ¿cuántas veces al día dices gracias a tu mujer, y tú a tu marido? ¿Cuántos días pasan sin pronunciar esta palabra: Gracias?

Y la última: perdón: Todos nos equivocamos y a veces alguno se ofende en la familia y en el matrimonio, y algunas veces –digo yo- vuelan los platos, se dicen palabras fuertes, pero escuchen este consejo: no acaben la jornada sin hacer las paces. ¡La paz se renueva cada día en la familia! “¡Perdóname!”. Y así se empieza de nuevo. Permiso, gracias, perdón. ¿Lo decimos juntos?  ¡Permiso, gracias, perdón! Usemos estas tres palabras en la familia. ¡Perdonarse cada día!

El Papa Francisco, Misa noche Navidad, 24-XII-2014, “A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando ver a lo lejos el retorno del hijo perdido.

Con paciencia, la paciencia de Dios.

Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». La «señal» es la humildad de Dios, la humildad de Dios llevada hasta el extremo. Es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.

Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera mucho?”

“Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy! La paciencia de Dios, la ternura de Dios.

La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la mansedumbre en cualquier conflicto».

Que en tu hogar no se produzcan arrebatos de ira y de impaciencia, de maltrato (esposos; papás con hijos; hijos con papás); que cada uno esté siempre ahí, como Dios, para perdonar, para servir.

San Josemaría: La lógica del hogar de Jesús, María y José: “Hay que embeberse de esta lógica nueva, que ha inaugurado Dios bajando a la tierra. En Belén nadie se reserva nada. Allí no se oye hablar de mi honra, ni de mi tiempo, ni de mi trabajo, ni de mis ideas, ni de mis gustos, ni de mi dinero. Allí se coloca todo al servicio del grandioso juego de Dios con la humanidad, que es la Redención”.

Servir.   ¿piensas habitualmente en los demás o en ti mismo?; ¿piensas más en lo que a ti te gusta o en lo que a los otros les gusta?; sirves en casa; haces cosas para que los demás estén más cómodos?; haces favores; das siempre; escoges lo mejor para los otros?…

Cultura actual: conseguir poder, no estar por debajo de nadie… En cambio es más cristiano: amar, servir, darnos.

Yo añado una palabra más, que es más bien una actitud, una disposición: tiempo. Es necesario dedicarse tiempo, atención, interés: los esposos, uno al otro; los papás a los hijos; los hijos a los papás. No hay un “horario” para esto.

Oración de un niño: «Quiero ser un televisor»

Transfórmame en un televisor, para que mis padres me cuiden como cuidan al televisor, para que me miren con el mismo interés con que mi madre mira su telenovela preferida, o mi padre su programa deportivo favorito.

Quiero hablar como ciertos animadores que cuando lo hacen, toda mi familia se calla para escucharlos con atención y sin interrumpirlos.

Quiero ver a mi madre suspirar frente a mí como lo hacen cuando mira un desfile de modas, o poder hacer reír a mi padre como lo logran ciertos programas humorísticos, o simplemente que me crean cuando les cuento mis fantasías sin necesidad de decir ¡es cierto! yo lo escuché en la tele.

Quiero representar al televisor para ser el rey de la casa, el centro de atención que ocupa el mejor lugar para que todas las miradas se dirijan a mí. Quiero sentir sobre mí la preocupación que experimentan mis padres cuando el televisor comienza a fallar y rápidamente llaman al técnico.

Quiero ser televisor para ser el mejor amigo de mis padres, el héroe favorito, el que más influya en sus vidas, el que recuerde que soy su hijo y el que ojalá les mostrara más paz que violencia.

Señor por favor déjame ser televisor aunque sea por un día.

Hoy en día, pueden ser otros los aparatos (o hábitos) que impiden que se dediquen tiempo, atención, unos y otros: del esposo a la esposa; de los papás a los hijos, de los hijos a los papás o a los hermanos.

Mons. Javier Echavarría: si deseáis alcanzar esa cercanía con cada hija, con cada hijo, dedicadles lo mejor de vuestro tiempo ––los hijos son lo más importante: más importante que los negocios, que el trabajo, que el descanso, repetía San Josemaría––; escuchadles sin prisas; mostradles confianza; dialogad con ellos; almorzad y cenad con ellos siempre que podáis —haciendo todo lo que esté en vuestras manos para conseguirlo––; procurad participar juntos en las celebraciones litúrgicas y en las fiestas de familia; convivid,   ayudadles al compás del «día a día». A través de la cotidiana unidad familiar aprenderéis en primer lugar vosotros; y además, con vuestro ejemplo ––los padres educan fundamentalmente con su conducta––, crecerán las virtudes en esas criaturas. Apreciaréis, a la vez, cómo maduran ellas y ellos; también cómo los mayores van tirando hacia arriba de los pequeños, y agradeceréis a Dios ese hogar vuestro, verdadero semillero de vida. Sin olvidar que, como premio a vuestra generosidad y a vuestra entrega, serán capaces de responder a su vocación cristiana, en la forma que el Señor les proponga.

También, a alguno de los hijos o hijas el don del celibato apostólico, si ésa es su Voluntad. Vedlo siempre como algo gozoso, porque realmente lo es. Comentaba en una ocasión San Josemaría: un cristiano que procura santificarse en el estado matrimonial, y es consciente de la grandeza de su propia vocación, espontáneamente siente una especial veneración y un profundo cariño hacia los que son llamados al celibato apostólico: y cuando alguno de sus hijos, por la gracia del Señor, emprende ese camino, se alegra sinceramente.

Mons. Echavarría: os recuerdo que, al realizar vuestra labor de madres y de padres, no estáis solos. Contáis con la ayuda de tantas personas que rezan por vosotros, y que están dispuestas a ayudaros en la educación de los jóvenes. Pero, sobre todo, contáis con el auxilio de Dios. El Señor os acompaña constantemente. En esta tarea de la formación y de la transmisión de la fe, debemos cuidar, en primer término, los medios sobrenaturales: la oración, el trato asiduo con el Señor, la recepción de los sacramentos. Rezad, hablad de vuestros hijos con Dios. Añado lo que señalaba con frecuencia San Josemaría: Si tuviera que dar un consejo a los padres, les daría sobre todo éste: que vuestros hijos vean (…) que procuráis vivir de acuerdo con vuestra fe, que Dios no está sólo en vuestros labios, que está en vuestras obras; que os esforzáis por ser sinceros y leales, que os queréis y que los queréis de veras.

Carta de una hija. Quiero leer una carta que apareció hace años en una revista en España –dentro de la sección de cartas de los lectores-, carta de una hija a sus padres, con la que me siento plenamente identificado y querría hacerla mía, como si se la escribiera a mis papás, pues creo que les diría lo mismo. Ojalá muchos de ustedes puedan identificarse también con estas palabras. El motivo de esas líneas era la celebración del 40 aniversario de matrimonio de sus padres:

“Gracias, padres, por lo generosos que han sido al tener tantos hijos: 16. Gracias por la educación que hemos recibido y que nos han dado: enseñándonos, ya desde pequeños, a querer a los demás, a sacrificarnos por los demás; a  no quejarnos; a llenar nuestro tiempo con un horario y un orden. Gracias por la alegría y cariño que han derrochado. Gracias porque nunca hemos sido testigos de una riña de ustedes. Gracias por la formación moral y religiosa; sin ella, ahora, yo misma no sería capaz de afrontar grandes problemas. ¡Ojalá que a mis hijos les quedara algo de esto! Gracias por haberme dado una gran fe y confianza en el Señor y en su Madre Santa María. En verdad que tenemos problemas y penas, pero también es verdad que somos muchos para llevarlas y el peso queda repartido. Desde estas líneas quiero rendirles homenaje público, ya que nunca han aceptado ningún premio a costa nuestra. Dios los premiará en la otra Vida. Y un fuerte abrazo de una de sus hijas que no pudo estar presente en su aniversario”. (Nuevas anécdotas y virtudes, n. 1, J. Eugui).

Esta mañana, 28-XII-2014, a las 11.30, Encuentro del Papa Francisco con la Asociación nacional italiana de familias numerosas.

“Han venido con los frutos más hermosos de su amor. La maternidad y la paternidad son un don de Dios, pero acoger el don, asombrarse de su belleza y hacerlo resplandecer en la sociedad, ésta es tarea vuestra. Cada uno de sus hijos es una criatura única, que no se repetirá nunca más en la historia de la humanidad.

Cuando se entiende esto, es decir, que cada uno ha sido querido por Dios, se queda asombrado de qué gran milagro es un hijo! ¡Un hijo cambia la vida! Todos nosotros hemos visto –hombres y mujeres- que cuando llega un hijo, la vida cambia, es otra cosa. Un hijo es un milagro que cambia la vida.

Ustedes, niños y niñas, son precisamente esto: cada uno de ustedes es fruto único del amor, vienen del amor y crecen en el amor. ¡Son únicos, pero no solos! El hecho de tener hermanos y hermanas les hace bien: los hijos y las hijas de una familia numerosa son más capaces de comunión fraterna desde la primera infancia. En un mundo marcado a menudo por el egoísmo, la familia numerosa es una escuela de solidaridad y de saber compartir; y estas conductas van después en beneficio de toda la sociedad.

Ustedes, niños y jóvenes, son fruto del árbol que es la familia: son frutos buenos cuando el árbol tiene buenas raíces –que son los abuelos- y un buen tronco –que son los papás-. (…) La gran familia humana es como una foresta, donde los árboles buenos llevan solidaridad, comunión, confianza, fortaleza, seguridad, sobriedad alegre, amistad. La presencia de familias numerosas es una esperanza para la sociedad. Y por eso es muy importante la presencia de los abuelos: una presencia preciosa ya sea por la ayuda práctica, ya sea, sobre todo, por su aporte educativo. Los abuelos custodian en sí mismos los valores de un pueblo, de una familia, y ayudan a los padres  a transmitirlos  a los hijos (…)

Queridos padres, les agradezco el ejemplo de amor a la vida, que ustedes custodian desde la concepción hasta su fin natural, aún con todas  las dificultades y los pesos de la vida, y que –lamentablemente- no siempre las instituciones públicas les ayudan a llevar (…) Cada familia es célula de la sociedad, pero la familia numerosa es un célula más rica, más vital, y el Estado tiene todo el interés en invertir en ellas.

Bienvenidas por tanto las familias reunidas en asociaciones; y bienvenidas un red de asociaciones familiares capaces de estar presentes y visibles en la sociedad y en la política. San Juan Pablo II escribió: “las familias deben crecer en la conciencia de ser protagonistas de la llamada política familiar y deben asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; si no, las familias serán las víctimas de aquellos que se han limitado a observar con indiferencia (Familiaris consortio, 44) (…)

Siempre agradezco al Señor al ver al papá y mamá de familias numerosas, junto a sus hijos, empeñados en la vida de la Iglesia y de la sociedad. Por mi parte les estoy cercano con la oración,  y los pongo bajo la protección de la Santa Familia de Jesús, María y José.

Rezo en particular por las familias más probadas por la crisis económica, aquella donde el papá o la mamá han perdido el trabajo –y esto es duro-, donde los jóvenes no llegan a encontrarlo; las familias probadas en los afectos más queridos y aquellas tentadas a rendirse a la soledad y a la división.

Queridos amigos, queridos padres, queridos jóvenes, queridos niños, queridos abuelos, buena fiesta a todos ustedes! Que cada una de vuestras familias esté siempre rica de la ternura y del consuelo de Dios. Con afecto os bendigo. Y ustedes, por favor, sigan rezando por mí, que soy un poco el abuelo de todos vosotros. ¡Recen por mi! Gracias”.

Pidamos a la Sagrada Familia de Belén: Jesús, María y José, que nuestras familias estén siempre con los tres.

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