20 May 2016

Profesor Ignacio Benavent recuerda a don Vicente Pazos

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Cuatro detalles me impresionaron siempre de don Vicente: la afabilidad de su rostro, la fidelidad al espíritu de san Josemaría, la cantidad de detalles con los de casa y su modo de dar las meditaciones.

Por Oscar Gallo. 20 mayo, 2016.

Son muchos los recuerdos que tengo del P. Vicente pues lo conocí en 1962 cuando él estaba jugando un partido de Voleyball en Pamplona, en el patio del Colegio Mayor Aralar de la Universidad de Navarra. Mataba con facilidad dada su estatura. Alguien comentó que estaba por viajar al Perú para residir en ese país. A mi edad de entonces, y luego ha seguido siendo igual, viajar me entusiasmaba y mi admiración creció. No sabía entonces que un par de años más tarde nos iríamos a ver nuevamente en Lima.

Cuatro detalles me han impresionado siempre de don Vicente. La primera sería la afabilidad de su rostro, incluso cuando estaba serio por algún tema importante, su mirada no perdía la serenidad  y cierto aire pícaro y recuperaba fácilmente una sonrisa apenas esbozada.

Otro aspecto era la fidelidad al espíritu de  san Josemaría, al que había conocido en los momentos duros romanos de los comienzos de los años cincuenta, cuando toda suerte de insidias que al diablo se le pudieran ocurrir se cernían sobre el Opus Dei y su fundador; en lo que éste denominó “la contradicción de los buenos”.

Constantemente se esforzaba en contarnos detalles de nuestro Padre.  Un pequeñísimo ejemplo. Me ocupaba, finalizando la década de los sesenta e iniciando los setenta,  en administrar, más que el dinero de la casa, que no había, las cuentas, tarea que  a veces me agobiaba pues a su dificultad, por la escasez apuntada, se sumaban las medidas restrictivas de la política de la dictadura militar. En la tertulia de la noche, muchas veces, cuando las cosas estaban más difíciles, don Vicente me mandaba a comprar helados. Yo protestaba porque no había dinero en caja y él me ponía el ejemplo de san Josemaría que, en momentos de sumo apuro económico, mandó entregar todo el dinero que había en caja a un  convento de monjas que pasaban apuros todavía mayores. Ellas tocaban una campanita cuando ya no podían más. Y la habían tocado.

Otro rasgo era la cantidad de detalles que tenía con los de casa. Una fraternidad  delicadísima, con un especial olfato para aquel hermano que lo necesitaba más. Cuando viajaba a Roma, además de escribir  muchas cartas, traía la maleta llena de regalos para los centros y para las personas. A mí, entre otras cosas que recuerdo una vez me ligó una caña de pescar.

Y este es otro capítulo. Muchos fines de semana avisaba a Cañete y se llevaba a pescar a Paco y José Alberto. A mí me llevaba también aunque no era un experto pescando. El viaje se iniciaba propiamente en San Vicente de Cañete y ahí nos íbamos los cuatro rumbo a Yauyos. Pasado Puente Auco y antes de llegar a Magdalena, parábamos en Yaca y bajábamos al río a pescar la trucha. Era una costumbre adquirida de don Ignacio Orbegozo y del padre Samuel. Ya cayendo la tarde, subíamos a Yauyos, a la casa del párroco, P. Frutos. A éste, que se cocinaba solo, san Josemaría, que tenía predilección por todo lo de la Prelatura de Yauyos-Huarochirí y sus Padrecitos,  le había regalado un Libro de Cocina, con una dedicatoria graciosísima. Allí freíamos las truchas y teníamos un rato de deliciosa tertulia. La aventura terminaba al día siguiente, cuando cruzado el Puente Socsi empezaba la nube interminable limeña. En San Vicente dejábamos a Paco y a José Alberto y continuábamos los dos solos. Al cruzar el peaje de Pucusana, siempre hacía el mismo comentario. “Bueno Nacho, no ha pasado nada, ahora a trabajar”.

Finalmente su modo de dar las meditaciones. Impresionaba. Todas las frases eran profundas y contundentes, pero dichas de un modo suave que obligaba a afinar la atención. Hacía muchas pausas que aprovechaba para toser de un modo característico y para que calara lo dicho. La meditación siempre terminaba puntual, al final de una de estas pausas,  sin retórica alguna.

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