25 Ene 2021

Todos somos fuertes y capaces

Foto: Freepik.

El lóbulo temporal es uno de los seis lóbulos principales,​​ de cada hemisferio del cerebro. Alberga la corteza primaria de la audición del cerebro; maneja el lenguaje auditivo y los sistemas de comprensión del habla. Dentro de este, se encuentra el hipocampo, una estructura no muy grande pero delicada, una sutil maravilla donde se esconde nuestra habilidad para aprender, para emocionarnos e incluso para comunicarnos.

La psicóloga española, Valeria Sabater nos explica que es ahí donde quedan registrados nuestros recuerdos de infancia que nos han definido en lo que somos hoy; y que, de algún modo, rigen nuestro comportamiento. Muchos expertos, centran su interés en esta área donde las personas, ponemos en marcha ese maravilloso engranaje que es la resiliencia, esa capacidad para hacer frente a las situaciones adversas, como las vividas durante la pandemia.

El hipocampo, llamado ‘caballito de mar’ por ser delicado y fuerte a la vez, tiene mucha relevancia en el aprendizaje emocional, y, si se dañara o si tuvieran que extirpárnoslo, seríamos incapaces de formar nuevos aprendizajes. En otras palabras, es nuestro baúl particular de recuerdos.

Sabater explica que la mayor importancia del ‘caballito de mar’ es que nos ayuda a gestionar nuestras emociones relacionadas siempre con nuestras emociones pasadas. Así, si tuvimos una infancia con recuerdos felices nos ayudara a actuar y crecer con autonomía, o una juventud con logros y desilusiones que nos hacen aprender y crecer como personas, o todo lo contario, una infancia con falta de vínculos afectivos, la recordaremos con sufrimiento y dolor.

El estrés que vivimos hoy día y el cortisol alto dañan nuestras estructuras cerebrales, entre ellas, nuestro hipocampo. Por eso, Sabater recomienda aprender a gestionar nuestras emociones y orientar nuestras vidas adecuadamente aprendiendo de la adversidad, para así mantener fuerte y bien desarrollado el hipocampo, pues es él quien sufre, es él quien aprende, quien siente felicidad y desgracia pues es “nuestro músculo cerebral” que desarrolla nuestra resiliencia.

La resiliencia no es innata ni se hereda, se desarrolla. Todos estamos en la capacidad de afrontar riesgos, limitaciones, traumas y tragedias si es que así nos lo proponemos. Transformemos nuestras malas experiencias en un aprendizaje que nos lleve a estar y ser más fuertes. Somos arquitectos de nuestra propia alegría y destino. Nelson Madela dijo: “No me juzgues por mis éxitos; júzgame por la cantidad de veces que me caí y volví a levantarme.”

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

Comparte: