Foto de la Sagrada Familia: Galerie de S.A.S. Monseigneur Le Duc d’Orleans

Qué importante es leer en la encíclica que José es “la pieza que une el Antiguo y el Nuevo Testamento”. Importante no solo porque ya afirmándolo hay un tácito reconocimiento de la continuidad entre los pueblos protagonistas de ambas gestas (judío y cristiano), sino porque así se subraya la importancia de las raíces en toda realidad histórica: humana y trascendente.

Analizar la figura histórica de José supone escudriñar el talante e idiosincrasia de la entera humanidad, imbricada directa o indirectamente en la epopeya de la cristianización del mundo. En los planes de la Providencia, José significaba la garantía de que Dios pudiera contar con un padre humano para su Hijo hecho Hombre. José, pues, debía acomodarse libre y plenamente al juego de Dios.  Y así lo hizo.

Hubo de ser muy duro para saber que la comunidad, en medio de la que vivía, entendía de modo diferente la realidad que él conocía: no siendo padre biológico de Jesús (no existía) debía ser plenamente padre a los ojos de Dios y a los de los hombres; toda su vida, desde que decidió adaptarse a los planes de Dios.

La Humanidad ha sido requerida por Dios para adaptarse a sus planes, y le cuesta y le costará siempre: la mal entendida libertad, los prejuicios racionales, el no querer quedar mal culturalmente…Si supiera que es la primera condición de eficacia: no se puede ser feliz si no se busca el cumplimiento de la Voluntad de Dios. Pero, para eso hace falta abrazar la fe.

Cabe aún profundizar en estas afirmaciones. A José se le pidió cargar con el peso de una situación humanamente insostenible, pero que daba razón de los más arcanos planes de Dios. En nuestra época, por razones culturales complejas, se ha acentuado la dicotomía varón-mujer, dando lugar a dos conceptos que son producto de determinada dialéctica filosófica, y que ha llevado a “inventar” dos realidades aparentemente antagónicas: patriarcado y matriarcado; o más sencillamente, machismo y feminismo.

Cuando, como José, se entiende que al hombre le corresponde una misión que comporta íntegra humildad y generosa entrega (“como era justo y no quería deshonrar a María, resolvió…”) no se recurre a artificiosa interpretación de la realidad cruda de que el hombre es limitado, sino que se la reconoce; y se acepta que las relaciones varón-mujer han sido y serán de una complejidad no solo humana sino espiritual: para aceptar la carga es necesario ser íntegros. Los varones, para entender que deben ser humildemente patriarcas; y las mujeres para reconocer que su autoridad en la vida social es muy grande pero que también tiene el mismo sentido: el servicio. Y trabajar complementariamente.

Particularmente, en nuestra época no solo descristianizada sino frivolizada, trivializada, materialista y, por tanto, cada vez más egoísta, se hace especialmente difícil entender la actitud de José: Dios pide cosas duras, pero pide que las realice el hombre. Pide a San José aceptar que debe “tomar como suyo” a Jesús (le dio el nombre que le señaló el Ángel) y huir a Egipto en su momento, no conociendo los detalles del peligro anunciado; y desarraigarse por segunda vez volviendo a Nazaret.

Dios pide a la Humanidad aceptar su imperfección y debilidad; pero, esta sigue muchas veces buscando “ser como Dios”, ensoberbecida en un poder aparentemente más grande cada siglo. Le pide aceptar el perdón, pero gran parte de la Humanidad se empecina en demostrar que no tiene ni siente culpa alguna. Le pide a cada uno desarraigarse de su propio yo para poder pensar más en los demás, especialmente en quienes más lo necesitan. Pero los hombres cierran cada vez más su corazón al amor de Dios. Para eso haría falta vivir más de esperanza.

Gran año este, en el que deberemos reconstruir una libertad enajenada por el miedo y las crisis. Gran oportunidad que se nos brinda para mirar a José, de quien se anuncia “Id a José” ante el temor del hambre y la muerte en aquel aparentemente lejano Egipto de los faraones. En este Egipto que culturalmente es nuestro tiempo, José nos dará el alimento más sólido: su ejemplo de hombre generoso y libre. Pero sobre todo nos ayudará a vivir del amor de Dios, de la Caridad.

Como en la Historia Sagrada de tiempos del otro José, príncipe de Egipto, será necesario salir de esa tierra, que idealmente no es la nuestra, pues niega y nos niega el encuentro con Dios; y recorrer los largos kilómetros del desierto confiados en las promesas de Dios, de quien nos sabremos aliados históricos, ya que siempre nos ha buscado. Procuraremos dar la respuesta de José, padre de Jesús, llena de sentido y de horizonte. Sólo así desaparecerán los miedos y se superarán las crisis. Los enemigos, que siempre “se amotinan y traman planes vanos” (Salmo II) quedarán una vez más derrotados.

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