17 Feb

“Hemos fomentado una cultura de la mentira”

 

No es la primera vez que las mentiras de funcionarios y personajes públicos se ponen al ‘descubierto’, como tampoco son las únicas personas del mundo que mienten; pero, la gravedad de las mentiras aumenta en las actuales circunstancias de nuestro país; y se puede ver lo dañino y perjudicial que es el vicio de la mentira, por lo que nos preguntamos, cómo se origina.

“Un mentiroso no se hace de la noche a la mañana, sino que debe haber vivido distorsionando la realidad una y otra vez. Entonces, con cada mentira su inteligencia se debilita y oscurece, hasta que llega un momento en que ya no puede reconocer la realidad, y empieza el triste espectáculo de creerse sus propias mentiras”, comenta la especialista en antropología filosófica y profesora de pre y posgrado de la Universidad de Piura, Genara Castillo.

La mentira es un agente muy característico en nuestra sociedad, explica la psicóloga Tania Guimac, profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la UDEP. Refiere que a la mentira se la puede ver desde dos puntos de vista: como el vehículo para transportarnos y relacionarnos con las personas y mantener las interacciones sociales. “Por ejemplo, cuando un familiar se prueba una ropa o estrena ‘look’ y te pregunta si le queda bien, ¿qué responderías? Siempre habrá dos posibilidades; sin embargo, la respuesta hará la diferencia en la interacción con esa persona. Entonces, se suele optar por las mentiras piadosas, aquellas que el impacto no es gigantesco, ni la intención es perjudicar”.  La otra visión de las mentiras, “es cuando estas perjudican a más de una persona, a millones inclusive, sin importar si se pone en riesgo la vida de otros”.

¿Por qué se miente?
Mentir no es (no debería ser) algo normal. De hecho, “según la antropología, la mentira afecta a la inteligencia y la voluntad, las desnaturaliza, porque la primera está hecha para conocer la realidad y, al poseerla, obtener verdad. En tanto, la voluntad está para querer el bien que la inteligencia le presenta. Así, como hay diversos y distintos niveles de bienes, toca a la voluntad esclarecer y establecer una escala de valores”, refiere la doctora Genara Castillo.

“Los bienes superiores son los que tienen mayor importancia porque se trata de querer, respetar y valorar personas, y no cosas que son bienes pero que son inferiores. Cuando no se tiene una correcta escala de valores y se pone en la cúspide el propio beneficio o bienes materiales, sin importar el bien de las demás personas, entonces la entera realidad se supedita a eso que, erróneamente, es considerado el bien supremo, y entonces se emplea cualquier medio -como la mentira- para conseguir ese fin o bien”, dice Castillo.

Entonces, ¿por qué las personas mienten? Para Guimac, hay varios motivos: por temor o miedo, o para evitar el rechazo o el castigo. “Uno o más motivos juntos resultan en un alineamiento de razones emotivas, cognitivas y conductuales. Todo comportamiento recibe un juicio valorativo por la sociedad, con criterios y acuerdos previamente establecidos. En las diferentes dimensiones de la sociedad, siendo una de ellas, la moral y ética, la mentira representa un comportamiento no aprobado y, sobre todo, sancionado; en la religión, se concibe como pecado; y en la política, es un acto corrupto, como afirma Martínez, en su libro La Psicología de la mentira”.

En suma, indica Guimac, “las personas mienten por que las consecuencias de hacerlo le resultan favorables y evitan un castigo o el rechazo”.

Como consecuencia, “con cada mentira la inteligencia se debilita y, entonces, se oscurece. Por eso, el mentiroso, al final, cae; y la voluntad también se perjudica porque para mentir hay que querer mentir, que no es algo bueno y entonces la voluntad con cada mentira se va debilitando hasta que ya no tiene fuerzas para acoger ni querer la verdad, ni para querer a otros sino sólo actúa en función de sí mismo, por eso es tan importante educar en la sinceridad, en el respeto y en la generosidad”, señala la doctora Genara Castillo.

“Nuestra sociedad y algunas otras han sido muy laxas con las mentiras; las dejan pasar y consideran algunas frases como mentiras universales. “Existe una cultura de mentira, que en su lado favorable facilita las relaciones interpersonales. Quien afirme que es honesto a cabalidad, estaría mintiendo, porque en su mayoría todas personas mienten, como mínimo una vez al día. Lo perjudicial está en las consecuencias. Si mientes, haciendo uso o abuso del poder, para beneficiarte de algo por ello, simplemente, será condenado por los demás. Las consecuencias asumidas resultan en la nula o baja posibilidad de que confíen en el mentiroso”, dice Guimac.

¿Un mentiroso es un mitómano?
Al respecto, la psicóloga Guimac, refiere que cuando el mentir con frecuencia se convierte en una enfermedad o trastorno psicológico, la mentira representa, en el ser humano, “un desencadenamiento de actividad fisiológica neuronal que produce adrenalina, lo que lleva al placer. Altera ciertos neurotransmisores, que llenan al cuerpo de placer. Y cada vez, se requieren de niveles más altos para obtener esa sensación satisfactoria”.

La diferencia puntual entre un mentiroso común y uno patológico es que el primero sustenta “ciertas razones”, el segundo, lo hace simplemente por hacerlo, no busca un premio ni evitar un castigo, inclusive sin capacidad de distinguir lo inventado de lo real; sin control.

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